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Antonio lópez-istúriz

La UE y la regulación de la IA: no se gana un Mundial siendo el árbitro

Si Europa no desarrolla las herramientas del futuro, acabará dependiendo de quienes sí lo hagan. Y quien depende de otros para acceder a tecnologías críticas acaba renunciando a decidir plenamente su propio destino

Estos días, millones de españoles estamos pendientes del debut de nuestra selección en el Mundial. Volvemos a hablar de alineaciones, tácticas y favoritos. De quién tiene el mejor equipo y quién aspira realmente a levantar la copa.

El fútbol, como tantas veces ocurre, ofrece una metáfora útil para entender lo que está sucediendo hoy en el terreno geopolítico, que cada vez es más sinónimo de tecnológico.

Durante décadas, Europa fue uno de los grandes protagonistas del partido global. Fuimos capaces de construir un mercado único, liderar estándares internacionales y convertirnos en un referente de estabilidad democrática y prosperidad económica. Pero, en el gran partido tecnológico del siglo XXI, corremos el riesgo de asumir un papel demasiado modesto.

Porque, mientras Estados Unidos y China compiten por dominar las tecnologías que definirán el futuro, Europa parece haberse resignado, en ocasiones, a ejercer únicamente de árbitro. Y regular el partido es importante. Pero nadie sueña con ganar un Mundial solo por tener al mejor colegiado.

Durante el siglo XX, el petróleo fue el recurso que condicionó la economía mundial y la política internacional. Los países protegían sus rutas energéticas porque sabían que de ellas dependían su crecimiento y su seguridad.

Mientras seguimos atentos a lo que ocurre en el estrecho de Ormuz y a su impacto sobre los mercados energéticos, existe otra dependencia mucho más silenciosa y potencialmente más profunda: la dependencia tecnológica.

La reciente decisión de restringir el acceso internacional a algunos modelos avanzados de inteligencia artificial desarrollados en Estados Unidos ha servido como una llamada de atención. Más allá del caso concreto, el mensaje es evidente: Europa depende en gran medida de tecnologías críticas desarrolladas por otros.

No se trata de cuestionar nuestras alianzas ni de defender una Europa encerrada en sí misma. Estados Unidos es y seguirá siendo un aliado fundamental. Pero las alianzas más sólidas son aquellas que se construyen entre socios fuertes, capaces y autónomos.

Porque depender permanentemente de otros para acceder a herramientas esenciales supone aceptar que determinadas decisiones estratégicas podrán tomarse fuera de nuestras fronteras.

Y aquí aparece la gran paradoja europea. La Unión Europea ha liderado el debate mundial sobre cómo regular la inteligencia artificial. El Reglamento Europeo de IA representa un esfuerzo legítimo para garantizar que estas tecnologías respeten los derechos fundamentales y los principios democráticos. Pero regular una tecnología no equivale a desarrollarla.

Volviendo al fútbol, Europa ha dedicado mucho tiempo a redactar el reglamento del torneo. Y eso tiene valor. Las reglas importan. Garantizan el juego limpio y protegen a los espectadores. Pero si queremos influir verdaderamente en el resultado del partido, también necesitamos jugadores capaces de competir al máximo nivel. No podemos conformarnos con ser los árbitros de un partido que juegan otros.

Necesitamos empresas tecnológicas europeas fuertes. Necesitamos invertir más en investigación y desarrollo. Necesitamos infraestructuras digitales propias y políticas que permitan que nuestras startups crezcan y compitan globalmente sin verse obligadas a buscar oportunidades fuera de Europa. Y, sobre todo, necesitamos recuperar una cierta ambición política.

Europa ha demostrado muchas veces a lo largo de su historia reciente que es capaz de alcanzar objetivos que parecían inalcanzables. Construimos un mercado único, una moneda común y el mayor espacio de libertades del mundo. No existe ninguna razón objetiva para asumir que estamos condenados a ser espectadores de la revolución tecnológica.

Pero debemos actuar con la misma determinación con la que afrontamos otros grandes desafíos estratégicos. La soberanía europea ya no se defiende únicamente con fronteras seguras o con ejércitos preparados. También se construye con innovación, talento y tecnología propia.

Porque si Europa no desarrolla las herramientas del futuro, acabará dependiendo de quienes sí lo hagan. Y quien depende de otros para acceder a tecnologías críticas acaba renunciando, al menos parcialmente, a decidir plenamente su propio destino.

En estos días de Mundial, todos queremos que España compita para ganar. Nadie celebraría que nuestra selección acudiera al torneo únicamente para arbitrar los partidos de otros. Europa tampoco debería conformarse con eso.

Ha llegado el momento de volver a saltar al terreno de juego. No solo para escribir las reglas del futuro, sino también para liderarlo.

  • Antonio López-Istúriz, eurodiputado miembro del Comité de Asuntos Exteriores
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