¿Qué nos dieron los romanos?Luis J. Pérez-Bustamante

Más leandros y menos votos

El presidente del Gobierno nuevamente demuestra que para él solo existe un poder, el Ejecutivo, y que el Legislativo, como ya ocurriera con el Judicial, no es más que un engorro que hay que evitar por todos los medios

Pedro Sánchez ha conseguido esta semana otro golpe de efecto en el patio nacional al anunciar la aprobación del Real Decreto por el que se va a proceder a la regularización de 500.000 inmigrantes que se encuentran en situación irregular en España. La medida tiene diferentes derivadas, una política, otra económica y, para el que quiera, una social.

En la política, no creo que haya que extenderse mucho. El presidente del Gobierno nuevamente demuestra que para él solo existe un poder, el Ejecutivo, y que el Legislativo, como ya ocurriera con el Judicial, no es más que un engorro que hay que evitar por todos los medios. Por otra parte, la medida intenta poner sordina a la nefasta gestión que se lleva en el Ministerio de Transportes no ya ahora, sino durante los últimos 8 años en los que los socialistas han gestionado la cartera. Por último, esta decisión sirve también para mantener el mercadeo por el que contentamos a Podemos, por un lado, para, por el otro, hacerle las cesiones pertinentes a Junts y que apruebe unos presupuestos que nos mantengan al frente del cortijo el año y medio que queda. Nada nuevo digno de comentar.

La parte realmente relevante de este decreto es el fondo económico y social. El análisis de si realmente es necesario o no regularizar a esta ingente cantidad de personas. Esta semana hemos conocido unos datos de descenso del desempleo espectaculares en el año 2025, basados en gran medida en un incremento de la función pública más que relevante. Porque resulta que en sectores como la restauración, la construcción o, no digamos, la atención a la dependencia carecemos de mano de obra cualificada. Si ahora mismo va usted a un bar en Madrid, a una obra en Cuenca o pasea por un parque donde hay personas mayores lo que se va a encontrar principalmente son inmigrantes latinoamericanos realizando la labor que no queremos hacer los españoles. Así de claro.

En este sentido es en el que se justifica la necesidad de regularizar esa ingente cantidad de personas que ya están realizando tareas que nadie quiere realizar. Visto desde esta perspectiva esa regularización se traducirá en un incremento de la recaudación fiscal que se supone deberían servir para mejorar la educación y la sanidad. No obstante, no se preocupe usted, que irá a incrementar la plantilla de funcionarios que son los que votan. (Y no se me enfaden ustedes, por favor).

En el otro lado de la balanza, tenemos una realidad menos rentable. Abrir la mano de esta manera indudablemente va a generar un efecto llamada se ponga el personal como se ponga. Además, va a permitir adquirir la condición de legalidad a no pocas personas que no son precisamente lo mejor de cada casa. Cierto es que el decreto se sostiene sobre el precepto de que no va a ser regularizado nadie que tenga antecedentes penales. Tanto como que obvia que para tener antecedentes penales uno tiene que ser condenado, que no es lo mismo que ser detenido. Y, como el sistema judicial de este país va al mismo ritmo que un caracol al sprint, lo de los antecedentes va para largo.

Esto es así. Por mucho que nos pese y corramos el riesgo de ser llamados fascistas (que tampoco es que vaya a ser la última vez).

Y así llegamos a la tercera derivada del proceso. La social, la que se basa en que asuntos de este tipo deben tratarse con seriedad, sin calentones ni improvisaciones. Desde el análisis serio y riguroso y el desarrollo de una legislación clara y definida. Cualquier que tenga un mínimo de sensibilidad sabe que hay decenas de miles de personas honradas, trabajadoras y responsables que han venido aquí en busca de un futuro mejor. Gentes que colaboran con la comunidad, que quieren lo mejor y que no se meten con nadie. En ellos es en quien hay que pensar si queremos tener un país serio y en condiciones. En personas como Leandro, Alejandra, Pancho o María que son ejemplo de trabajo, esfuerzo y dedicación. Gentes con dignidad que no merecen ser tratados como manadas. Personas como usted y como yo que no son ni mercancía electoral ni trampantojo comunicativo.¿O es que nos hemos quedado sin humanidad?

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