El paraguas fantasma
«Puede que unos chubascos moderados, a modo de transición hasta la primavera, como la descompresión de un buzo, pudieran ir aminorando este estado de confusión»
Entre el 60 y el 90% de las personas que han sufrido la amputación de un miembro siguen sintiéndolo, tanto su presencia como dolor, ardor o pinchazos. «Solo un 5% de los hombres que sufrieron una amputación nunca tuvieron la sensación de que esa parte de su cuerpo estaba todavía presente. Del resto, hubo unos pocos que al cierto tiempo llegaron a olvidar el miembro perdido, mientras que el resto mantenía una sensación de su existencia que era más vívida, definida e intrusiva que la de su miembro adjunto realmente vivo», explicó uno de los estudiosos del fenómeno, el doctor Silas Weir Mitchell. Todo esto sucede porque el cerebro mantiene activo el mapa neuronal de la mano, pierna, brazo etc. que ya no está, esperando, por decirlo así, sus señales. Pero, ¿puede suceder lo mismo con un objeto o adminículo? El otro día, a la hora de la siesta, me disponía a ir al gimnasio con una espléndida tarde cuando me sorprendí a mí mismo buscando el pequeño paraguas plegable comprado en los chinos para echarlo a la mochila. Fuera, el sol invitaba a un precioso paseo. ¿Qué ocurre? Lo describió mucho mejor Rafa González, periodista de esta casa, en sus redes sociales: «He salido esta tarde un momento a la calle sin paraguas y me he sentido raro, como si me faltara un testículo o algo así…». Testículo que, por cierto, rima con adminículo.
Tras semanas y semanas de lluvias inusuales, me he parado a veces a ver si llevaba el paraguas en la bolsa, o casi he abierto de nuevo la puerta de casa al salir para cogerlo. Sin que hiciera ninguna falta. Me inquieta que no vaya conmigo en prevención de una tormenta inexistente. De la misma manera, me extraña ver al astro rey por la mañana sin que esté tapado por seiscientos millones de nubes. Si el cordobés, en cuanto la temperatura baja de 35 grados, ya se pone un saquito para ir al trabajo, como le pille un poco de mal tiempo seguido ya le sale un paraguas fantasma. Los que además del pequeño utilizamos también el grande, incluso plegado a modo de bastón cuando escampa, pinchando fuerte en el suelo como senderista en los Pedroches, hasta nos ha cambiado el paso y vamos a trompicones, añorando el asidero que nos hacía avanzar con garbo y donaire.
Se dice que para aliviar los síntomas de los miembros fantasma se debe introducir el muñón en una caja con un espejo que refleje el brazo bueno, de manera que el cerebro pueda reconducir sus percepciones. ¿Deberemos meter la mano vacía en dicha caja y que se refleje la otra asida al paraguas para poder librarnos de esta sensación? ¿O quizá no sea suficiente y debamos recurrir a los anticonvulsionantes y antidepresivos tricíclicos? ¿Acaso nos deberán administrar estimulación eléctrica transcutánea? ¿O nos mandarán directamente a terapia o a un circo?
Un cordobés que se precie no lleva paraguas a menos que le se le cruce el mismísimo Noé en su arca río abajo por Claudio Marcelo porque se haya desbordado el lago de las Tendillas. ¿Cómo reconocer ahora que le acompaña un paraguas fantasma a todos lados? Puede que unos chubascos moderados, con jornadas de nubes y claros, a modo de transición hasta la primavera, como la descompresión de un buzo, pudieran ir aminorando este estado de confusión. Entre tanto, y como no se ve, puede que vaya con el paragüín en la bolsa, como yonki con su metadona o supersticioso con su amuleto.