La lección de la consejera
«Esos 12.000 euros son un contrato más que menor y ningún político al uso es capaz de sacar pecho por este gasto, indigno de figurar en su currículum»
Esta semana estuvo en Córdoba la consejera de Cultura, Patricia del Pozo, para dar un repaso a la actividad que su departamento desarrolla en la capital y que no era tan intensa desde los tiempos, ya muy lejanos, de Carmen Calvo. Falta hacía y parece que Del Pozo se ha tomado a pecho su compromiso con la ciudad y así se ha mantenido, salvo el bache sufrido cuando fue sustituida inexplicablemente por Arturo Bernal.
La consejera visitó la Sinagoga, para conocer las obras de ampliación con un centro de visitantes que contendrá en su interior una ‘mikvé’ bien conservada y que dota de sentido a la inmediata sala de oración judia, que no templo. Como todo político, habló de cifras, de grandes cifras, tanto para este proyecto como para los Baños de San Pedro o para el tejado del museo de Medina Azahara que no deja de dar problemas desde su inauguración y a ver si ésta es la definitiva.
En este listado de proyecto ya en marcha mencionó de pasada uno en el que no se detuvo bastante. Su ejecución durará sólo diez días y el presupuesto es de unos 12.000 euros. Efectivamente no tiene comparación con los 427.000 euros del centro de visitantes de la Sinagoga o los 1,6 millones de los Baños de San Pedro. Esos 12.000 euros son un contrato más que menor y ningún político al uso es capaz de sacar pecho por este gasto, indigno de figurar en su currículum.
Lo que explicó Patricia del Pozo es que este dinero se va a destinar a la limpieza de las yeserías de la Sinagoga así como a alguna consolidación puntual; vamos, muy poca cosa. La importancia de este gesto es la lección que desde la Junta de Andalucía dan al Ayuntamiento de Córdoba, acostumbrado a relegar el mantenimiento de los monumentos de todo tipo que están bajo su responsabilidad y que pasan a ser noticia cuando esa ausencia de cuidados periódicos se convierte en escándalo y hay que gastar a la carrera mucho más de lo que se han ahorrado año a año. El Alcázar de los Reyes Cristianos es el mejor ejemplo.
El año pasado se cumplió el centenario de la muerte de Mateo Inurria y su obra más destacada en la capital, el monumento al Gran Capitán, ofrece aún un estado lamentable por poco que uno se fije. No sólo quedan restos de un sistema antipalomas que se instaló en tiempos de Rosa Aguilar sino que las defecaciones de estas aves se han convertido en el revestimiento de la armadura del ilustre militar.
En este 2016 se cumple un siglo de la inauguración del monumento a Osio en la plaza de Capuchinas y ya va siendo hora de que se haga una restauración que elimine las huellas del bombardeo republicano de agosto de 1936 y reponga la parte del báculo que falta desde hace más de medio siglo.
Así se podría seguir con otros más repartidos por la ciudad y especialmente por ese casco histórico del que tanto se nos llena la boca. Reclamar al Ayuntamiento un mínimo mantenimiento es una labor más que infructuosa porque hay varias delegaciones implicadas que escurren el hombro y ninguna se quiere mojar; si acaso, te dirán que se va a hacer un plan para actuar en todos (y gastarse más de lo que se han ahorrado todos estos años en mantenimiento).
La lección que sin pretenderlo ha dado Patricia del Pozo es de puro sentido común: me gasto sólo 12.000 euros, cierro la Sinagoga diez días en pleno verano y queda como nueva. Me temo que nadie va a tomar nota de cómo se hacen las cosas bien.