Curas
Han aflorado legiones de anónimos religiosos ejemplares entregados a causas impensables para sociedades ombliguistas como la nuestra, en los que estremece comprobar su absoluto desprendimiento. Auténticos ángeles dedicados al prójimo, metidos arteramente en el mismo saco pestilente de la insignificante minoría que ha podido no hacer lo que corresponde
Montgomery es un pueblecito de Virginia Occidental, a una media hora de la capital del Estado, Charleston. Allí recaló el pasado siglo un ginecólogo sevillano de cuna modesta, persiguiendo mejor porvenir. En las orillas del Kanawha sentarían sus reales los González López de Lemus, antes de nacerles un chiquillo larguirucho y espabilado, con salero andaluz y acento yanqui. Con los años, a aquel chaval le picaría el mismo gusanillo que a su padre, ya de vuelta a España. Aunque le tiraba más la cirugía, en edad madura se le volverían a cruzar en el camino las suturas, pero del alma, tras conocer en persona a un clérigo venerable. De mayor quería ser como él. Ayudó a su progenitor en el quirófano todo lo que pudo hasta que su otra vocación lo hizo incompatible. Al tomar los hábitos, fue destinado a Kenia a formar a jóvenes que no tenían nada de lo de cualquier muchacho norteamericano o español. En el Cuerno de África gastaría década y media larga de labor misionera, donde viviría tragedias que todavía recuerda. Aún le sorprende que en Occidente se dispensen a las mascotas cuidados a los que no llegan ni por asomo aquellos menesterosos que malviven en tantísimas zonas del negro continente
A su regreso de la tierra de los suajilis recorrería la piel de toro enseñando a la juventud el mensaje cristiano. Y ahora lo hace en la parroquia de una capital castellana donde abundan los ancianos, y en el que las ceremonias fúnebres son lo más habitual. Sigue añorando el contacto con los chavales, pero asume lo que le toca hacer, porque lo de don Manuel es servir donde se considera necesario. Le gusta asomarse a las redes sociales con contenidos sobre lo suyo, en los que no solo cosecha aplausos, sino en ocasiones ácidas diatribas de aquellos que consideran que ese espacio está vedado para los que no hablan las puñeterías al uso.
Nos hemos vuelto a ver después de algún tiempo. Continúa vistiendo como un cura, no como un tipo que se va al bar a tomar unas copas. Y te sigue hablando con naturalidad y profundidad de Dios y del más allá, del cielo, del purgatorio y del infierno, o de los santos, en lugar de darte la tabarra sobre la inteligencia artificial, el cambio climático, el equilibrio norte-sur o vaya usted a saber qué. Le llaman por teléfono mientras hablamos amigos que tiene desperdigados por el planeta, a los que contesta en un inglés americano con simpático toque hispalense. Y aborda sin tapujos los desafíos a los que se enfrenta su generación y las venideras, entre los que apunta la tibieza espiritual, aunque hayan proliferado movimientos con más apariencia (y música) que esencia.
¿Qué tienen estas buenas gentes para estar hechos de esa pasta tan formidable?, me pregunto cuando me despido de ellos. Ni que decir tiene que la respuesta es complicado encontrarla a través de cualquier cálculo humano, porque siempre les detecto un no sé qué que soy incapaz de descubrir en otros, por más que reúnan virtudes y calidades excepcionales.
Ese no sé qué acaso haya que buscarlo en ese misterio que les cautivó en su día y al que decidieron encarrilar sus existencias contra viento y marea. Y la mayor parte de las veces alejados del faro materialista que ilumina hoy los mares humanos.
La visita pastoral de León XIV ha sacado a la luz incontables biografías como la que hoy nos ocupa. Y también de prelados admirables e impecables, como los Rouco, Sanz Montes, Martínez Camino o Carrasco, entre tantos otros. Han aflorado legiones de anónimos religiosos ejemplares entregados a causas impensables para sociedades ombliguistas como la nuestra, en los que estremece comprobar su absoluto desprendimiento. Auténticos ángeles dedicados al prójimo, metidos arteramente en el mismo saco pestilente de la insignificante minoría que ha podido no hacer lo que corresponde. Podemos estar bien orgullosos de esos infinitos sacerdotes bondadosos que atienden misiones o iglesias diseminadas por la geografía rural o urbana, desplegando una generosísima labor moral y social en los rincones más remotos y olvidados.
Ni es justo ni presentable ocultar esta verdad. Los curas merecen todo nuestro reconocimiento, por estar ahí siempre. Como don Manuel.
- Javier Junceda es jurista y escritor