Aprender lo desaprendido
Con el eufemismo de muerte digna o eutanasia procesal, hemos asistido al asesinato institucional de Noelia Castillo, una joven enferma mental a la que no se le hubieran dejado ni las llaves de su propia casa o tomar decisiones sobre cuestiones elementales, tal era el grado de evidente falta de discernimiento en su caso. Sin embargo, se permite que dictamine su propia muerte, como si por arte de birlibirloque, y justo en la cuestión más importante, tuviese una misteriosa lucidez. Apoyándole se encontraba un órgano de estos que llaman colegiados, denominado pomposamente Comisión de Garantía y Evaluación. Está compuesto por médicos que en lugar de seguir el juramento hipocrático parece que han hecho una promesa al mismísimo señor de las moscas. Junto a ellos, enfermeras que no curan, psicólogos que dan por bueno el trauma, abogados que te llevan al agujero, y ese magma variopinto e inquietante que se encuentra bajo la clasificación «personas de la sociedad civil», por inciviles que sean. La función de todos ellos invierte el propósito para el que fueron creadas sus profesiones. Alguien lo expresaba muy bien en las redes sociales: es como si te vas a tirar de un edificio y te empuja el bombero. Con esta acción, apoyada siniestramente por parte de la familia de la víctima, se abre un nuevo capítulo, más bien una temporada de episodios entera, en las aberraciones a las que asistimos prácticamente impasibles en la democracia española, donde hoy día puede pasar cualquier cosa que hasta hace unos lustros sólo sería posible en una novela o una película.
Vamos así, poco a poco, aprendiendo lo desaprendido, a golpes, recuperando cuestiones básicas de entendimiento, algo que se podría resumir con una frase de René Guenón: «Es muy difícil hacer comprender a nuestros contemporáneos que existen cosas que, por su misma naturaleza, no se pueden discutir». Esto, que tenían tan claro nuestros bisabuelos, y quizá nosotros mismos de niños por mera intuición y formación básica, se perdió en unas décadas de ingeniería social.
Y así, si echamos la vista atrás y analizamos los datos objetivos desapasionadamente, nos percataremos de que existen lo que podríamos llamar de forma algo pedante ‘unidades de bien incólume’. Por ejemplo, tomemos la protección de los embriones humanos. Si introducimos el aborto, dicha protección será imposible. Su naturaleza, siguiendo la estela de Guenón, era unitaria. Ya todo serán desde entonces plazos más reducidos o más amplios, según el grado de sadismo de la sociedad en ese momento. Poco a poco, los abortos se cuentan por millones, los plazos se acercan cada vez más al día del parto. Finalmente el aborto, y en esas estamos, se hace derecho y sustituye como ‘unidad de mal absoluto’ a la previa ‘unidad de bien incólume’. Es decir, al introducir la discusión en algo cuya naturaleza no lo admite, lo opuesto lo fagocita en muy poco tiempo, haciendo sólido lo que, en rigor, es su contrario. Y así, pasamos de la total protección del embrión humano a su eliminación industrial por decreto.
Otro ejemplo sería el matrimonio, hasta hace poco indisoluble, o extraordinariamente protegido con sus pequeñas excepciones. Con la introducción del divorcio, aquella ‘unidad de bien incólume’ se ha ido deslizando hacia lo opuesto: multitud de pequeñas relaciones, la mayoría sin ceremonia, mero voluntarismo, y casi todas rotas. La situación, en sólo unas décadas, ha dado un vuelco radical al otro lado. Del matrimonio para siempre se pasa a la ruptura constante y sin compromiso por cuestiones vanas y un problema de natalidad prácticamente irresoluble. De nuevo se aparecen como lúcidas las palabras de René Guenón.
Le llega el turno ahora a otra ‘unidad de bien incólume’ la protección a ancianos y enfermos de todo tipo, ambos en situación de extrema gravedad. Con la eutanasia, y atendiendo a lo ocurrido con la protección al embrión o el matrimonio, nos toparemos con los mismo en muy poco tiempo. En breve todo será un catálogo de situaciones en las que matar personas por una miríada de motivos inconsecuentes se hará la norma. Y si se mata, como hemos visto, a una joven perfectamente reconducible, ¿qué no se hará con enfermos graves y ancianos?
Desde hace mucho tiempo no hay discusión sobre el aborto o matrimonio, sino aborto o rupturas que destrozaron la posibilidad de la protección de embriones y cohesión verdadera entre los amantes y la familia. Lo que fueron unidades de bien incólume no existen. Sólo funcionan, por decirlo así, enteras. En el momento en que se discuten, el proceso es como lanzar al suelo con fuerza un jarrón de porcelana. Se hace añicos. Al introducir la eutanasia, y más con estos condicionantes marcados por el caso de Noelia, otra perla de la sabiduría quedará reventada. Porque nuestros ancestros no consideraban estos aspectos intocables por su opinión, sino porque conocían su naturaleza y dicho conocimiento les fue transmitido. Aprender lo desaprendido, por tanto, se hace urgente para contrarrestar, aunque sea modestamente en nuestro pequeño ámbito personal y comunitario, las barbaridades que quedan por venir. Y que con seguridad no serán pocas.