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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Un libro que debería leerse en las escuelas

Las valiosas memorias de Jaime Mayor te hacen sentir el terror implacable de ETA y sus poco resaltadas consecuencias sociales y políticas, que perduran

En España vivimos una fiebre grafómana. Hoy todo el mundo lleva un libro dentro, o varios, desde influencers a periodistas, pasando por psicólogos de autoayuda, cocineros-filósofos o pesados de variado pelaje. Esa compulsión por publicar libros también se ha apoderado de los políticos, cuya producción de ensayos y autobiografías se ha vuelto tan profusa que cuesta seguirla. Por eso, cuando ves otro libro más de recuerdos y reflexiones a cargo de uno de nuestros exdirigentes, tu primera reacción es un aprensivo bostezo.

Pero hay felices excepciones. Una verdad incómoda (Espasa), las memorias de Jaime Mayor Oreja, es un libro que debería ser obligatorio en las aulas de bachillerato (y muy especialmente en las del País Vasco). Con un estilo claro, respetuoso y de ritmo vivo, este testigo directo, que desde los veinte años se jugó el físico en primera línea por la libertad y por España, ofrece un retrato sobresaliente y sobrecogedor de lo que fueron los años de plomo en el País Vasco. No solo mataban. Imponían además una suerte de muerte civil del enemigo. Se le obligaba a desempeñar su actividad política en desigualdad de condiciones, en la semiclandestinidad. Mayor cuenta cómo los dirigentes vascos de UCD, víctimas de la tenaz persecución nacionalista/etarra, tenían que celebrar sus reuniones políticas en casas particulares. A modo de medida de seguridad, salían de dos en dos de la vivienda tras apagar antes las luces durante un rato. Las víctimas de ETA eran golpeadas dos veces, pues tras ser asesinadas se destruía también su reputación, endosándoles la repulsiva coletilla del «algo habrá hecho». Sus familias recibían el inaprensible castigo de un gélido desapego social. «La fibra ética y moral de la sociedad vasca se destruyó durante varias generaciones», apunta el veterano político donostiarra, señalando así un aspecto en el que nunca se incide todo lo debido, y que tan bien retratan las providenciales novelas de Aramburu.

Jaime Mayor, al que, como él mismo dice tantas veces, han tachado de «agorero, cenizo, aguafiestas», explica además de manera clarividente el alcance del tétrico legado de ETA, pues por una imperdonable traición del PSOE hoy está en marcha un plan para mudar la faz de España y desbordar el actual orden constitucional al dictado del separatismo.

«¿Estarás contento?». Imagino que esa frase que le dijo por teléfono Pilar Elías a Jaime Mayor, el 12 de mayo de 1980, habrá sido una de las más duras que habrá escuchado en sus 74 años de vida. Mayor era dirigente de la UCD local y Pilar le estaba comunicando que acababan de matar a su marido, Ramón Baglietto Martínez, de 42 años, padre de sus hijos de nueve y trece años, exconcejal ucedista en Elgoibar y un simple afiliado en el momento del atentado. No era la primera vez que el bilbaíno Baglietto, dueño de una mueblería en Elgoibar, aparecía en las noticias. En 1962 se había distinguido por su heroísmo, al jugarse la vida para lograr salvar a un bebé en el atropello de un camión que mató a la madre y a un hermano del niño. El crío rescatado se llamaba Cándido Azpiazu Beristain (Kándido con K, en su vida adulta).

El 12 de mayo de 1980, Ramón Baglietto bajó la persiana de su mueblería y se fue a su casa en su modesto Seat 127. En el alto de Azcárate, su coche fue tiroteado por pistoleros etarras que iban a bordo de un Seat 131. Baglietto perdió el control y acabó chocando contra un árbol. Uno de los asesinos se apeó y se acercó a rematarlo con un tiro en la sien. Se llamaba Kándido Azpiazu y estaba matando a la persona que le había salvado la vida.

Los asesinos fueron detenidos a los cinco días del crimen y condenados a 49 años. En un lacerante insulto a las víctimas, en solo diez años Azpiazu ya disfrutaba de la libertad condicional. Se volvió a su pueblo y abrió una cristalería al lado de la vivienda de la viuda de Baglietto y sus hijos. Según cuenta Mayor, ella acabó teniendo que abandonar Elgoibar y fue el pistolero quien se quedó. Una inconcebible perversión de la más elemental humanidad. Un periodista alemán preguntó al cristalero Kándido cómo podía haber asesinado a su mayor benefactor: «Actué por necesidad histórica. Por responsabilidad ante el pueblo vasco». Un fanático nazi habría respondido igual.

Fueron —y es ocioso decirlo— centenares los asesinados en aquella orgía de violencia de claro objetivo político, una meta que ahora pueden lograr con la careta de Bildu, socio preferente de Sánchez. La historia de cada víctima merece ser contada. Mayor, que estuvo varias veces en la diana y al que lanzaron un proyectil siendo delegado del Gobierno, relata unas cuantas, con un estilo narrativo que, con la escueta descripción de los hechos, resulta todavía más elocuente.

Hoy el Gobierno inculca una memoria obligatoria y sesgada de los años treinta españoles, mientras fomenta el olvido de una reciente ola de terror supremacista que genera ahora mismo graves consecuencias políticas (y repito: por felonía del PSOE). Vale la pena leer estas memorias, porque si olvidamos todo este espanto, estaremos haciendo una imperdonable injusticia a las víctimas y un daño enorme al futuro de España, esa que ellos quieren convertir en Ex-España.

Por último, confieso que, tras leer el libro, quedó flotando en mi cabeza una insidiosa pregunta: ¿Habríamos llegado al deterioro político que vivimos, al nuevo Frente Popular que encabeza Sánchez, si el cuaderno azul de Aznar se hubiese abierto en su día por el nombre de Jaime en lugar de por el de Mariano?

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