¡Lo quiero ya!
Al apartar a Dios y con la aceleración digital se ha aterrizado en la sociedad de la gratificación instantánea, casi nadie es capaz de sacrificarse por un plan de futuro
Durante casi dos milenios, sucesivas generaciones de creyentes cristianos y de otras fes monoteístas vivieron concibiendo su paso por este mundo -el «valle de lágrimas»- como lo que es: un breve tránsito, que si nos comportamos como buenas personas nos puede otorgar el visado a una felicidad completa y perpetua a la luz de Dios. Además, la mayoría de esas personas de antaño tenían hijos -y varios-, lo que suponía una cierta ilusión de perpetuarse en la progenie, de dar algún tipo de continuidad a nuestras breves existencias terrenales, que como bien advierte la Biblia son en realidad «polvo en el viento».
La creencia en el alma inmortal y la esperanza en Dios, unida al deseo de legar una buena situación a tu familia, provocaba que llevar una vida de sacrificio pareciese una opción de lo más razonable, incluso necesaria. Valía la pena una existencia de contención ante las tentaciones mundanas y de ahorro y sacrificio, pues se esperaba un doble premio en el futuro. Esa forma de actuar es muy humana, pues precisamente lo que nos diferencia de los animales es que un gorila no hace planes, no se detiene a intentar anticipar lo que puede pasar, ni actúa en consecuencia. Pero nosotros sí lo hacemos. Salvo algunos completos descerebrados, el común de las personas constantemente elegimos acorde a un cálculo de beneficios y daños: voy a hacer ahora A para que en el futuro pase B, o no voy a hacer A para ahorrarme el problema B.
Todo ese esquema mental ha sido desmantelado por la mala idea de borrar a Dios de nuestras existencias y por la aceleración digital, que con su taquicardia ha cambiado nuestra psicología.
Si no hay Dios, y si no nos aguarda un gran examen final tras pasar al otro barrio, ¿para qué ponernos barreras morales en lugar de entregarnos a los placeres hedonistas inmediatos? El inmenso, el espantoso vacío que deja el matar a Dios, se intenta rellenar con placebos, como convertir en una seudo religión el ecologismo, el feminismo, la nación, una filiación política determinada o hasta la simple pasión por un equipo de fútbol. Pero lo que queda al final es una honda insatisfacción, que muchos evitan encarar continuando en la gran escapada del autoengaño (aunque algunos sí admiten esa desazón, por eso asistimos a un movimiento creciente de chavales que vuelven a abrazar el cristianismo).
En paralelo al alejamiento de Dios, hoy vivimos una epidemia de ansiedad y déficit de atención. Las respuestas instantáneas para todo que ofrecen los gigantes de internet, una inteligencia artificial que piensa por nosotros, unos móviles que nos abren todo el universo en la palma de la mano, unas relaciones sociales que se han vuelto virtuales y superficiales, a golpe de guasap y foto de Instagram… todo eso se traduce en prisas asfixiantes y falta de concentración. Las cosas nos aburren enseguida, porque necesitamos el siguiente estímulo. Leer un libro tranquilamente, o ver entera una película, se ha convertido en una proeza (¿quién puede permitirse no ojear el móvil?). El aburrimiento, tantas veces abono de la creatividad, se ve hoy como un imperdonable pecado, el mayor de los fracasos. Todo es acción, muchas veces totalmente banal, y no queda tiempo -ni ganas, ni actitud- para la introspección. Y todavía iremos a peor con el asombroso avance de la IA, que ya nos golea en todos los frentes, salvo en que (por ahora) no puede amar, rezar e ignorar la lógica para sacrificarse incondicionalmente por alguien a quien se quiere.
La nueva sociedad neurótica y que ha renunciado a Dios tiene un lema pueril, que curiosamente es el mismo de los niños caprichosos: «¡Lo quiero ya!». No se hacen planes de futuro, ni siquiera los políticos, que anteponen el oportunismo de la calculadora electoral a las necesidades de la nación y al largo plazo. Casi ningún «joven» -y hoy la juventud llega casi a la cuarentena- está dispuesto a asumir el coste de responsabilidad y sacrificio de formar una familia; o a abrazar una vida de ahorro en serio con el objetivo de ser propietario a medio plazo de una vivienda, como hicieron sus padres y abuelos en unas eras más duras, pero menos hedonistas. La sociedad se ha vuelto superficial y todo es un espectáculo, en un mundo que ofrece solo lo perecedero.
Las personas intentan rellenar su vacío escapando de sí mismas. De ahí la pulsión por viajar que hoy impera, que no deja de ser un modo de huir de tu realidad cotidiana y de la verdad de tú yo, porque si te paras y te miras en el espejo no te gusta lo que ves. La conocida cita de Pascal se torna más visionaria que nunca: «Todas las desgracias de los hombres provienen de no saber permanecer en reposo en una habitación».
Marionetas digitales, huérfanas de Dios, adictas a la gratificación instantánea y los placebos ideológicos e incapaces de pensar a largo plazo. Ese patrón abunda cada vez más. ¿Habrá llegado para que quedarse… o asistiremos a un resurgir de la espiritualidad, la responsabilidad y la familia? No tengo ni idea. Y disculpen que me haya olvidado un rato de nuestra indigerible política para intentar un poco de seudo filosofía de barra de bar.