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Editorial

La agresión marroquí

No es un fenómeno de emigración ilegal e incontrolada sino el intento de un país llamado Marruecos para apropiarse de las ciudades españolas y de los peñones correspondientes situados en el norte de África y con ello violar las más elementales normas del derecho internacional

Con justificado horror España, Europa y el mundo, con la comprensible abstención del reino marroquí, están contemplando las espantosas consecuencias derivadas de la invasión que al menos 70.000 súbditos marroquíes han realizado sobre la ciudad española de Ceuta el pasado 30 de julio, precisamente el día en que Marruecos celebraba el Día del Trono de su mandatario. Y buena parte de los análisis y de las reacciones, por no decir todas ellas, han querido fijar su benévola o interesada atención en el tema de la inmigración legal y sus consecuencias. Sobre ello han mostrado su preocupación un buen número de dirigentes europeos, que han decidido convocar a los respectivos ministros del Interior para celebrar una conferencia virtual sobre el tema y sus consecuencias.

Pero a unos y ya otros, excepto a los alauitas que lo saben bien, y al Gobierno español que, aunque lo oculte, también está al tanto, hay que recordarles lo que estamos contemplando: no es un fenómeno de emigración ilegal e incontrolada sino el intento de un país llamado Marruecos para apropiarse de las ciudades españolas y de los peñones correspondientes situados en el norte de África y con ello violar las más elementales normas del derecho internacional, aquellas que hacen referencia ineludible al respeto debido a la integridad territorial de todos los estados.

Es bien conocida la práctica marroquí al respecto. Lo intentó, y en la práctica lo ha ido consiguiendo, con la Marcha Verde que, en el año 1975, cuando Franco conocía sus últimos días de vida, y el majzén alauita lanzó a sus masas para conseguir su reivindicación territorial cuando la España del moribundo dictador no estaba para muchos trotes. Lo intentó de nuevo cuando en 2002 procuró hacerse con el peñón del Perejil, en un claro intento de averiguar dónde estaba la voluntad de respuesta española. Estaba afortunadamente en manos de José María Aznar, que en una fulgurante acción militar reenvió a los delincuentes del Ejército marroquí a sus cuarteles y avisó dónde estaban las voluntades españolas del momento. Y lo están intentando ahora, cuando Rabat, sabiendo que Sánchez tiene menos trotes de los que le quedaban al dictador moribundo y conociendo sus conversaciones telefónicas, está dispuesto a intentar todo para quedarse con las propiedades españolas. Los castizos afirman que no excluyen de la maniobra a Granada, porque les sigue doliendo el retrato de Boabdil entregando las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos.

Ese es el tema. Al que tiene que responder el Gobierno español dentro y fuera de nuestras fronteras. Para avisar al alauita de turno que la próxima invasión será respondida con la fuerza y si necesario fuera, en los lugares donde reside la responsabilidad de su reino, con la realización de las acciones correspondientes para impedir de una vez por todas la repetición de este maligno y repetido intento de perversión relacional. Para informar a la opinión pública española que los responsables del desarreglo no han sido las mafias sino los gobernantes en Rabat. También para contar la verdad sobre los servicios españoles de Inteligencia y reconocer que entre ellos el CNI estaba perfectamente al tanto de lo que los moros venían preparando, no vaya a ser que Sánchez consiga entregar Ceuta y Melilla al extranjero y además dejar por los suelos a nuestros servicios de información.

Y de paso hará bien el Gobierno español en convocar de urgencia al embajador de los Estados Unidos de América en Madrid y hacerle llegar una misiva dirigida al Congreso de los Estados Unidos en la que rechaza de la manera más contundente la afirmación de los representantes americanos calificando a Ceuta y Melilla como «ciudades administradas por España situadas en territorio marroquí». Convendría recordarles a tan ilustres representantes del mundo trumpista que España y los Estados Unidos siguen manteniendo una fructífera relación bilateral en temas defensivos y puesta de relieve en las ciudades españolas de Rota y Morón. Es de común conocimiento y arreglo el reconocer que por el momento Madrid no tiene ninguna intención de alterar esas vecindades. ¿La tiene Washington?

Naturalmente, España está interesada en mantener con Marruecos la mejor de las relaciones en todos los terrenos posibles, tanto y más necesario todo ello teniendo en cuenta la vecindad que nos aproxima y une. Pero para ello el Rey de Marruecos debería abandonar cualquier intento presente o futuro de poner en duda nuestra integridad y comenzar a demostrarlo con un cambio colorístico en los mapas marroquíes de manera que en ellos las propiedades de la soberanía española aparezcan con un color distinto del que actualmente muestran, el del territorio marroquí.

Son cosas que los sujetos nacionales e internacionales no suelen hacer. Y así podríamos recomenzar una nueva y positiva historia.

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