Citar a Tolkien
«Lo novedoso de la advertencia es el autor y la obra a la que apela el Papa»
El Papa León XIV nos advierte en su primera carta encíclica, Magnifica humanitas, con respecto a «una tentación sutil» que consiste en «pensar que los problemas son demasiado grandes y nosotros demasiado pequeños, y que, por tanto, nuestra decisiones no cambian nada». La tentación, por sí misma, «es una forma elegante de rendirse, a menudo disfrazada de realismo». Lo novedoso de la advertencia es el autor y la obra a la que apela el Papa como ilustración de la misma: John Ronald Reuel Tolkien y el personaje de Gandalf en su trilogía El Señor de los Anillos. La cita es la que sigue: «No nos atañe a nosotros dominar todas las mareas del mundo, sino hacer lo que está en nuestras manos por el bien de los días que nos ha tocado vivir, extirpando el mal en los campos que conocemos, y dejando a los que vendrán después una tierra limpia para la labranza».
La cita no es sino un ejemplo de la sabiduría moral con la que el personaje de Gandalf se constituye en uno de los grandes ejes de la trama. De ello da buena prueba la cita de la encíclica pero se podría añadir algún que otro ejemplo de este ser que, tal y como comenta a Frodo, «se apoya en la misericordia, misericordia por los débiles y deseo de tener fuerzas para hacer el bien». Una sabiduría que, por otra parte, tiene la capacidad desde la humildad de consignar: «Todo lo que podemos decir es qué haremos con el tiempo que nos dieron».
Pero hay tres datos, en mi modesta opinión, en los que esta sabiduría se muestra especialmente luminosa y, por qué no decirlo, actual. El primero de ellos es la forma en la que en todo momento es capaz de ver más allá de la maldad de Gollum. Gandalf diagnostica así su problema: -«[…] Un día dejó de mirar hacia arriba, a la cima de las montañas, las hojas de los árboles o las flores que se elevaban en el aire; llevaba la cabeza y los ojos vueltos siempre hacia abajo». El ser ansioso de su «tesssoro», según Gandalf, «no estaba totalmente perdido». Gandalf tiene claro en todo momento que «en la mente de Gollum había un rinconcito que aún no le pertenecía, y en el que penetraba la luz como por un resquicio en las tinieblas: la luz que venía del pasado». Puede que fuese «realmente agradable» para Gollum el escuchar «de nuevo una verdadera voz, que despertaba recuerdos del viento, de los árboles, del sol sobre los pastos y otras cosas olvidadas». Además del más que enigmático «Hasta Gollum puede tener aún algo que hacer».
El segundo de los datos, con todo el enigma propio de la obra, queda reflejado en una carta que entrega a Frodo y por la que habrá de identificar al personaje de Aragorn. La clave para identificar va versificada:
No es oro todo lo que reluce,
ni toda la gente errante anda perdida;
a las raíces profundas no llega la escarcha;
el viejo vigoroso no se marchita.
De las cenizas subirá un fuego,
y una luz asomará en la sombras;
el descoronado será nuestro rey,
forjarán otra vez la espada rota.
En tercer y último lugar cabe citar la resolución que da al dilema «¿Desesperación o locura?». Por lo pronto «no desesperación» ya que «solo desesperan aquellos que ven el fin más allá de toda duda». «Es sabiduría reconocer la necesidad, cuando todos los otros cursos ya han sido considerados, aunque pueda parecer locura a aquellos que se aferran a falsas esperanzas». Frente al «Enemigo», que es muy sagaz, es determinante saber que «la única medida que conoce es el deseo, deseo de poder, y así juzga todos los corazones». La victoria frente a este enemigo es posible ya que nunca se le ocurrirá que «alguien pueda rehusar el poder». Es más, «si nos ponemos esa meta, confundiremos todas sus conjeturas». Como responde otro de los personajes a esta enseñanza: «[…] así son a menudo los trabajos que mueven la ruedas del mundo». Luego la fuerza de la sabiduría vendrá siempre por la humildad.