Ellos no habrían existido
Si las madres de los que han apoyado el aborto como «derecho» constitucional lo hubiesen ejercido, a ellos los habrían matado antes de nacer, así de sencillo
Me cuesta entender —e incluso me molesta— que tantas personas «normales», de apariencia cabal, buena gente, no sean capaces de asumir la sencilla evidencia de que un aborto es una barbaridad inadmisible. ¿Qué puede llevar a alguien a sostener que matar a una criatura indefensa está bien bajo el argumento de que la libertad de la madre está por encima de cualquier otra consideración?
Los integrantes del Consejo de Estado han votado, con la notable oposición de algunas personas con conciencia, a favor de que el aborto sea reconocido como «derecho constitucional». El disparate que han cometido queda a la vista con esta simple observación: si las madres de estos consejeros que apoyan el aborto constitucionalizado hubiesen ejercido en su hora ese supuesto «derecho», ellos no habría existido, porque los habrían matado antes de nacer. Así de tremendo y así de sencillo. En eso consiste el aborto, en matar en el seno de la madre a una criatura inocente, un hecho tan cruel que sus propios promotores optan por el ridículo eufemismo de «interrupción voluntaria del embarazo», como si lo interrumpido, la vida del nasciturus, pudiese reanudarse como un electrodoméstico que se apaga un momento.
En este mundo de la corrección política queda proscrito además enunciar una verdad prohibida: en la inmensa mayoría de los casos, el móvil real de los abortos es simplemente el «ahora no me viene bien un niño». Es decir, se sacrifica a la criatura en el altar de la comodidad. En España el año pasado fueron 106.172 vidas segadas. Y el Gobierno, que en lacerante sarcasmo se hace llamar «progresista», trabaja a destajo para que sean más, mientras el autócrata que nos gobierna celebra como un hito el paso del Consejo de Estado para blindar en la Constitución la eliminación de seres humanos.
Lo he escrito muchas veces y lo repito aun a riesgo de resultar un plomo: si tengo la suerte de disfrutar de una vida larga, estoy seguro de que veré llegar el día en que la humanidad observará espantada que hubo un tiempo no lejano en el que el aborto era visto como algo aceptable, incluso como un «derecho». Sucederá como con la esclavitud: hoy nos asombra que hubo un tiempo en que fue aceptada en Occidente, incluso a veces por personas eminentes y admiradas (por ejemplo, Thomas Jefferson tuvo 600 esclavos a lo largo de su vida).
La batalla por la vida debe ser siempre la primera, pues es la base de todo, y resulta decepcionante que los dos partidos de la derecha –y algunos obispos demasiado politizados– no hayan salido en tromba a decir con energía y bien alto que ellos jamás aceptarán el aborto en la Constitución, que batallarán donde sea para evitarlo.
A día de hoy, a Sánchez no le salen las cuentas parlamentarias para culminar esta afrenta al puro sentido común (el debate va más allá de la religión, ya que cualquiera que vea la ecografía de un feto, con el nivel de detalle actual, entiende en conciencia que no se puede matar a esa criatura). Pero no cabe confiarse, porque aunque el presidente está de salida y carece de apoyos, hemos visto ya alardes de trilerismo legislativo que hacen temer cualquier coladera.
España necesita sacudirse esta deprimente subcultura de la muerte. El rodillo «progresista» trata a los más indefensos –el nasciturus y los ancianos– como desechos que pueden ser exterminados con un aspirador en un abortorio, o con una aguja eutanásica, que aplica la sanidad pública y se vende como compasión, cuando supone un atajo inhumano para desentenderse de la opción del amor, los cuidados paliativos y el acompañamiento al que sufre.
Habrá quien encuentre este texto demasiado duro. No. Lo duro, lo injustificable, es matar a los indefensos. Una sociedad que lo admite, y hasta lo consagra como «derecho», tiene dentro el virus de una enfermedad moral que, si no se cura, acabará con ella.