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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Catedrales del despilfarro

Es un fenómeno que se repite por toda España: edificios públicos colosales y superfluos pagados a deuda en un país donde nos abrasan a impuestos

He tenido que viajar a Santiago, una de las ciudades más evocadoras de España, que nunca deja de hipnotizarte por mucho que repitas. Llegué el miércoles y concurrían dos circunstancias felices: lucía el sol en un cielo raso –aunque el espejismo solo duró unas horas– y había muy pocos turistas. Pude visitar prácticamente solo el impresionante Museo de la Catedral, donde hay desde tumbas de reyes medievales, como Fernando II y Alfonso IX, hasta tapices de Goya o el gallardete de la nao capitana de Lepanto. También recorrí sin un alma el museo diocesano de San Martín Pinario, cuya iglesia te deja boquiabierto.

La tranquilidad continuaba a primera hora del jueves, en un amanecer ya con orvallo, pero todavía sin guiris. Muchas catedrales españolas se han convertido en una especie de museos/cajas registradoras, donde la taquilla, los guardias de seguridad y los selfis van comiendo terreno a la espiritualidad. Pero no era el caso en la de Santiago. El templo estaba abierto a los fieles para lo que fue construido: para rezar. Pude asistir a misa en una capilla de la nave central, abrazar al Apóstol, de nuevo más solo que la una, y sentir la calma perpetua de la Corticela, que data del siglo IX, porque somos un país viejo, con raíces profundas.

Y aquí concluyo mi comentario sobre la catedral del enigmático Maestro Mateo para pasar a otros dos llamativos templos compostelanos, en este caso, laicos. Se trata de dos monumentales catedrales del despilfarro: la nueva terminal del aeropuerto de Lavacolla y la Ciudad de la Cultura del Monte Gaiás.

Santiago tiene cien mil habitantes, la mitad que Móstoles, y su aeropuerto contaba con una terminal de 19.000 metros cuadrados, por la que llegó dos veces el formidable Juan Pablo II a Compostela y que bastaba para las necesidades de sus vuelos. Pero en 2007, el año en que comenzó la crisis subprime, el atolondrado Zapatero y sus ministros todavía creían que vivíamos en la era del crecimiento perpetuo y que la pasta crecía en los melocotoneros. Así que la titular de Fomento, Magdalena Álvarez (luego premiada con un chollazo europeo en el BEI, condenada por los ERE e indultada por el lamentable Pumpido), aprobó la construcción en Lavacolla de una nueva terminal. Ocuparía la friolera de 74.000 metros cuadrados, casi cuatro veces más que la anterior, y costaría 126 millones. El invento acabó yéndose a 230 millones y fue inaugurado en 2011 por el nuevo ministro, José Blanco, que en plan épico habló de «una puerta al futuro que conectará Galicia con el mundo». La idea era que recibiese muy pronto cuatro millones de pasajeros anuales.

¿Y qué ha pasado? Pues que quince años después sobra Pepiño Terminal por todas partes. El aeropuerto tiene tres millones de pasajeros, y con tendencia a la baja. Al llegar percibes al instante que aquello es totalmente desproporcionado: techos innecesariamente altísimos, acristalamiento suntuoso, espacios vacíos por todas partes… Un dispendio innecesario. ¿Y qué pasó con la vieja terminal? ¿Qué han hecho con ella? Nada: basura, cristales rotos… En estos 14 años de absoluto abandono hasta ha criado zarzales.

La otra catedral del dispendio de Santiago es la Ciudad de la Cultura del Monte Gaiás, el seudomausoleo de Manuel Fraga, una insensatez de ¡141.000 metros cuadrados! que acabó costando 470 millones de dinero público. ¿Para qué? Realmente para nada. En 1999, Fraga decidió hacerse un autohomenaje, dejar su huella en la historia, y encargó su particular pirámide de Keops a un arquitecto experimental neoyorquino, Peter Eisenman. En contra de la lógica más elemental, no se pensó primero en el objeto del edificio. Se hizo al revés, se ideó un continente sin pensar en el contenido. El resultado es un fracaso, entre otras cosas porque cae a desmano del casco histórico, que es lo que atrae a los visitantes. El Gobierno gallego lo ha ido rellenando como ha podido y de vez en cuando publica informes triunfalistas de lo bien que va. Pero basta con darse un paseo invernal por allí para captar un sinsentido en todo su esplendor. Si mañana cerrasen, nadie lo echaría de menos.

Cuento ambos dispendios porque por desgracia estamos ante una práctica que se ha repetido por toda España, agravada además por los reyezuelos de las taifas autonómicas. Se dilapida a lo loco el dinero de todos en un país cuya deuda pública está ya en casi 39.000 euros por cabeza. Nos abrasan a impuestos mientras se mantienen museos snobs de turra ideológica, televisiones autonómicas, chiringuitos consultivos, fundaciones para colocar a peña del partido, empresas públicas improductivas y deficitarias, humoristas de cámara del líder supremo, coches oficiales a tropel, un instituto de encuestas y otro de meteorología en cada región, legiones de nuevos funcionarios para disfrazar los datos del paro y dopar la economía, bonos culturales para que los chavales se vayan de copas...

Subo a un autobús en Santiago, donde gobierna por cortesía del PSOE el pleistocénico Bloque Nacionalista, a pesar de perder las elecciones por goleada. Un anuncio en gallego del ayuntamiento (concello) alardea en el bus de «cinco actuaciones para una Compostela adaptada al cambio climático». Como me dice a veces mi mujer, «nos estamos volviendo tan tontos que cualquier día nos vamos a extinguir».

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