Los valientes indios cheroquis
El bípedo excremento del odio es llamado por sus acólitos y palmeros con el alias de txeroki (la minúscula es voluntaria), en forzada y ridícula conversión escrita del nombre de la tribu legendaria, contraviniendo así una más que elemental norma de la sinonimia. Es como llamar a Mahatma Gandhi, Jack El Destripador
Los cheroquis (en español) o cherokees (en inglés) son un pueblo indígena del sureste de los Estados Unidos de Norteamérica famosos por su arrojo y valentía. Esto lo sabe todo el mundo como cualquiera sabe también que esta tribu, junto a siux, pies negros, comanches, apaches y navajos, protagonizaron en la infancia y juventud de quienes ya llevamos en esto de vivir unas cuantas décadas (quiero pensar que en los jóvenes también), momentos imborrables y felicísimos de nuestra memoria. Los cientos de películas, revistas y novelas de vaqueros e indios de las tribus aludidas tenían, como denominador común, dos particularidades invariables; su valentía y coraje sin par y las plumas de águila adornando las cabezas de sus caras pintadas. La segunda no es meritoria, es simpática, y hoy vemos a diario abundante personal con accesorios mucho más extravagantes y ni los miramos. La primera, la valentía de los cheroquis, eran para nosotros palabras mayores. Los cheroquis, con un arco y cuatro flechas o con un simple tomahawk (hacha indio, para los no iniciados) se atrevían, de cara y a pecho descubierto, contra el séptimo de caballería, el general Custer y colonos a miles, sin despeinarse, y no retrocedían ni para coger carrerilla.
Los cheroquis siempre fueron respetados por su gallardía, arrojo y valentía, hasta por los cabrones de soldados americanos que los mataban como a perros. Un cheroqui, en nuestro imaginario, era y es un guerrero valiente que siempre de cara, sin miedo y con un par, defendía su causa a puerta gayola aun siendo conocedor de su muy probable muerte. Sin inmutarse.
Solo así arrancaba cabelleras, poniendo su vida en juego y dándole cara a la muerte. Por eso les admirábamos, respetábamos y dejábamos entrar en nuestros sueños infantiles. El asalto feroz de los cheroquis no tenía parangón. Daba gloria verlos.
Estos días pasados, la patética y cobarde (in) justicia del Gobierno vasco, en vergonzosa complicidad con el paupérrimo y miserable Gobierno de España que nos vilipendia con denodado afán, ha decidido atenuar la pena de uno de los más viles y miserables criminales contemporáneos, terrorista cobarde y sanguinario, dándole un humillante trato de favor, denigrando con ello a miles de familias heridas en su alma de por vida, por los pútridos actos del sicópata asesino y sus secuaces.
El bípedo excremento del odio es llamado por sus acólitos y palmeros con el alias de txeroki (la minúscula es voluntaria), en forzada y ridícula conversión escrita del nombre de la tribu legendaria, contraviniendo así una más que elemental norma de la sinonimia; el rigor comparativo del léxico. Es como llamar a Mahatma Gandhi, Jack El Destripador. Como queda dicho, los cheroquis eran la valentía y, por lo tanto, respetados por definición, mientras que este humanoide asesino, no le llega al tobillo al más desaguerrido y vergonzante nativo de tribu alguna que en el mundo habite. Un poco de respeto a los héroes reales. ¿qué cheroqui ni qué cheroqui? Careciendo de dignidad, vergüenza y gallardía, tenga al menos el pudor, él y los suyos, de apodarle con rigor y justicia; hágase llamar serpiente o cucaracha pero no cheroqui. ¡Un vil carnicero que mata por la espalda y huye después como rata por cloaca, queriéndose comparar con un cheroqui! Un respeto a los indios. Hágase llamar piltrafa y va que chuta.
- Rafael Lopez-Alonso Santibáñez es empresario