Firma invitadaÁngel A. Agudo

Educación para expresidentes

«Un manual de primeros auxilios morales para que aprendan cómo se vive sin coche oficial y qué significa la palabra coherencia»

Un presidente español impuso en la ley educativa del año 2006 la asignatura «Educación para la ciudadanía» que proponía diferentes claves pedagógicas y de metodología con el fin de «educarnos». La idea era excelsa, casi mesiánica: si el pueblo llano era incapaz de discernir el bien del mal por sí mismo, ya vendría el Boletín Oficial del Estado a insuflarle una buena dosis de moralina civilizatoria en horario lectivo. Había que moldear al ciudadano perfecto desde la pubertad, no fuera a ser que saliera díscolo, crítico o, Dios nos libre, con ideas propias.

Entre los sesudos contenidos éticos de esta asignatura —que pretendía competir en misticismo con la vieja clase de Religión católica, pero cambiando los modélicos santos por los consensos ministeriales— se incluían lecciones magistrales sobre la tolerancia, el diálogo constructivo y el escrupuloso respeto a las reglas del juego democrático. Se nos enseñaba, con la solemnidad de quien descubre el fuego, que la convivencia se basa en no mentir al prójimo, en gestionar el dinero público con la pulcritud de un monje cartujo y en aceptar que las instituciones no son el cortijo privado de nadie. Ejemplos de civismo de manual de autoayuda que los alumnos debían memorizar para el examen del viernes a última hora y olvidar el sábado por la mañana.

El giro cómico de esta lúgubre comedia pedagógica llega con los años, cuando uno se sienta a observar qué ha sido de los creadores de aquel invento. Resulta enternecedor ver cómo aquellos mismos adalides que pretendían educar al pueblo soberano muestran hoy una alarmante necesidad de recibir clases de recuperación de su propia materia en Primaria. En el Bloque 3 se expresaba que hay que conocer y valorar los servicios públicos y los bienes comunes, así como las obligaciones de las administraciones públicas y de todos los ciudadanos (incluye a ZP) en su mantenimiento «a través de los impuestos» (Real Decreto 1513/2006, de 7 de diciembre).

Contemplar a un expresidente pontificando sobre ética pública mientras se desliza por los cómodos pasillos de los consejos de administración, o ver a otros enredados en las cloacas de la geopolítica de dudosa reputación, nos hace sospechar que se saltaron el tema cuatro de su propio programa: «La responsabilidad ética del líder».

Ya se veía, el 4 de febrero de 2010, que el «maestro librillo», que proclamaba «consejos vendo que pa mí no tengo», en una plegaria en el Desayuno Nacional de Oración ante líderes internacionales en Washington tenía una forma de reinterpretar la frase de Jesús en el evangelio de Juan al decir que «la libertad es la que nos hace verdaderos».

Esta peculiar «oración» (no destinada a Dios) tiene el triple error: 1º. Filosófico, pues la libertad no crea la verdad; es la verdad (lo que las cosas son) la que posibilita el marco para que la libertad exista y tenga sentido. Si la libertad se separa de la verdad, la libertad se convierte en capricho o relativismo; 2º. Teológico, porque al enmendar la cita de Jesús recogida por san Juan (8, 32) antepone la autonomía humana a la verdad revelada u ontológica, es decir, se diviniza la voluntad propia sobre el orden creado; 3º. Ético, puesto que subordina la verdad a la verdad subjetiva de preferencias individuales, lo que hace desaparecer la moral común. La verdad no depende de «mi» libertad pues si fuese así, el bien y mal quedarían desprovistos a la subjetividad de cada uno o de los «tunos» que llegan al poder y más «tunantes» cuando salen del mismo.

Frente a la idea de una libertad desarraigada que simplemente busca validarse a sí misma, la verdadera madurez humana reside en entender que la libertad nos hace responsables ante unos padres, unas hijas, unos amigos-compañeros de partido, unos ciudadanos y un juez. Es en la rendición de cuentas ante los afectos más cercanos, la lealtad de la familia, las amistades, las responsabilidades públicas y la rectitud de la justicia donde la libertad adquiere su verdadero peso y dimensión ética personal y social, dejando de ser una abstracción discursiva para convertirse en un compromiso real con los demás.

A la vista de los resultados, tal vez el sistema educativo debería plantearse una asignatura a la inversa: «Educación ciudadana para políticos en excedencia». Un manual de primeros auxilios morales para que aprendan cómo se vive sin coche oficial y qué significa la palabra coherencia. En la religión católica al menos existe el reconocimiento de la culpa, el perdón y la gracia divina que siempre ayuda. Al fin y al cabo, la historia demuestra que quienes más empeño ponen en diseñar el comportamiento de los demás suelen ser los primeros en suspender el examen de madurez en cuanto abandonan el poder.

En fin, cocinero a la cocina. Carcelero a la cárcel. Zapatero a tus zapatos. Toda una «joya» o más, que no ha adquirido las competencias básicas de la asignatura y, por tanto, necesita mejorar. Un modelo ineducado para aprender a no imitar.

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