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en primera líneaIgnacio García de Leániz

Tres años ya...

Esta postura nada fácil de Benedicto XVI, ni integrista ni progresista, le hacía dar testimonio del alto precio de desgaste que hay que pagar por pensar –y andar– en verdad, también en el interior de la propia Iglesia

Tres años, sí, de la muerte de Benedicto XVI a las 9:34 del 31 de diciembre de 2022, ya con 95 años, en su residencia del monasterio Mater Ecclesiae, intramuros del Vaticano. Tal día como hoy que se celebra San Silvestre, aquel otro Papa cuando Costantino que murió en el año 335, siendo el primero que no fue mártir. Tampoco lo fue en apariencia nuestro Benedicto, aunque la verdad de la que se declaraba cooperante en su lema episcopal, le hizo mártir espiritual en un mundo usurpado por la mentira, aquella «mentira universal» que percibió Kafka en sus pesadillas. La misma hoy institucionalizada en nuestro asolado –y desolado– país, cuyas demoledoras consecuencias comprobamos en este año que termina con una amarga lección: sin la «pretensión de verdad» y veracidad la vida personal y política se hacen invivibles.

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Tampoco, como el escritor de Praga, Benedicto dormía bien, aquejado de insomnio crónico. Con noches negras en blanco que reflejaban el peso lacerante del mundo y de la Iglesia, y que trae pálida cuenta de aquel otro desvelo anterior en el Huerto. Su cuerpo era frágil y enfermizo desde hacía décadas, pero, paradójicamente, sus espaldas duras como el lomo del oso de san Corbiniano, aquel obispo antiquísimo de Frisinga predecesor suyo en la diócesis de Múnich-Frisinga. El mismo oso como animal de tiro que incorporó como recordatorio con su carga en su escudo arzobispal muniqués y luego en el de pontífice. Ratzinger tiraba así de la Iglesia – en una de las crisis más complejas de su historia– hasta caer extenuado en 2013 con su abdicación. Por eso fue tan injusto, frívolo e hiriente aquel artículo en El Mundo al poco de su renuncia en que se le acusaba de «traición a la Tradición» .

Una verdad que nos posee, no que poseemos como si fuera un objeto cualquiera, que Ratzinger la aplicaba al ser mismo de lo que la Iglesia era y debería ser. Una «verdad en movimiento» que se encarnaba en la novedad del Concilio, del que fue uno de sus jóvenes promotores y luminarias, que marcaba distancias con la tentación integrista que siempre acecha también al catolicismo. Por eso se esforzó en su pensamiento teológico y magisterial en distinguir cuidadosamente entre tradición y tradicionalismo, considerando la primera como una realidad viva, que permanece idéntica en su núcleo y, al mismo tiempo, se desarrolla históricamente. Pero también, en la época tan convulsa del postconcilio, la teología y eclesiología de Ratzinger se alejaban de los sostenidos embates contra la Tradición como fuente de la Revelación por parte de la tentación progresista. Resaltaba así la primacía de la verdad sobre la eficacia pastoral o política porque sabía muy bien por su experiencia personal del nazismo que como apuntaba Arendt –de la que conmemoramos cincuenta años de su muerte también este mes postrero–: «Cuando la verdad en la que se puede confiar desaparece por completo de la vida pública desaparece el principal 'factor estabilizador' en los siempre cambiantes asuntos humanos». Muerta, ella solo queda el reino del arbitrio donde «cualquier cosa» puede suceder, como experimentamos hoy en nuestra circunstancia nacional desajustada sin el «factor estabilizador».

Esta postura nada fácil de Benedicto XVI, ni integrista ni progresista, le hacía dar testimonio del alto precio de desgaste que hay que pagar por pensar –y andar– en verdad, también en el interior de la propia Iglesia. En este sentido, cabe hablar de que su cooperación con la verdad tuvo mucho de martirial y por eso mismo de profético: antes que la belleza, al mundo y la Iglesia le salvará la verdad –y no la mera técnica– si cooperamos con ella. Y abjuramos de la mentira en nuestras vidas por nimia que sea, como juró con su hermano un joven Julián Marías.

Cercano ya el proceso de beatificación de Joseph Ratzinger, que más pronto que tarde veremos abierto, sin duda este aspecto suyo de connivencia tan íntima con la verdad de donde provenía su sencillez y alegría bávara, será un aspecto fundamental en la indagación de su santidad. Mientras tanto, a los tres años hoy de su muerte podemos muy bien nutrirnos de una joya suya que la editorial Encuentro acaba de poner a nuestro alcance. Un ramillete de las homilías que daba siendo pontífice en su misa privada a un reducido número de personas. Su título de por sí es bien ratzingeriano: El Señor nos lleva de la mano. Homilías privadas. Y comprobar en su recomendable lectura, la hondura sencilla y bella del bien verdadero y callado, frente a la ruidosa banalidad del mal y su mentira tan arendtiana como extendida.

  • Ignacio García de Leániz Caprile es profesor de Gestión de Recursos Humanos en la Universidad de Alcalá de Henares
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