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Agua de timónCarmen Martínez Castro

¿Para quién trabaja Sánchez?

Hace mucho tiempo que los principales países de Europa evitan cuidadosamente incluir a nuestro chulángano nacional en sus reuniones restringidas porque Sánchez solo aporta problemas y división

Parece que Ursula von der Leyen ya se ha enterado del carácter pendenciero y problemático de Pedro Sánchez. Querido Pedro se le ha vuelto insoportable y el resto de los socios europeos hace tiempo que también le evitan. Ha tenido trifulcas con Meloni y con el primer ministro belga; a Merz no le coge el teléfono y a Macron le ha dicho que su paraguas nuclear queda fuera del lado correcto de la Historia, ese lugar cuyas fronteras él mueve a su antojo en función de sus intereses y donde recibe los parabienes de Irán, Hamás, Sheinbaum, Xi Jinping y Susan Sarandon.

Esta es la tropa que le ha felicitado en su última polémica con Donald Trump. Entre los socios europeos solo Francia le mostró un apoyo mercenario ya que tuvo como contrapartida el envío de nuestra mejor fragata al despliegue naval en Chipre. Ursula se limitó a enviarle un mensaje y sus colegas europeos le ignoraron olímpicamente; solo les preocupa que Trump les toque los aranceles por estos líos de Sánchez.

Hace mucho tiempo que los principales países de Europa evitan cuidadosamente incluir a nuestro chulángano nacional en sus reuniones restringidas porque Sánchez solo aporta problemas y división. Cada vez que Bruselas necesita ofrecer al mundo una imagen de cohesión y unidad, Sánchez monta un numerito saboteándola Da lo mismo que se trate del aumento del gasto de defensa, de las negociaciones con China sobre los coches eléctricos, de la posición europea en Oriente Medio o de la política comunitaria en materia de inmigración, él siempre va por libre y en dirección contraria al consenso. Aun no ha llegado al nivel de Orban, que actúa claramente como agente de Kremlin en Europa, pero se le acerca. La única duda consiste en saber si actúa así solo por razones de tacticismo doméstico, por su naturaleza pendenciera o si, al igual que Orban, trabaja para otra potencia.

Hace unos años José Luis Rodriguez Zapatero, el indiscutible mentor de la desquiciada política exterior española afirmó con su entusiasmo habitual que él trabajaba para que la Unión Europea y China pusieran a EE.UU. en una situación imposible. Aquella confesión parecía entonces una excentricidad, una de las frivolidades habituales del personaje pero hoy se ve de otra manera muy distinta. Si yo tuviera que hacer unos de esos informes de geostrategia que Zapatero facturaba a precio de oro a Plus Ultra, diría que todos los pasos de nuestro gobierno apuntan a la defensa de los intereses de China en Europa y el principal de ellos que sería romper el vínculo histórico entre Europa y EE.UU. Aunque El Debate no me paga tanto como Plus Ultra a Zapatero, yo dejo mi opinión por escrito, para que conste.

A nadie en Europa le gustan las bravatas de Trump ni sus amenazas comerciales ni su unilateralismo, pero todos entienden que EE.UU. sigue siendo por el momento el socio imprescindible que garantiza nuestra seguridad frente a Rusia. El peor Estados Unidos siempre será mejor aliado de Europa que una China tan antidemocrática como ajena a los valores de humanismo occidental. Por responsabilidad, esa palabra cuyo significado Sánchez desconoce y desprecia, los dirigentes europeos hacen todo tipo de equilibrios para mantener viva la relación transatlántica mientras Sánchez la sabotea abiertamente.

Solo la miopía sectaria, los habituales prejuicios sobre España y el antitrumpismo militante de los medios anglosajones pueden explicar los elogios a Sánchez como la némesis de Donald Trump sin enterarse de que, en realidad, toda su trayectoria le señala como el caballo de Troya de China en Europa.

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