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Editorial

Zapatero no actuaba solo, tenía a Sánchez a su lado

Urge determinar si, además de consecuencias penales, la labor de Zapatero ha tenido la complicidad del actual presidente y si ha tomado decisiones internacionales por esa causa

La citación de José Luis Rodríguez Zapatero ante el juez, acusado de delitos más propios de un mafioso que de un político, es en sí misma ya una condena política de la máxima categoría, sean cuales sean finalmente las consecuencias penales.

El mero hecho de ser sospechoso de lucrarse a costa de España, con la complicidad del Gobierno, a costa de rescates con dinero público y con relaciones siniestras con regímenes totalitarios es suficiente para reprobarle hasta la eternidad: solo un tribunal puede decidir si los hechos probados son o no delito, pero no dejan de ser hechos con unas consecuencias evidentes.

Porque es una certeza que Rodríguez Zapatero cobró de la misma empresa intermediaria contratada por Plus Ultra para lograr la complicidad de España y de Venezuela, y que los cobros conocidos por la desconocida e irrelevante compañía en cuestión, Análisis Relevante, coinciden al milímetro por las cantidades ingresadas por el expresidente socialista y por sus hijas.

También lo es que, hasta que trascendió la oscura actividad comercial del personaje, él se presentaban a sí mismo como una especie de embajador altruista y humanitario, movido en exclusiva por el impulso de ayudar a las víctimas de Venezuela, a tender puentes entre China y Europa y a otras causas por determinar en países, tal vez, como Marruecos o Guinea: todo eso era el disfraz de un lobista ambicioso que utilizaba sus buenas relaciones políticas en el PSOE, en Caracas, en el Grupo de Puebla o en la ínclita Alianza de Civilizaciones para hacer negocios, de una dimensión aún desconocida.

Y lo es, por último, que todo ello y otras cosas por conocer lo hizo gracias a la complicidad de Pedro Sánchez, que lo rehabilitó como icono del PSOE, presentándole siempre como un referente moral y político que él asumió gustoso, pontificando sobre todo y contra todos los adversarios de su protector.

Queda incluso por despejarse si, en esa sociedad de complicidades, son o no ciertas las acusaciones de Víctor de Aldama, presentadas en un sobre ante el juzgado, de que el petróleo venezolano financió el bolsillo de uno y la carrera del otro: algo que hay que recibir con cautela, sin duda, pero también con las máximas exigencias.

Porque el embajador en Caracas de Rodríguez Zapatero y su hijo ya han sido condenados por ese tipo de cambalaches con la sórdida PDVSA, la empresa pública del petróleo chavista. Y porque Sánchez, al unísono con los intereses de su protegido, alineó a España con aquella dictadura e incluso se prestó al abuso de desterrar al ganador de las elecciones a Maduro.

Para condenar a Rodríguez Zapatero hace falta más que todas las pruebas e indicios ya conocidos o por conocer. Pero para colocarle en su lugar, el de un presidente sectario que arruinó a los españoles y les enfrentó y un exdirigente codicioso, no hay que esperar.

Tampoco para incluir a Sánchez en ese oprobio y exigirle urgentes explicaciones de todo tipo. Porque el alineamiento entre los intereses de José Luis Rodríguez Zapatero y las decisiones diplomáticas del presidente socialista es muy evidente. Solo faltaba que sus volantazos diplomáticos, su acercamiento a Pekín, su tolerancia con el chavismo, sus humillaciones ante Rabat o su inquina hacia Washington obedecieran, en realidad, a esta trama obscena encabezada por un residuo político irrecuperable.

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