La verónicaAdolfo Ariza

Carné de padre

El padre digno del carné no se señala a sí mismo sino que vive en una disponibilidad continua para dejarse educar él mismo

Alguien me dice con frecuencia que igual que se exige un carné para conducir o para tener una mascota se debería platear la necesidad de conseguir una licencia para convertirse en padre o madre; en definitiva, un carné para ser padre. El planteamiento ya en sí es descabellado pero puede que la formulación sea signo acuciante de unos elementos a repensar y de unas características a retener.

Por lo pronto, puede que aquel que aspire al citado carné tenga que confrontarse con la parábola del hijo prodigo o, para ser más exactos, la parábola del padre misericordioso. En ella, el candidato habrá de medirse con un padre que evita la tentación de retener al hijo en la casa pese al miedo a la libertad y el dolor que, sin lugar a dudas, puede provocar la libertad del hijo. Como el padre de la parábola habrá de ser consciente de la desesperación que supondría para el hijo si el día que quisiera volver a casa, descubriera que no tienen ningún lugar al que volver, que ya nadie les espera, que no hay nadie que le perdone.

Para el futuro detentador del carné no puede tener cabida el que por el temor propio de su tarea asuma el papel de eliminar todo lo que cueste esfuerzo y, haciendo esto, impida que su hijo crezca. No se puede dudar que el buenismo no tiene nada que ver con la educación. Ahora bien, tampoco tiene nada que ver con la educación la dureza y la justicia sin misericordia, que nos convierte en esclavos de la ley. Las reglas son: -«Te he hado lo que te tenía que dar, ahora te toca a ti. Es problema tuyo». Mal van las cosas cuando reducimos la educación a una regla, a una ley.

La clave, seguramente, pasa por comprender que, en realidad, todos somos padres putativos. Es más sencillo de lo que parece: los hijos no son de los padres – tampoco del Estado -. Paternidad y maternidad están constituidas por la encomienda que un Alguien ha hecho de la vida de un otro. ¿Acaso este padre o esta madre no bautizó a su hijo? Aunque no siempre se percibe es un hecho que el tiempo enseña a cada padre la identidad y la responsabilidad autónoma del hijo. Aunque permanezca cerca de su crecimiento, frecuentemente se encontrará con su distanciamiento. En ese distanciamiento, oculto o manifiesto, puede verse que Dios también tiene que decir su palabra respecto de aquel al que el padre falsamente le considera como únicamente perteneciente a él. Vuelvo al interrogante: -«¿Acaso no lo ha bautizado? ¿Pidió el bautismo para su hijo por mero costumbrismo?».

Este carné de padre solo se le podrá dar a aquel padre o madre que comprende que la educación comienza cuando acojo al otro en la situación en la que se encuentra. Si ese padre intenta, ante y sobre todo, cambiar a su hijo, el hijo lo percibirá como una «trampa», como una pretensión sobre él de la que hay que defenderse. Puede que el secreto de la educación sea ignorarlo como problema porque, si supone un problema para el padre, se convierte en un problema para el hijo.

También será muy coherente con la tenencia del citado carné comprender que no se puede ser padre o madre en soledad. O soledad o comunidad. El padre digno del carné no se señala a sí mismo sino que vive en una disponibilidad continua para dejarse educar él mismo.

En definitiva, se trata del padre «que responde a la vida» y sacrifica su vida por un gran ideal. Además vive en la conciencia de que todos necesitamos ser perdonados; disposición y actitud esta que es la que hace capaz de acoger a alguien. Cualquier otra cosa sería un orgullo desproporcionado, una generosidad que chantajea al otro y le asfixia, sería sólo una ciega presunción. Es el padre que en la relación con sus hijos no pretende afirmar su capacidad de querer, sino que afirma que hay alguien que nos quiere, que son dos cosas bien diferentes. De lo contrario, el drama de la coherencia anularía a ese padre. El padre con este carné es el que dice: -«No soy capaz de querer bien, solo puedo presumir de la fidelidad de Dios, no de la mía».

Para más señas: Franco Nembrini, El arte de educar.

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

tracking

Compartir

Herramientas