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En primera líneaJosé María Arias Pou

No es el sistema: es la renuncia que elegimos

La resignación rara vez se presenta como una renuncia abierta. Suele aparecer de forma serena, incluso razonable. Nos permite seguir adelante sin incomodarnos demasiado ni preguntarnos si lo que ocurre merece realmente nuestra aceptación

«¿Qué le vamos a hacer?

Es lo que hay.»

La frase suena lógica. Suena adulta. Suena razonable. Pero casi siempre es algo más que una simple constatación: es una forma discreta de evitar la pregunta incómoda sobre nuestra propia responsabilidad.

La resignación rara vez se presenta como una renuncia abierta. Suele aparecer de forma serena, incluso razonable. Nos permite seguir adelante sin incomodarnos demasiado ni preguntarnos si lo que ocurre merece realmente nuestra aceptación.

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El Debate (asistido por IA)

A veces incluso se presenta como una forma de lucidez: una manera de demostrar que entendemos cómo funcionan las cosas. Pero esa aparente lucidez puede esconder algo más sencillo y más humano: la decisión de no implicarnos demasiado en aquello que criticamos.

Muchas veces no es el sistema lo que falla, sino la facilidad con la que renunciamos a ejercer la parte que nos corresponde.

En la vida pública ocurre constantemente: señalamos el sistema, las instituciones o a quienes toman decisiones, pero rara vez nos detenemos a preguntarnos qué papel estamos jugando nosotros.

Por qué aceptamos lo que criticamos.

Por qué callamos cuando algo no funciona.

O por qué preferimos seguir donde estamos antes que intentar cambiarlo.

Es cierto que las sociedades no funcionan siempre de forma justa. Existen estructuras rígidas, inercias difíciles de cambiar, abusos de poder e incompetencias que terminan afectando a la vida de muchas personas.

Muchas decisiones se toman lejos de quienes después soportan sus consecuencias.

Pero la renuncia ocurre en otro lugar. No está en las instituciones ni en esas estructuras a las que solemos atribuirlo todo. Está mucho más cerca: en la pequeña decisión cotidiana de no implicarnos demasiado cuando algo no funciona.

Criticar el sistema resulta mucho más sencillo que preguntarse qué estamos tolerando nosotros. Y por qué seguimos tolerándolo.

Preferimos señalar el problema antes que revisar nuestra propia actitud. Antes que preguntarnos si estamos viviendo de acuerdo con aquello que decimos defender.

Toda estructura necesita fundamentos. Son los principios que sostienen su estabilidad, su orden y su continuidad. Cuando esos fundamentos se debilitan en la conducta de las personas, el sistema termina reflejando ese mismo deterioro.

Lo difícil no es proclamarlos, sino vivir de acuerdo con ellos.

Y vivir de acuerdo con ellos tiene un coste. Siempre lo ha tenido.

Perder comodidad.

Perder la tranquilidad de no cuestionarnos demasiado.

Perder el refugio de culpar siempre a otros.

Por eso resulta tan fácil refugiarse en la indignación. Nos permite señalar el problema sin obligarnos a asumir la parte que también nos corresponde.

La indignación tiene algo seductor: permite sentir que estamos del lado correcto sin exigirnos demasiado.

Esa crítica al sistema puede convertirse así en un gesto moral rápido que termina funcionando como excusa para no modificar realmente nuestra forma de actuar.

La coherencia exige constancia y rara vez ofrece resultados inmediatos.

Las sociedades no cambian solo cuando cambian los nombres o los discursos.

Cambian cuando aumenta el nivel de exigencia de los ciudadanos que viven en ellas.

Las estructuras pueden organizarse de forma impersonal. Las instituciones, las normas y los sistemas muchas veces no tienen rostro.

La responsabilidad, en cambio, siempre tiene nombre.

Tiene el nombre de cada uno cuando actúa como padre, cuando cumple con su trabajo como profesional, cuando ejerce su papel como ciudadano o cuando contribuye a que la comunidad en la que vive funcione mejor.

Tal vez por eso resulte más cómodo seguir repitiendo que el problema es el sistema antes que reconocer que, muchas veces, también es la renuncia que elegimos.

  • José María Arias Pou es licenciado en Derecho y en Odontología
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