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Vidas ejemplaresLuis Ventoso

Nuestra viceboutique tira la toalla

En efecto, Yolanda Díaz era lo que parecía, un globo de gas que solo dejará un recuerdo: su osadía a la hora de manipular los datos del paro

Camaradas y camarados, qué tristeza, qué desolación. He dejado por un momento el clínex que enjuaga mis lacrimales humedecidos para intentar escribir estas emocionadas líneas. Y es que Yolanda Díaz Pérez, nuestra viceboutique, ha anunciado a sus 54 años que ingresa en la cuneta donde yacen aparcadas otros globos de gas de la política española. Pronto acompañará a grandes promesas fallidas, como Pablo Manuel Iglesias, hoy tertuliano, tabernero y consorte de eurodiputada; Sorayita, a la que le tomó el pelo Junqueras y que ahora es abogada en un bufete de campanillas catalán; o el habilidoso orador Albert Rivera, hoy consultor, profesor ocasional y a veces secundario en la prensa rosa.

Yolanda anuncia que no se presentará como candidata a las próximas generales. «Es una decisión muy meditada», nos explica, aunque en realidad atiende al clásico «me voy antes de que me echen», pues la cofradía del comunismo populista se había hartado de ella.

Por supuesto la retirada será a cámara lenta y con paracaídas. No se marcha a su casa tras pinchar electoralmente, sino que anuncia que seguirá trabajando para «la gente» mientras dure Sánchez. Normal. ¿Cómo renunciar al sueldo de 104.000 euros, a los garbeos en el Falcón, a la dacha de 445 metros cuadrados gratis en la Castellana, mientras «la gente» suda tinta para disponer de un cuchitril en Madrid? ¿Cómo renunciar a las giras internacionales con el pretexto de actos nimios, a veces con su hija Carmeliña de paquete en la comitiva oficial?

«Siempre tuve muchas reticencias a la hora de ser candidata», cuanta en su carta una política que ha sido epítome del trepismo, que en su ascenso cocinó más intrigas puñaleras que el pérfido Yago en Otelo. Estamos ante la abogada laboralista de Fene, luego teniente de alcalde en Ferrol, que primero se la clavó a Beiras y luego a los pipiolos del rancho de Galapagar. Se dejaron engatusar por sus risas falsarias y sus manoseos afectuosos, hasta el extremo de que Iglesias Turrión la designó su heredera en un rapto de miopía galopante. Estamos ante la política que fundó el partido más cursi de la historia de la izquierda española –o plurinacional, que diría ella–, el movimiento Sumar, que no era más que un invento al servicio de su ego.

Enfila Yolanda el inicio de la ruta hacia la irrelevancia y poco quedará de ella en el recuerdo, acaso su osadía a la hora de manipular los datos del paro, o su intento de encubrir a un pederasta que trabajaba con ella en Izquierda Unida en Ferrol. También su obsesión por la guardarropía inagotable y su ingeniosa reinvención estética tras aterrizar en Madrid. «La revolución empieza en la boutique», tal podría haber sido su lema.

Asistimos a la descomposición del sanchismo, pues al fin y al cabo Yolanda era la líder del partido que forma la coalición de Gobierno con el PSOE. Si la persona que montó Sumar a la medida de su ombligo anuncia su salida, lo lógico sería suspender ya la coalición, pues en puridad su partido ya no tiene sentido alguno. No lo veremos. Seguirán atornillados al poder hasta el último estertor de la legislatura. El gran líder, porque es su mejor blindaje ante el fúnebre horizonte judicial de su familia y su partido. Ella, porque no se ha visto en otra igual.

Aquí no hay clase ni para largarse. ¿Próxima parada de la vicepresidenta tercera? Tertuliana fogosa en cadenas de salseo.

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