Al tenazónRafael del Campo

Toreo de salón

Un relato corto en homenaje a los valores que hoy tristemente están en desuso

Hoy me ha pedido el cuerpo ofreceros el relato corto que va a continuación, como homenaje a los mayores que nos precedieron, que nos enseñaron con su ejemplo valores hoy en desuso y, muy especialmente, a aquellos matrimonios, tan escasos hoy en día, a los que ni la vejez, ni la demencia ni tampoco la muerte pudieron separar jamás.

Primero oíamos el ruido de mover muebles; después, no fallaba, el estruendo de un candelabro de plata que al caerse chocaba con el suelo; luego el arrastrar de sillas y butacas; finalmente el regaño de alguno de los mayores :

- Pero Padre, ¿ otra vez ?.

Y la voz autoritaria del abuelo:

- No importunes, que tengo que tentar las becerras y el día va crecido… y se echa el tiempo encima…ahora oscurece muy pronto.

El salón de arriba había quedado ya expedito, amplísimo, con todo el mobiliario agolpado en un extremo. El abuelo, entonces, se sentaba en su butacón, bajo el ventanal por donde entraba un sol hermoso y dejaba, junto a sí, una silla vacía, a cuyos vanos, de vez en cuando, miraba con mucho amor. Así pasaba algunos minutos, susurrando a la silla vacía palabras que nunca llegamos a oír. Y sonriendo con una luz calmosa que, según me creo, arrancaba del fuego donde arde la felicidad verdadera.

Las niñas, que eran más despabiladas, cuchicheaban entre sí:

- Los mayores dicen que algunos días al abuelo se le va la cabeza…y que aunque le dan pastillas no sirven para nada.

Y otra, que era muy resabida :

- No es verdad…lo que pasa es que como se va a morir pronto hay veces que tiene visiones del cielo. Por eso le habla a la abuelita María…la que se murió hace muchos años…la del cuadro.

Al abuelo, era verdad, le había venido la viudez muy madrugadora: tendría el pobre no más de cuarenta años, cuando la abuela María, por unos infectos que se le agarraron en los pulmones, se fue para la otra vida de la noche a la mañana. Pero, a pesar del largo tiempo transcurrido, la abuela María seguía presente en la familia: ya fuera en las habituales evocaciones del abuelo que, viniera o no cuento, la recordaba en cualquier anécdota, ya fuera porque su retrato, de joven aún lozana y hermosísima, presidía el salón de arriba.

Cuando menos esperábamos, el abuelo dejaba de mirar a la silla vacía, y nos gritaba:

- ¡¡ Preparaos, que sale la primera vaca !!

Y luego, atiplando la voz, sonreía de nuevo a la silla vacía y bisbiseaba:

- María, le tengo mucha fe a las vacas que vamos a tentar hoy…son hijas de Aguaverde, ese toro «ensabanao» que tanto te gusta…yo creo que van a ser de nota…

Y remataba su comentario susurrando:

- ¡ Qué felices somos, María, qué felices somos !

Se volvía hacia la puerta donde estaba alguno de los nietos, normalmente el más chicuelo, y gritaba con una voz honda, señorial, sin fisuras :

- ¡¡ Que salga la primera !!

La orden del abuelo rebotaba por las paredes del salón como las hondas de una pedrada en un charco y el niño, divertido, abría la puerta, golpeaba la madera, y gritaba con voz temblorosa e infantil:

- Ahh, vaquilla, ahh, ahh….

Era Pepillo, el nieto mayor, el encargado de parar a la vaca imaginaria, andando para atrás en el salón . Una toalla rescatada del cuarto de plancha hacía las veces de capote. Daba varios lances como el abuelo tenía enseñado : alargando mucho los brazos para poder valorar la profundidad de la embestida y luego abrochaba con un recorte muy torero como remate.

- ¿ Has visto, María, qué acometividad ? ¡ Cómo repite ! Está desbordando a Pepillo, y mira que Pepillo es torero poderoso…

Y remataba su comentario susurrando:

- ¡ Qué felices somos, María, qué felices somos !

El primo Bernardo era el más grandón de todos nosotros así que hacía las veces de percherón. Cuando el abuelo lo indicaba salía con Ignacio, el más ruincillo de los nietos, montado sobre él. Ignacio llevaba una gorrilla ladeada en la cabeza y una garrota en la mano a guisa de pica. Con su tipo de flor recién tronchada Ignacio era lo menos parecido a un picador, pero era el único con el que Bernardo medio podía manejarse, así que nadie lo libraba de su papel de varilarguero.

Y el abuelo :

- ¡ Pica delanterito y sin pegar mucho !

Ignacio provocaba con su garrota :

- ¡ Ahh, ahh ….!

Bernardo se movía adelante y atrás y daba su caracoleo para que la vaquilla imaginaria se arrancara. Así, varias veces, simulaban la suerte de varas, hasta que el abuelo quedaba satisfecho. Musitaba :

- Yo creo, María, que vamos a aprobar esta vaca. Ha tomado seis varas…cada vez arrancándose desde más lejos…y no se ha repuchado …vamos a ver cómo embiste en la muleta.

Y remataba su comentario susurrando:

- ¡ Qué felices somos, María, qué felices somos !

Y luego, ya a voz en grito:

- ¡ Vamos a verla en la muleta !

A ese tercio salíamos los nietos que no habíamos intervenido aún, uno detrás de otro, según el orden que marcaba el abuelo:

- ¡ A ver, tú…sal …!

Y también ahí había que seguir sus indicaciones:

- ¡ Piérdele más pasos ¡

- ¡No la ahogues tanto, dale sitio!

- ¡ Pruébala por el izquierdo….!

O bien :

- ¡ Crúzate al pitón contrario !

- ¡ Sácala a los medios !

- ¡ Déjale la muleta puesta !

Cuando más a gusto estábamos disfrutando de nuestras simulaciones, sonaba la campanada del reloj de pared : la una de la tarde. Y era como si una pedrada rompiera el fanal donde nuestras imaginaciones estaban presas y ese mundo imaginario y feliz se quebrara y se contaminara de realidad. Y entonces, como por ensalmo, aparecía Leonor, con la bandeja y la jarra de vino porque el abuelo, desde que había memoria, jamás había perdonado la copita de vino del medio día.

- Don Esteban, es la hora de la copa.

El abuelo se rebullía en su butaca, se quedaba como traspuesto, volvía a la realidad y se levantaba torpemente, premiosamente, agarraba el brazo del nieto que le pillara más cerca y, arrastrando los pies, dejaba el salón. Antes de salir, volvía los ojos hacia los vanos de la silla vacía y su mirar rebosaba de tristeza, una tristeza entre perpleja y dolorida, como el vuelo arrebatado de un pájaro hacia el ocaso. Alguna vez le oí musitar:

- No hasta que la muerte nos separe, María, que eso me parece poco… sino hasta la eternidad… y aún más lejos : hasta más allá de la eternidad….

&&&&&&&&

Aquella mañana mi padre torció el hocico y dijo:

- Esto de que el abuelo lleve un par de días sin querer tomar la copita de vino me tiene mosquiento…me da muy mal barrunto.

Inmediatamente echó sus cálculos :

- La última vez que no tomó la copa fue cuando se operó de próstata…diez años cabales se cumplen ahora. Y eso fue sólo mientras estuvo en el hospital…

Así que, alarmado, llamó a Paquillo, que era el médico de la familia y amigo queridísimo. Paquillo además de galeno era agricultor y, para él, la medicina y la agricultura eran ciencias paralelas que se regían por dos principios inmutables : las estaciones del año y el fatalismo, de modo que, tirando de uno de los dos, se podía explicar, y aún sanar, cualquier mal.

Que entraba una epidemia de gripe en casa :

- Ahora en invierno es lo que toca…abrigaos bien y nada de medicinas que esto se cura solo.

Si a la niña le lloraban los ojos y casi no podía respirar era por la alergia:

- Ahora en primavera es lo que toca…la resguardáis unos días y nada de medicinas que esto se cura solo.

Para el reuma de la tía María Jesús también tenía explicación:

- En un otoño tan lluvioso es lo que toca…a ver si para de llover… y nada de medicinas que esto se cura solo.

Pero cuando aquel día Paquillo le echó la vista encima al abuelo se le cambió la cara : le vio el mirar tan apagado, y la nariz, ya de por sí prominente, tan afilada y extremosa, que no pudo evitar un suspiro. Luego le tomó el pulso y lo estuvo trasteando con el fonendo un largo rato. Finalmente llamó a mi padre a un aparte y dijo:

- Con la edad que tiene morirse es lo que toca …no creo que salga de ésta.

Y como Paquillo nunca marraba pasó lo que tenía que pasar: que, a los dos días, murió el abuelo, tranquilamente, sin agonía, con esa naturalidad con que suceden las estaciones y van mutando los ciclos naturales; y, como era propio en un hombre tan cristiano, se subió a los cielos a verle el rostro a Dios.

&&&&&&&&

El abuelo tenía mandado que, antes del funeral, se le dijera una Misa en casa. Como éramos muchos en la familia y había que avisar a muchos amigos cercanos, tuvimos que despejar el salón de arriba, que era la pieza más espaciosa. Movimos muebles, arrastramos sillas y butacas, y dejamos un amplio espacio diáfano. Por descuido, entre tanta mudanza y tanta precipitación, el candelabro de plata se estrelló contra el suelo y se partió un brazo.

Llegó a oficiar Don Nacho, que era muy amigo de la familia. Se había ordenado ya mayorcete pero, la verdad, es que a nadie sorprendió, porque desde siempre se sabía que era un hombre de Dios y, por tanto, lo natural es que se consagrara. Él lo tenía claro:

- Soy de decisiones tardías, pero certeras…

Mientras decía su homilía sobre la fe, la misericordia de Dios, el sentido de la muerte y todas esas reflexiones que tanto gustan a los curas, mi imaginación perdió la hebra y se desmandó. Pensaba en lo único que me consolaba en ese momento: que el abuelo debería estar a esas horas en el Cielo , viendo el rostro a Dios, que es lo que me tenían enseñado; pero, asimismo que, si su felicidad había de ser plena, tenía que estar también junto a la abuela María, paseando entre toros, o tentando vaquillas de aquella ganadería que, cuando era aún joven y tenía ilusiones, había comprado y había puesto a nombre de su mujer.

Y seguramente, pensaba yo, estaría susurrándole al oído esa cantinela que no era más que el deseo que la muerte le había arrebatado tempranamente:

- ¡ Qué felices somos, María, qué felices !

Esa felicidad, por fin, después de tantos años, debía ser verdad, tenía que ser verdad. Yo no sé de teologías ni de ciencias divinas pero el sentido común, y aún más el corazón, me decían que la cosa debía ser así y que ya estaría cumpliéndose ese deseo que susurraba el abuelo, cuando la cabeza se le trabucaba :

- No hasta que la muerte nos separe, María, que eso me parece poco… sino hasta la eternidad …y aún más lejos: hasta más allá de la eternidad….

Antes de despedirnos, Don Nacho se me acercó, me abrazó y me susurró algo al oído. Quise entender que me decía:

- A lo que pensabas mientras yo predicaba, te digo que sí…el Cielo sólo puede ser el encuentro con Dios y el reencuentro con los seres queridos...¿Si no qué clase de felicidad es la que nos espera?

Pero no estoy totalmente seguro de sus palabras…había hablado muy bajo y el ambiente bullía en ruidos y yo tengo un oído extraño que a veces me hace oír sólo lo que quiero oír.

Afuera ya había caído la noche y hacía frío y de la oscuridad del cielo manaban gotas muy gordas y muy frías: estaba lloviendo.

Paquillo, el médico, comentó:

- Llueve con mucha melancolía…hoy es lo que toca.

Y salió a la calle, abrió el paraguas y se fue canturreando coplillas tristes a media voz.

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

tracking

Compartir

Herramientas