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Editorial

Un inolvidable regalo para España

León XIV ha dado un ejemplo perfecto de vocación profética. Si es escuchado no cabe duda de que España será muy pronto mejor, aunque su mensaje no es doméstico sino europeo y universal

Es muy difícil que España vuelva a vivir en muchos años un acontecimiento semejante al viaje de León XIV. Nos ha sacudido un vendaval de verdad y esperanza. Nuestra Nación ha correspondido como en las grandes ocasiones y ha dado una imagen ejemplar de excelencia al mundo. Los discursos, las actitudes y las acciones del pontífice han sido extraordinarios. Tanto que han conmovido a muchos indiferentes e incluso hostiles. El influjo será, sin duda, duradero, pero tampoco conviene extremar el entusiasmo y pensar que, de repente, la sociedad española se ha vuelto enteramente cristiana. Las palabras del papa así lo confirman. De todas maneras, el peso del catolicismo en España es muy superior al que muchos suponen.

Lo fundamental ha sido la transmisión del mensaje de Cristo, un mensaje religioso de salvación. La principal enseñanza de León XIV es que Jesús es Dios, el hijo de Dios que se encarnó, murió y resucitó para salvarnos. Lo demás es derivado de esto. A partir de esta verdad, se llega a los principios de la Doctrina social de la Iglesia y su aplicación a los problemas sociales y políticos. Esto es lo que ha defendido con serenidad, firmeza y cordialidad. Un mensaje tan exigente como reconfortante y alejado de toda demagogia y del deseo de agradar a todos. No es extraño que cada vez sigan más jóvenes al Evangelio. La mayoría son rebeldes y buscan un sentido a sus vidas que no se lo pueden ofrecer las ideologías y las mentiras. Hoy la rebeldía más radical es cristiana. El Reino de Dios no es de este mundo, pero transforma este mundo.

No es fácil resumir toda la enseñanza de estos inolvidables seis días. Imposible que se la apropie ningún grupo o partido. León XIV ha defendido la vida y la familia y, por lo tanto, ha clamado contra el aborto y la eutanasia, el amor irrenunciable al prójimo, a todos, incluidos los enemigos, la dignidad humana, los derechos de los inmigrantes y de los desheredados en quienes hemos de ver el rostro de Cristo, la unidad nacional de España frente al separatismo, los límites morales de la democracia y del derecho, la oposición a la guerra como medio de solución de los conflictos y la necesidad de la concordia social. Ojalá algún partido político hiciera suyos todos estos principios, si bien no todos están alejados en el mismo grado.

En la memoria de todos están los hitos del viaje, desde la vigilia juvenil de Madrid hasta el último acto de su visita a las Islas Canarias. Poco se ha destacado, si es que se ha llegado a recordar, su condición de ciudadano de los Estados Unidos, aspecto nada desdeñable. Dos papas seguidos que han venido de América. Sin duda, mucho ha tenido que ver España en esto.

El papa Prevost ha exhibido un profundo conocimiento y aprecio de España y su cultura, especialmente en su magnífico discurso ante el Parlamento español, con las referencias a la Escuela de Salamanca, san Juan de la Cruz, santa Teresa de Jesús, el Quijote y Unamuno. España no se entiende sin el catolicismo, ni la extensión del catolicismo sin la obra evangelizadora de España.

León XIV ha dado un ejemplo perfecto de vocación profética. Ha lanzado unas duras críticas, pero con una actitud del padre que corrige, pero ama. Es notable la paz que emana del rostro y los gestos del papa. Si es escuchado no cabe duda de que España será muy pronto mejor, aunque su mensaje no es doméstico sino europeo y universal. Pero nada se entendería sin la conciencia de que su éxito procede del hecho de que se tiene el convencimiento de que cuando habla se escucha la palabra de Dios.

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