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en primera líneaCarlos de Urquijo

Y Estella liquidó Ermua

De aquella contestación ejemplar frente al terror no queda nada, ni en la sociedad ni menos aún en la vida política. Aquella ola que amenazó con llevarse por delante a ETA y sus fuerzas auxiliares, apenas duró unas semanas, las que tardó un sorprendido PNV en analizar equivocadamente aquel fenómeno social

Hace un par de semanas recordábamos el secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, cometido hace veintinueve años por la banda terrorista ETA, como respuesta a la liberación de José Antonio Ortega Lara por la Guardia Civil. En los días siguientes al crimen todos los medios de comunicación salvo «Egin», el diario de ETA, destacaron, junto al horror, la sacudida emocional que produjo el asesinato a cámara lenta en el conjunto de la sociedad española y de manera singular en el País Vasco. De la noche a la mañana, aunque por escaso tiempo, el miedo cambió de barrio: Manifestaciones contra la banda terrorista exigiendo la libertad de Miguel Ángel, el Lehendakari Ardanza denunciando públicamente a los cómplices políticos de ETA, sedes de Herri Batasuna rodeadas por ciudadanos señalando a los responsables del secuestro, ertzainas que, despojándose del verduguillo, abrazaban a los manifestantes… Había nacido «el espíritu de Ermua».

Y Estella liquidó Ermua

El Debate (asistido por IA)

En julio de 2026 cabe preguntarse qué fue de aquel tsunami de indignación y unidad democrática que socialmente puso a ETA contra las cuerdas. Si somos sinceros, la respuesta tiene que ser por fuerza decepcionante. De aquella contestación ejemplar frente al terror no queda nada, ni en la sociedad ni menos aún en la vida política. Aquella ola que amenazó con llevarse por delante a ETA y sus fuerzas auxiliares, apenas duró unas semanas, las que tardó un sorprendido PNV en analizar equivocadamente aquel fenómeno social. Los nacionalistas creyeron que el hartazgo de tantos años de violencia, además de a los que sacudían el árbol, se llevaría por delante a quienes recogían las nueces. ¿Y qué hizo entonces aquel atemorizado PNV? Pues aprovechar para salir corriendo de Ermua, donde no se encontraba nada cómodo, para enfilar el camino hacia Estella y unirse a ETA en búsqueda de la unidad independentista.

El «pacto de Estella», firmado el 12 de septiembre de 1998 y del que ETA colgó seis días después su tregua trampa, lejos de repudiar el terrorismo encuadraba la violencia en «un contencioso histórico de naturaleza política en el que se ven implicados el Estado español y el Estado francés», un contencioso cuya «resolución debe ser necesariamente política» y que «solo puede plasmarse a través de un proceso de diálogo y negociación sin exclusiones». Esto es básicamente lo que dice el acuerdo, nada para el Estado de derecho y todo para el acuerdo con los terroristas y la atención a sus reivindicaciones.

Así fue como en unos meses el espíritu de Ermua fue liquidado por la unidad nacionalista de Estella. Después de aquella traición del PNV, el PSOE, decidió hacer suyo el acuerdo. Nada más llegar Zapatero a la secretaría general del PSOE en julio de 2000, se encargó de allanar el camino para la negociación política con ETA, primero mediante conversaciones secretas a través de Jesús Eguiguren y después, ya desde el Gobierno, desactivando la acción del Estado de derecho contra la banda para convertirla en actor político. Basta recordar cómo a pesar de la ilegalización de HB-EH-Batasuna en marzo de 2003, permitió después a sus sucesores del PCTV y ANV concurrir a las elecciones autonómicas y municipales y en 2011 hacerlo de nuevo, con la ayuda del Tribunal Constitucional, a los ayuntamientos y a Cortes Generales a través de EH-Bildu y Amaiur. Esta vergüenza culminó con la «declaración de Ayete» el 17 de octubre de 2011, ahora ya con la anuencia sin complejo alguno del PSOE, percha que ETA utilizó tres días más tarde, a un mes de las elecciones generales, para anunciar el «final de su actividad armada».

Desde la moción de censura que en junio de 2018 llevó de nuevo al PSOE a la Moncloa, la traición iniciada por el PSOE de Zapatero ha sido perfeccionada por Pedro Sánchez hasta el punto de haber convertido a EH-Bildu, ETA en definitiva, en el socio más sólido y fiable de su Gobierno. Así ha terminado pues la esperanza que surgió en aquellos trágicos días de julio de 1997 y mucho me temo que, aunque Sánchez sea descabalgado del poder en las próximas elecciones generales, el desaguisado no tiene vuelta atrás. ETA ha conseguido su objetivo.

En la Europa y la España de hoy, la independencia no consiste en disponer de una frontera, una moneda o un ejército, eso no es viable ni rentable. En nuestro caso la independencia consiste en que España salga del País Vasco y no al revés, y tristemente hay que reconocer que, con la acción combinada, primero del terror, y después con la colonización de la educación, la administración, los medios de comunicación y de la vida pública en general, han conseguido el objetivo. Este resultado no ha sido casual sino fruto de su tenacidad y de la indiferencia de quien debió ponerles freno. ¿Será capaz un próximo gobierno PP-Vox de establecer un plan para revertir esta situación con el valor, la inteligencia y la constancia que el reto requiere? Lo dudo, pero ojalá.

  • Carlos de Urquijo fue delegado del Gobierno en el País Vasco
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