Al tenazónRafael del Campo

Irse toreramente

«Así había vivido. Y así debía marcharse»

Como escribió Jorge Manrique: «Déjenos harto consuelo su memoria».

El tiempo siempre le había parecido una realidad difícilmente mensurable: un instante podía durar 92 años y 92 largos años podían concentrarse en un solo instante. Intuía, aun sin saberlo a ciencia cierta, que la vida era infinita y circular y, por eso, no le sorprendió que su mundo se desarrollase en una especie de eterno retorno infinito: algo así como una plaza de toros donde todo gira y vuelve.

Al salir el burel de los chiqueros había sentido un vago temblor parecido al miedo. Aunque él no lo llamaba miedo. Quizá fuere más correcto motejarlo de inquietud, responsabilidad, inseguridad... ¡Quién sabe!

El toro, llamado Vida, marcado con el número 33, remató con violencia en la barrera. Levantó las secas tablas del burladero. Crujieron las maderas arrancadas de cuajo. Los pitones corniveletos desgarraron las telas rosas de un capote. El tropel del tranco embistiendo tamborileaba sobre la tierra unos sones rotundos, redondos, musicales. Pero esas sensaciones, con ser en cierto modo apabullantes, no le causaban temor. El temor se lo causaba algo que no podía dañarle físicamente: los resoplidos del toro, la violencia de su respirar, iracundo y frenético. Entonces supo que el miedo es algo que solo habita en la mente del hombre y que el ser humano es algo tan portentoso que es absurdo que tenga temor.

Aun así, salió al albero precavido y un punto temblón. Y, genuflexo, recogió la embestida en su capote y la llevó larga y templada. Lo más lenta que pudo. Porque lo tenía claro: el tiempo no existía y un instante podía durar 92 años y, a veces, 92 años no duraban más de un instante. Luego, ya de pie, pudo haberse valido de su estatura, de su estampa apolínea y espigada, para mecer el tranco del animal en lances a pies juntos, de hermoso efecto estético. Pero sabía que en aquellos casos no toreaba, sino que era el toro el que pasaba solo como un río desgobernado y, aunque las series hubieran encandilado al público, prefirió ser sincero, auténtico, honesto y despatarrarse a la verónica, llevando la embestida lo más lejos que pudiera, templando hasta el infinito el capotazo y rematando con una media donde toda la verdad del mando se abrochara a su cintura. El público, la vida, estalló en aplausos y él se volvió sonriendo porque sabía que los que alegran a los demás son bienaventurados: ellos serán auténticamente felices.

Apontocado en la barrera siguió la lidia de su cuadrilla. Le complacía pensar que todos los que habían estado a sus órdenes lo habían considerado siempre más un amigo o un padre que un jefe. Él también les había agradecido siempre su lealtad: Cándido, Santi, Manolo, José, «El Yeyé»… hasta Ángel, que iba a ser —lo sabía con rotunda seguridad— su último banderillero de confianza.

Antes de tomar la muleta, solía pedir un buchito de vino y enjuagarse la boca. Llevaba haciéndolo muchos años, quién sabe si 92 años concentrados en un solo instante. Pero en aquel momento prefirió, extrañamente, pedir un sorbito de agua, como si quisiera, ante esa intuición que le revoleteaba, trocar una costumbre inveterada. Siempre había apreciado la verdad: por eso tomó la embestida en rectitud, ofreciendo el pecho y, como siempre había sido en estos últimos 92 años, ahora condensados en un instante, adelantó la muleta y meció la embestida con morosa lentitud, porque el tiempo era algo difícilmente mensurable. Estuvo toreando largo tiempo, con creciente entrega, con perfección creciente. Él no sabría decir si la faena duró 92 años o se agotó en un instante eterno hasta que, roto, pensó que era bueno irse de la cara del toro, toreramente, gustándose, sencillamente y en paz. No quería cansar a nadie y su faena ya estaba hecha.

Se miró el traje de luces. Su color se trocaba: tan pronto era blanco, metáfora de su honestidad, como de un grana encendido, que simbolizaba su pasión y su entrega; otras veces verde, un vestigio del campo que tanto había amado. Pero al blanco, al grana, al verde siempre los ribeteaban alamares de oro, porque así era su corazón: de oro. Supo que era momento de irse toreramente, con naturalidad, porque los grandes no necesitan impostar nada. Iba a morir, pero iba a morir vivo, vital, pletórico… y discreto. Y cristianamente, pues así había vivido. Miró al cielo azul: había un palco; un hombre de pelo y barbas blancas le contemplaba sonriente. Le recordó a un personaje del cuadro de Miguel Ángel «La creación de Adán». Luego lo vio sacar tres pañuelos: dos orejas y rabo. Pensó que su faena no había sido para tanto. Él tenía la humildad de los sencillos. También su rotunda grandeza, aunque no lo supiera.

Conforme se acercaba al burladero, oyó susurrar a su hijo: «Papá, nos vemos muy pronto». Y lo que oyó era cierto, porque acababa de comprobar lo que había intuido a lo largo de su vida: que un instante podía durar 92 años y que 92 largos años podían concentrarse en un solo instante de eternidad.

Y se fue toreramente. Así había vivido. Y así debía marcharse. Con sencillez, discretamente, culminando la gran faena que había sido su vida.

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