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Editorial

Sánchez solo se defiende ya a sí mismo

Todo lo que hace y dice le incrimina más por su negligente gestión del asalto a Ceuta y su colaboracionismo con Marruecos

La desclasificación de hasta 40 documentos de la Inteligencia española por parte de Pedro Sánchez es, por sí sola, una gravísima negligencia perpetrada por el presidente del Gobierno, que prefiere jugar con su prestigio que asumir él las consecuencias de haber desoído sus contundentes avisos sobre el riesgo de invasión en Ceuta, finalmente ejecutado.

Exponer en público un trabajo necesariamente discreto emite un mensaje internacional deplorable, coronado por la insólita acusación de que su funcionamiento es mejorable, como si la culpa de no haber prevenido el ataque fuera del CNI y no de él mismo: solo alguien frívolo y desesperado se permite denigrar así a la elite de la seguridad española, con un mensaje destructivo que ya ensayó la semana pasada al reprocharle a la Policía Nacional el supuesto ocultamiento de informes, otra falacia lanzada con el único fin de exonerarse a sí mismo.

Es indignante, en fin, que Sánchez se busque todo tipo de excusas para disculpar a Marruecos, origen de todo; y a la vez se invente todo tipo de mentiras para cargarle la culpa a quienes en realidad le dieron a él las herramientas para minimizar una inquietante violación de la soberanía territorial en España, culminada con la ocupación fáctica de Ceuta, el abandono de los ceutíes y la indecente presentación de un acto de guerra como una «crisis humanitaria» inexistente.

Que ni aun así haya logrado su objetivo y todos esos documentos, lejos de salvarle, le incriminen aún más, deja claro el alejamiento de la realidad que padece el líder socialista, convencido de que puede instalar en público el relato de que nada se pudo saber con antelación y no hay razones para señalar a Rabat.

En realidad, ocurre todo lo contrario y éstos y otros documentos y comunicaciones demuestran que desde el 27 de julio el Gobierno y sus subordinados tuvieron avisos suficientes para haber adoptado medidas de autodefensa y rechazo que nunca llegaron. Entre ellos algunos que presagiaban, literalmente, una invasión masiva «por tierra y mar» o señalaban la pasividad de Marruecos para evitarla, que es tanto como provocarla y explotarla.

Es escandaloso, en fin, que el presidente del Gobierno haya ejercido más de colaborador por omisión del invasor que de obstáculo insuperable y que, una vez cometido ese imperdonable error, haya dedicado todos sus esfuerzos a consolidar la ocupación de una parte de España, a disculpar al responsable del ataque y a agredir a todas las instituciones que quisieron evitarlo o revocarlo, desde el CNI hasta los Cuerpos de Seguridad pasando incluso por la Corona o la Audiencia Nacional.

España ha sido atacada, su Gobierno falló estrepitosamente en la defensa y además se ha dedicado básicamente a ayudar a que la afrenta tenga éxito y a fabricarle coartadas a quien, al mismo tiempo, no ha dejado de repetir que la meta es «recuperar» Ceuta y Melilla, con un plan expansionista delirante que hoy parece más factible que nunca.

El líder del PP, Alberto Núñez Feijóo, presagió que todo ello culminará con Pedro Sánchez rindiendo cuentas ante la Justicia. Y el de VOX, Santiago Abascal, reclama a diario que el Parlamento abra una causa por traición contra alguien que, mientras todo ocurría, él miraba hacia otro lado y disfrutaba de la playa. Los tribunales dirán si el comportamiento de Sánchez acabará mereciendo un reproche penal de algún tipo, pero los hechos ya permiten emitir una contundente condena política, otra más, sobre un presidente que solo se representa ya a sí mismo y es un peligro público para los intereses de España.

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