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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Gran Hermano presenta el Odiómetro

Peligro: el presidente más divisivo, al frente del Gobierno más faltón que hemos tenido, anuncia una herramienta digital contra los «discursos de odio»

Érase una vez un gobernante que daba por buena la mentira y el insulto y que ostentaba el poder sin ganar las elecciones, gracias a una alianza perversa y antinatural con partidos que odiaban el país que gobernaba. El Gran Hermano, que no admitía preguntas ni entrevistas de medios que no fuesen de su cuerda, insultaba a los que no pensaban como él denigrádolos como fachosfera o «ultras». Sus ministros más fogosos insultaban a los periodistas críticos y a los jueces que se atrevían a investigar la mugre de corrupción que embadurnaba al Gran Hermano. La ola de insultos la completaba una horda de opinólogos oficialistas, que cobraban de unas televisiones públicas sometidas al servicio del régimen.

Un día de marzo de 2026, Gran Hermano, sintiéndose ya impune, tuvo a bien presentar en público una nueva herramienta de control social, que llamó Hodio (con falta de ortografía incluida, que queda menos carca, menos español y más «progresista»). Se trataba de un programa informático para controlar «los discursos de odio» en las redes sociales. Pero no todos, por supuesto.

Es decir, Gran Hermano, el presidente más divisivo de la historia reciente del país, el tipo que había llevado a sus límites la explotación política del odio sectario, el autócrata al frente de un Gobierno lleno de ministros faltones, tenía los bemoles de proclamar que urgía luchar «contra los discursos del odio». Lo haría mediante un algoritmo de fisgoneo y vigilancia para señalar al discrepante. Un planteamiento de entraña totalitaria, al estilo del «control social digital» que están experimentado algunas dictaduras, con China en la vanguardia del invento.

El problema es que todo este delirio es real. Sánchez presentó ayer la herramienta Hodio, («Huella del odio y la polarización»), para vigilar qué decimos y cómo opinamos. ¿Y cómo se establecerá lo que es odio y lo que no lo es? Fácil. Se hará con «criterios académicos reconocidos y combinando análisis cuantitativo y revisión experta para garantizar precisión y representatividad».

Traducción: Moncloa establecerá las reglas, otorgando el dinero de la contrata a algún fámulo del régimen que haya destacado por su capacidad de lisonja (las zapaterillas prodigiosas, la hijas de Zapatero, no lo harían mal). A ojos de Hodio, el izquierdismo sanchista y el separatismo serán siempre buenos, suelten la burrada que suelten; y el derechismo será siempre atroz, inhumano, ultra y odiador por naturaleza (por lo que habrá que ir dando pasos hacia su prohibición en nombre de la salud democrática).

Ayer ya se pudo ver un buen ejemplo. Sánchez presentó su Odiómetro en un acto que Moncloa denominó Foro contra el Odio. Huelga decir que todos los participantes eran afines al régimen, incluida la joven y ardorosa Santaolalla, una tertuliana proclive al insulto a la derecha y alérgica a la argumentación, convertida en nueva mártir oficial de la correcta causa (con escolta policial de Marlaska a su servicio, para cabreo de los agentes).

Si a una persona de derechas le hacen un escrache y la insultan en una universidad o en un acto público no hay odio, es «jarabe democrático», que decía el hoy tabernero Iglesias. Cuando los separatistas acosan a los simpatizantes de PP y Vox no hay odio, ni siquiera cuando los segundos recibían adoquines voladores en plazas difíciles. No había odio cuando la tal Santaolalla llamaba «idiotas» a los españoles que votan a PP y Vox, haciéndolo además en una TVE que pagamos todos, y para más señas en el programa de manipulación de su novio, Javier Ruiz (el infraperiodista que presentó a una cocinera sindicalizada como experta sanitaria para dar cera a la Junta andaluza en la crisis de los cribados).

Tampoco hubo odio cuando cercaron las sedes del PP tras el atentado del 11-M, aprovechando la mayor matanza terrorista de nuestra historia para influir en los resultados electorales. Ni hubo odio cuando el ministro Óscar Puente llamó por escrito a un compañero de este periódico «carcudia», «fascismo puro» y «gente que apesta la tierra». Eran solo juegos florales del ocurrente Óscar (que ahí sigue, tras un terrible accidente por falta de mantenimiento que si fuese un ministro de derechas le habría costado la dimisión inmediata).

Increíbles los planteamientos de pesadilla orwelliana que estamos tragando. Suavemente, sin que el grueso de la población lo acuse o se queje, se está permitiendo que cada día se vaya erosionando el sistema de derechos y libertades al arbitrio de un aprendiz de autócrata. Y la oposición que debe combatir esta deriva, anda –ay– a bofetadas entre ellos.

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