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En primera líneaJosé María Arias Pou

Un voto no es un cheque en blanco

Confiar en alguien siempre significa poner una parte de nuestra vida en sus manos

Lo curioso es que esa sensación aparece mucho antes de que alguien empiece a hacer su trabajo. Empieza en esos pequeños detalles: en la forma en que te reciben, en cómo te escuchan y en la seguridad con la que te explican lo que van a hacer. No hace falta que nadie diga «tranquilo». Hay personas que consiguen transmitirlo mucho antes y es entonces cuando, casi sin darte cuenta, bajas la guardia y empiezas a confiar.

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El Debate (Asistido por IA)

Nos pasa cuando vamos al médico, cuando dejamos el coche en el taller o cuando acudimos a un abogado para que nos resuelva un problema importante. No esperamos que sean perfectos. Sabemos que pueden equivocarse. Aun así, confiamos porque creemos que, si algo sale mal, intentarán arreglar el daño y, si no pueden hacerlo, se harán cargo de las consecuencias.

Y por eso hay algo que cada vez entiendo menos.

Cuando hablamos de política, esa lógica parece desaparecer.

Porque aquí no delegamos únicamente confianza. Delegamos poder. Y eso debería elevar la exigencia, no rebajarla.

Durante mi paso por la facultad de Derecho había un profesor que hacía siempre la misma pregunta:

«¿Cuál creéis que es el sistema político perfecto?»

La pregunta parecía sencilla.

Siempre había alguien que levantaba la mano enseguida, convencido de tener la respuesta. Contestaba, daba sus argumentos y el profesor, sonriendo, hacía otra pregunta. Después otra. Y luego otra más. Al cabo de unos minutos ya nos mirábamos unos a otros con una mezcla de incertidumbre y risa nerviosa, pensando: «¿Pero qué es lo que quiere?».

Todos dábamos por hecho que quería que defendiéramos un sistema frente a los demás.

Con los años entendí lo que pretendía con aquella pregunta.

Se trataba de entender que cualquier sistema vale lo que valen las personas que lo sostienen.

Pero también que ningún sistema debería depender únicamente de la virtud de quienes llegan al poder. Precisamente porque las personas pueden fallar, el poder necesita límites, controles y consecuencias.

Por eso hay una frase que cada vez soporto menos.

«Ya, pero los otros…».

Cada vez que la oigo me revuelve y me da vergüenza ajena.

Me recuerda a cuando dos niños pequeños la lían y un adulto les pide explicaciones. Los dos levantan el dedo para señalar al otro. En cualquier otro ámbito nos parecería absurdo. Imagínate que llamas a un fontanero porque una reparación que te hizo hace unos días vuelve a dar problemas. En lugar de hacerse cargo, empieza a excusarse. Que si el problema venía de antes. Que si la culpa era de la instalación.

¿Acaso eso cambia algo?

Nada. La avería sigue ahí. Y su responsabilidad también.

Las explicaciones se dan antes. Después solo quedan excusas.

¿Desde cuándo lo que hace otro sirve de excusa para lo que has hecho tú?

Lo que de verdad me avergüenza no es escucharlo. Es comprobar que ya casi nadie se sorprende al escucharlo. Lo más triste es comprobar que quienes recibieron nuestro voto también se esconden detrás del «y tú más».

Si lo pensamos un momento, nadie deposita su confianza en otra persona porque crea que nunca se va a equivocar. Eso no ocurre en ningún ámbito de la vida. Entonces, ¿qué esperamos realmente cuando confiamos en alguien? Esperamos algo mucho más sencillo: que, cuando inevitablemente llegue el error, responda como corresponde.

Y precisamente por eso, a quienes han pedido la confianza de millones de personas deberíamos exigirles todavía mucho más.

Ahí es donde, de verdad, una persona demuestra quién es.

Que alguien deposite su confianza en ti no demuestra quién eres; te da la oportunidad de demostrarlo.

Un voto no es un cheque en blanco. Es un acto de confianza.

Y, si no es para responder por ella, ¿para qué sirve entonces?

Te entrego mi confianza para que sirvas, no para que te sirvas de ella.

José María Arias Pou es licenciado en Derecho y en Odontología
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