firma invitadaJosé Javier Rodríguez Alcaide

Ante la inexistencia de Dios

Me he movido siempre en mi creencia de la existencia de Dios y de su encarnación en Jesús de Nazaret, el galileo. Con el paso del tiempo he profundizado.

Me interesó el Jesús de Cafarnaúm y Betsaida y no el de los judíos unidos al poder de Roma en el mar de Galilea más al sur de Magdala ni el mundo del palacio del Rey Arquelao en Tiberíades quien construye su palacio sobre restos de un cementerio judío, lo que originó problemas al rey y a Roma.

Tiberíades comenzó a levantarse el año 19 de nuestra era cuando Jesús tenía 23 años de modo que su vida pública no esté alejada de sus 30 años, es decir, año 26 de nuestra Era.

Si Jesús es hijo de Dios se hace difícil entender que un padre envíe a su hijo a la tierra a padecer como padeció una muerte de cruz.

Sus amigos fueron gente humilde, pescadores, publicanos y gente del pueblo. Lo que no es normal es salir del sepulcro, resucitar y permanecer 40 días apareciendo y desapareciendo a los suyos especialmente junto al mar de Galilea por Cafarnaúm. Hasta Tomás tuvo que meter su mano en la herida del costado del Jesús crucificado y muerto por una lanza

Mi fe en Jesús de Nazaret reside en su Resurrección.

Nunca ha aparecido su cadáver del que decían que sus discípulos lo habían robado.

Comprendo a Pablo de Tarso quien dijo que sería vana su Fe si Jesús no hubiese resucitado.

A mis familiares les digo que, si fe y razón entran en conflicto, la fe siempre pierde, pero que desde la razón se puede llegar a aceptar la existencia de Dios. Los dos caminos son posibles siempre que fe y razón no entren en el campo de tener el poder. Cuando la fe y la razón se ponen de acuerdo la convivencia es pacífica y saludable.

El funeral católico celebrado en Huelva en el pabellón deportivo por los muertos en el tren a Huelva, acaecido en Adamuz, es una muestra de la posibilidad de convivencia entre razón y fe.

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