Del libertinaje al totalitarismo: despenalizar cosas, para penalizarte después
Aprueban leyes de corte libertinas, para, pocos lustros más tarde, elevarlas a unas de signo totalitario; porque el libertinaje es la antesala del totalitarismo; y el relativismo, la estación anterior del puritanismo
Los prebostes progresistas son dados a despenalizar actos de lo más desgarradores, descorazonadores y descarnados (como el crimen del aborto), para, transcurridos unos años, penalizar a los médicos que quieran ejercer su derecho a la objeción de conciencia. Primero, aprueban leyes de corte libertinas, para, pocos lustros más tarde, elevarlas a unas de signo totalitario; porque el libertinaje es la antesala del totalitarismo; y el relativismo, la estación anterior del puritanismo.
Recuerdo aquellos tiempos en las que se burlaban de un católico devoto por ser virgen antes del matrimonio y por negarse a consumir películas pornográficas. Ahora, aquellos que, antaño, hacían mofa y befa sobre estas cuestiones, son los que pretenden condenarte por mirar a una mujer, piropearla y tratar de cortejarla; porque el libertinaje es la antesala del totalitarismo; y el relativismo, la estación anterior del puritanismo.
Parece que he llegado yo a esta conclusión a base de relacionar unos hechos con otros, de establecer analogías, pero, si buceamos en el inabarcable océano de la historia de las ideas, nos daremos cuenta de que ya lo dijeron, con sus propias palabras, otros egregios pensadores. Verbigracia, Thomas Hobbes aprovechó un magma social en el que el relativismo gozaba de cierto predicamento para catapultar al Estado como ente moralizador alternativo. En otras palabras, pretendió cubrir un vacío de valores cristianos con la tutela de un poder político único y autoritario, al que él bautizó como Leviatán.
Azorín, por su parte, pudo darse cuenta de que los intentos por borrar la religiosidad del mapa traerían consigo una moralidad más represiva, controlada por un gobierno de carácter despótico. En estos términos, lo explica el escritor Juan Manuel de Prada: «Azorín consideraba que sólo la educación que se plantea las grandes cuestiones sobre el origen y el destino del hombre puede ser plenamente moral; y que todos los intentos de construir un código moral sin base religiosa son, a la postre, sucedáneos que se revelan insostenibles por dos razones: porque el temor de ofender a Dios sólo puede ser sustituido por una amenaza represora de tipo penal que llega a hacerse asfixiante; y porque allá donde no hay una moral común cada uno se construye una moral individual que no obliga a los demás, favoreciéndose un retorno a la ley de la selva (ante lo cual el Estado Leviatán acaba imponiendo su moral gubernativa)».
Con estos dos últimos ejemplos (el deseo de Hobbes y la crítica a semejante deseo de Azorín), se puede ver, con penetrante nitidez, cómo el libertinaje -con el alejamiento de la ética cristiana y la relativización de sus principios- es utilizado como antesala del totalitarismo; y, en consecuencia, del puritanismo. Parafraseando a G.K. Chesterton, cuando renunciamos a Dios, el Estado se convierte en dios. La mayoría de los regímenes más puritanos y totalitarios del siglo XX son una prueba flagrante -por no decir fehaciente, fidedigna e inapelable- de ello, de cómo el relativismo es la estación anterior de un dogmatismo implacable.
También decía Chesterton, en su ensayo Ortodoxia, que, una vez desarticulada la maquinaria del espíritu, queda articulada la maquinaria de la materia; es decir, que el estatalismo se recrudecerá, tendrá mayor dominio sobre la población, si los valores de esta quedan difuminados, dispersos, dado que el Estado se encargará de ocupar ese vacío como pastor moral e intelectual de «la ciudadanía».