El perol sideralAlfredo Martín-Górriz

El corredor de carril-bici

El replicante Roy Batty, de acuerdo, pudo ver naves en llamas más allá de Orión, e incluso rayos C brillar en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser, lo cual tampoco está mal para echar el día. Pero tuvo la mala fortuna de ser fabricado demasiado tarde, en un futuro donde hay mucho artilugio y mucha neblina, y androides y pistolitas... pero desde el que se perdió sin duda la riqueza existente en las primeras décadas del siglo XXI. El ciberpunk del porvenir palidece ante la realidad cordobesa del presente. ¿Qué diría ese androide si sus ojos pudieran ver al paisanaje deportivo de la actualidad? Eso sí que no se pierde como lágrimas en la lluvia, de puro asombro. En los últimos días ya ha llegado a mi gimnasio una figura que venía anunciándose tiempo atrás como la de un mesías: el hombre que anda hacia atrás en la cinta de correr. Pues ya lo tenemos. Empezó tímidamente el otro día ante la sorpresa de los allí presentes. Pedaleaba yo en ese momento en la bici estática, imaginando que demarraba para perseguir a Pantani en el Mortirolo, que son las cosas que pensamos los hombres de cierta edad cuando aposentamos nuestras hemorroides en ese cacharro, y me quedé boquiabierto. Allí caminaba muy serio ese señor en sentido contrario al de avance de la cinta. Aguantó sólo un ratito, porque vio que iba a escogorciarse y paró a tiempo. Pero ahí estaba el tío, frisando o superando por poco los sesenta años y desafiando a las leyes de la física. Se suma esta figura a la de la mujer que baila y hace aspavientos encima de la elíptica, como si viviese un musical. Y es que muchas veces no sé si voy a un gimnasio o a un extraño espectáculo de burlesque que podría bien aparecer en una peli de David Lynch.

Sirva este preámbulo para llamar la atención sobre el hecho de que la práctica deportiva parece tener unos efectos narcóticos en muchas personas, como si determinadas acciones llevasen aparejadas per se una inmediata ofuscación o, dicho en lenguaje coloquial, pérdida de papeles. Ahí están esos ciclistas bien maduros y de enormes barrigas que los domingos, disfrazados con equipaciones de colores, intentan llegar a un bar de Trassierra o el Muriano en el que sortear con coartada su tediosa vida familiar. ¿Es necesaria esa autodestrucción estética? Lo mismo sucede con determinados corredores urbanos. Es ponerse las zapatillas y se enajenan. No les basta con los circuitos especializados que hay en el Tablero o Parque Cruz Conde. No les basta con algunos parques amplios diseminados por los barrios. No les basta con las propias calles de la ciudad o la posibilidad de ir a parajes cercanos de la sierra. No, no les basta. Ellos tienen que correr por el carril-bici.

Y así, allá, acá y acullá, es frecuente verlos en mitad de dicho carril, impidiendo el paso a los que vienen en uno u otro sentido en bicis y patinetes. Tras percatarse, fingen sorpresa (¡oh! esto debe ser un carril bici) y bien se cambian de lado para permitir que sigan, bien sale a la acera para volver a entrar, como si la carrera perdiese su esencia si no estorbas. Parecen la ranita del antiguo videojuego, aquella que esquivaba a los coches de la carretera. Los hay de dos tipos, el corredor de carri-bici que escoge sólo un carril para molestar, y el que se pone en medio del todo y así obstruye a cualquiera.

¿Qué lleva a estos personajes a hacer tal cosa? En su itinerario se verán desviados docenas y docenas de veces, quizá cientos si hacen bastantes kilómetros. ¿Se lo toman como una especie de carrera de obstáculos con cambios de ritmo? ¿Imaginan en su fuero interno que puntúan por ciclista o patinetista ralentizado hasta conseguir un imaginado palmarés? Más bien parece que, imbuidos del enfermizo narcisismo tan en boga en esta sociedad, prefieren hacerse notar a cada zancada, decir «aquí estoy yo» cada cien metros, solicitar a media ciudadanía un «mírame mamá» cuando ya se peinan canas, causar sensación con su trote cochinero; en suma, dar por (censurado).

Tipos (y tipas) inclasificables, incordios en Meyba cuando ya no se dice Meyba, pelmazos con reloj inteligente, verdaderos y genuinos faltuscos (fartuhcoh) cordobeses, apártense, hagan el favor, que este carril no es para esto.

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