El Partido Comunista Chino (PCCh): el gigante invisible y cada vez más próximo
Ante la creciente proximidad de China, callada e invisible, también inquietante, creo necesario aumentar nuestro conocimiento e interés por ella –y ella es en gran medida su Partido– para entender, entre otras muchas cosas, las opacas relaciones de un expresidente nuestro y las crecientes del Ejecutivo actual
Los últimos y graves indicios de la conexión de las tramas del expresidente Zapatero con China, vía Huawei y petróleo de Venezuela, junto con los frecuentes viajes a Pekín tanto de él como del presidente actual, nos enseñan una urgente lección: queramos o no, la Administración china y su emporio empresarial anexo están más cerca de nosotros de lo que nos resistimos a aceptar, y muestra el alto grado de penetración del lobby chino de acuerdo con los intereses geopolíticos del gigante asiático. Detrás del cual se encuentra un partido que posee millones de células y organizaciones de base integradas directamente en el gobierno, las empresas (estatales y privadas), instituciones educativas y comunidades.
Pero esta creciente «proximidad influyente» de China entre nosotros contrasta con la ignorancia extendida que tenemos sobre el PCCh omnímodo que desde 1947 sostiene su gobernanza con una estimación de entre 95-100 millones de miembros, lo que le hace el segundo partido más grande del mundo, tras el BJP de la India. Este no-saber no es casual: una de las características del PCCh –a diferencia del antiguo PCUS soviético, y de los viejos partidos comunistas cubano y europeos– es no ser vocinglero, sino preferir el silencio callado acorde con la milenaria máxima de Confucio: «El silencio es un verdadero amigo que jamás traiciona.»
Al tradicional hermetismo secular chino, el Partido añade desde su constitución el concepto de 'opacidad dirigida' (dìngxiàng bù tòumíng), mediante el cual el régimen de Pekín administra el flujo de información, restringiendo datos económicos, sociales y políticos clave para blindar su estabilidad, preservar la seguridad nacional y evitar el escrutinio internacional. Esa opacidad así definida se extiende a sus relaciones exteriores, que teje pacientemente siguiendo la inveterada tradición del guanxi –«red de contactos» sería una traducción imperfecta–, sin la cual no podemos entender los pilares sociales, comerciales y profesionales en los que descansa China. A semejanza del longevo mandarinato, la estructura interna y externa del PCCh resulta una gigantesca malla de conexiones basadas en el beneficio mutuo y la reciprocidad, que precisa del hermetismo. En este contexto de un guanxi donde lo empresarial y político se entremezclan como el yin y el yang, China parte de una gran ventaja asimétrica: al ser la «fábrica del mundo», dispone de una información y conocimiento formidables de los países de destino de sus bienes y productos, tales como hábitos y preferencias de consumo, red logística, salud financiera, estructura social y económica… Exportar es para China «acumular conocimiento ajeno» y cada año importamos de ella más de 50.000 millones de euros: el régimen chino nos conoce muy bien y las cúpulas del PSOE emergen como los «puentes necesarios» donde trasiega el tráfico mutuo de favores (renqing) inherente al sofisticado guanxi tejido desde Pekín. Dada la extensión de la penetración china en nuestro país —ante el enojo de EE.UU. y la preocupación de la UE—, hará bien nuestro poder judicial en ampliar su formación y puesta al día respecto al alcance y significados del binomio guanxi-renqing, relaciones y favores, cuya intrincada maraña comienza ahora en sede judicial con el caso Rodríguez Zapatero.
Otra peculiaridad desconocida del PCCh es la selección y promoción en su gigantesca estructura de los mejores perfiles. La meritocracia política (rèn rén wéi xián), de origen también confuciano, con su creencia en la necesidad de las mejores élites para un correcto gobierno, diferencia sustancialmente al partido chino de aquellos otros de nuestras democracias occidentales, especialmente los de nuestro país. La selección comienza tempranamente a través de los Jóvenes Pioneros de China, que aglutina a 130 millones de niños. Posteriormente, el examen de entrada en la burocracia del Partido (secreto en sus contenidos) rememora en su dificultad y extrema dureza el legendario keju –el examen imperial– que desde el siglo VI regulaba el acceso mediante ardua oposición a las élites mandarinas del Estado. Se cuenta que el propio Jinping suspendió 7 veces su prueba de ingreso. Una vez pasada esa criba selecta, cada funcionario político inicia un itinerario profesional por diversos cargos en distintas ciudades del país, sometido a una exigente evaluación del desempeño basada en objetivos con KPIs. Algo ciertamente impensable en los sistemas de cooptación de nuestras formaciones políticas. Esta selección interna del PCCh garantiza una idoneidad meritocrática que hace que los miembros de la cúpula del Partido –compuesta por el Buró Político (27 miembros) y el Comité Permanente (7 miembros)– se encuentren entre el 0,7 % de los perfiles mejor formados y con mejores competencias de toda la población del país, 1.400 millones. Haríamos bien en no menospreciar el capital de inteligencia selectiva que tiene acumulado el Partido entre sus millones de miembros.
Ante la creciente proximidad de China, callada e invisible, también inquietante, creo necesario aumentar nuestro conocimiento e interés por ella –y ella es en gran medida su Partido– para entender, entre otras muchas cosas, las opacas relaciones de un expresidente nuestro y las crecientes del Ejecutivo actual.
- Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Gestión Internacional. Universidad de Alcalá de Henares