¿Por qué nos pasamos un tercio de nuestra vida durmiendo?
Yo concibo este enigma como una señal que el Señor nos permite avizorar en lontananza, en un lejano horizonte… con la máxima de que nos demos cuenta de que toda noción de «aprovechamiento del tiempo » se la termina tragando la tierra si no se la dedicamos a Él
No cabe duda de que hay una respuesta científica al interrogante que el titular nos plantea; pero ¿Dónde se aloja la contestación filosófica? ¿Dónde se encuentra el porqué de este aparente sentimiento? Abrigo la firme convicción de que se trata de una señal que nos envía Dios para que volvamos la mirada hacia Él; algo que explicaré -de la manera más meridiana y convincente posible- en los renglones ulteriores.
El hecho de que tengamos que dilapidar una tercera parte de nuestra vida vagando -y, sobre todo, vagueando- encima de un lecho ofrece un cúmulo de respuestas que forman parte de una misma respuesta: no todo, en la vida, se reduce a la utilidad; no hay nada más útil que la inutilidad bien aprovechada ; es más importante sembrar en el lugar adecuado que el número de horas que dediquemos a la siembra; hay un momento para plantar semillas y otro para dejarlas crecer…
En síntesis, la noche nos recuerda que el valor de un día no se corresponde con que todas sus horas sean útiles y provechosas, sino que tiene más que ver con aprender a sembrar en el lugar adecuado, en esa tierra fértil que es capaz de dar los mejores frutos.
Yo concibo este enigma como una señal que el Señor nos permite avizorar en lontananza, en un lejano horizonte… con la máxima de que nos demos cuenta de que toda noción de «aprovechamiento del tiempo» se la termina tragando la tierra si no se la dedicamos a Él; porque, si desaprovechar ocho horas diarias encima de una cama es lo que nos mantiene dieciséis horas despiertos, ¡Cómo de vivos estaríamos! Si perdiésemos un minuto de nuestro día en preguntarle a Dios: ¿Qué quieres de mí? No me cabe ninguna duda de que no hay nada más útil que la inutilidad bien aprovechada.
Ahora bien, esto no sólo afecta al plano puramente teológico, sino que lo hallamos en el desarrollo de la propia vida; puesto que, al igual que necesitamos dedicar un tercio de nuestra existencia terrestre a dormir, lo que hacemos en nuestro tiempo de ocio es lo que mejor define nuestra personalidad. No es nuestra productividad -ni nuestros logros materiales- lo que verdaderamente nos forja como personas, sino algo que se fragua en los momentos más improductivos de nuestra singladura. Por algo, tiene sentido aquello que decía Oscar Wilde de que «el fin del hombre es el ocio inteligente» ...
A esto, sumémosle que, aunque no paremos de hacer cosas, los hechos que verdaderamente nos marcan en nuestra vida son escasos; es más, los podemos contar con los dedos de la mano. A pesar de que vivamos millones de horas y cientos de millas de minutos, muy pocos acontecimientos… decisiones tomadas… personas con las que nos topamos… encuentros íntimos con el Señor… son los que, en verdad, escriben los renglones de nuestro destino. De hecho, el malhadado -y, sobre todo, malnacido- de Lenin es recordado por una cita que no ha dejado indiferente a nadie, la cual reza así: «hay décadas en las que no pasa nada; y hay semanas en las que pasan décadas».
Así pues, tengo una fe resuelta en que la inutilidad de dormir una tercera parte de nuestra vida es una señal divina que nos advierte de que la utilidad no lo es todo; ni la cantidad de cosas que hacemos; ni de triunfos que cosechamos; ni de fracasos que acumulamos. Lo veo como un aldabonazo de Dios para que entendamos que todo lo de este mundo se lo termina tragando la tierra, y que, por consiguiente, adquiere un sentido trascendental y verdadero si se lo presentamos como ofrenda, con la premisa de que su eco resuene durante toda la eternidad…
Repito: si desaprovechar ocho horas diarias encima de una cama es lo que nos mantiene dieciséis horas despiertos, ¡Cómo de vivos estaríamos! Si perdiésemos un minuto de nuestro día en preguntarle a Dios: ¿Qué quieres de mí? Recuerdo lo que he dicho antes: muy pocos acontecimientos son los que escriben los renglones de nuestro destino. Así, lo entendió el protagonista de El jugador, de Fiódor Dostoievski , quien, tras vivir atrapado en la ludopatía (y en todo lo que ello conlleva), decidió cambiar el rumbo de su vida en menos de una hora, con una sola y sabia decisión: abandonar el vicio del juego. Me reitero en la cita del desdichado de Lenin: «hay décadas en las que no pasa nada; y hay semanas en las que pasan décadas»; y la inutilidad de tener que dormir cuatrocientos ochenta minutos diarios es una prueba fidedigna de ello…
Caemos en el error de dar prioridad a la cantidad sobre la calidad. Situamos el número de horas que le dedicamos a algo -además del esfuerzo energético que ello implica- por encima del valor incalculable que puede tener un momento concreto. Hay un fragmento de El Principito, de Antoine de Saint-Exúpery, muy explícito al respecto, el cual reza así: «Las personas grandes aman las cifras. Cuando les habláis de un nuevo amigo, no os interrogan jamás sobre lo esencial. Jamás os dicen: »¿Cómo es el timbre de su voz? ¿Cuáles son los juegos que prefieres? ¿Colección mariposas?» ¿pesa? ¿Cuánto gana su padre?».
Fruto de esta mentalidad tan numérica, tan desquiciadamente pitagórica, en base a la cual sobrevaloramos la cantidad e infravaloramos la calidad, los sacerdotes nos tienen que aclarar que vale más un Padrenuestro o un Avemaría rezados con un amor inefable, con una «esperanza contra toda esperanza» y con «una fe capaz de mover montañas» que treinta recitados sin pena ni gloria. La santidad de El Buen Ladrón es un ejemplo esclarecedor de ello, por haber sido declarado santo por el propio Jesús debido al inenarrable acto de fe que hizo en un instante señero. ¡Y no digamos ya lo que valdría una Misa viva con la misma devoción que San Dimas! En palabras del Padre Pío, el santo de Pietrelcina, «sería más fácil que el mundo sobreviviese sin el sol que sin la Santa Misa»; amén de que «si los hombres comprendieran» su valor, «harían falta carabinieri -policías italianos- en las iglesias para mantener el orden».
La noche, por consiguiente, nos recuerda que el valor de un día no se corresponde con el hecho de que todas sus horas sean útiles y provechosas, sino que tiene más que ver con aprender a sembrar en el lugar adecuado, en esa tierra fértil que es capaz de dar los mejores frutos. Esto desconozco si lo dicen explícitamente las Sagradas Escrituras, ya que es una conclusión escolástica a la que yo he llegado. Ahora bien, lo que sí que está expresamente recogido en la Biblia es que si, durante el día, se siembra (en un sentido piadoso), la noche está para que lo sembrado eche raíces.
Desde mi humilde criterio, creo que esta manera de concebir la noche nos libera de aquella tragedia clásica conocida como «La tela de Penélope», tela que era tejida durante el día y destejida por la noche. Dios nos libra de esta desalentadora realidad al brindarnos la oportunidad de sembrar en tierra fértil, porque nada impedirá que lo sembrado -en los campos del Señor- dé frutos mientras dormimos; a contrario sensu de lo que suele ocurrir en la vida cotidiana, donde toneladas de esfuerzos que realizamos corren el riesgo de evaporarse, de caer en saco roto o en papel mojado.