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La Cuesta del Cielo

Bien lo sabía Claudel. La fe impone cosas distintas a hacerse lapidar entre infieles o besar a un leproso en la boca. También se cumple un mandato divino «permaneciendo en nuestro puesto o subiendo hasta lo más alto». Aunque a veces uno se quede en la antesala misma de la cima

«Aquí se convirtió Paul Claudel». Así reza, nunca mejor dicho, una placa en el suelo de Notre Dame. Testimonia el lugar exacto donde el poeta francés encajó su definitivo golpe de gracia. Era la Nochebuena de 1886 y, en la celebración de las Vísperas, la recitación del Magnificat le arrebató de un modo que llegó a dominar toda su vida: «Mi corazón se conmovió y creí». Al salir de la catedral, se llevó puesta una fe permanente, forjada en el instante fugaz en que probó «el sentimiento desgarrador de la inocencia, de la eterna infancia de Dios, de una revelación inefable». Nada podría arañar siquiera esa convicción en adelante.

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El Debate (Asistido por IA)

Parecida y fugaz enajenación había experimentado otro francés en la Santa Croce setenta años antes. El autor de Rojo y Negro, próximo al desvanecimiento, hubo de abandonar la catedral de Florencia. Se había visto saturado de belleza. Palpitaciones, vértigos, astenia... Una sensación que aquel bonapartista comparó con el trastorno que un corazón impresionable experimenta a la vera de una mujer hermosa. Se trata de un cuadro clínico descrito luego como 'el síndrome de Stendhal'. Muy pocos, y muy pocas veces, lo padecen.

Fue mucho, mucho antes de haber aprendido que la vida era esto. Acabamos convirtiéndonos en peristas de cosas irreparables. Que, sí, que nuestro verso es un ciervo herido que busca en el monte amparo. Que los días luminosos remiten a la infancia. Que nuestro periplo carece en ocasiones de cartografía explícita. Que quizá fuimos víctimas del 'síndrome de Stendhal' un fugaz 16 de noviembre; y no lo motivó el coro del Magnificat, aunque quizá sí unas vísperas. Y que, por lo mismo, el dolor solo persiste en la carne que tiembla y se duele, y su respuesta está contenida en las palabras mismas que le dirigimos.

Fue mucho, mucho antes de haber aprendido que la vida era esto cuando se me aparecía la mole maciza e inconfundible de aquella montaña del sur. Su perfil robado me acompaña desde entonces. Como parte de la silueta de un belén dispuesto por manos colosales.

Hace poco se me presentó como una catedral vuelta hacia afuera, donde el interior es inabarcable porque toda ella está abierta al cielo; quizá no tanto al infinito, el nombre matemático y menos afable de un Dios-geómetra que quizá nunca sonría. Carece de vidrieras; no hay filtro que matice claridad tan cegadora. No hay agua en sus inmediaciones, ni un birrioso surtidor; solo torrenteras vacías y secos surcos a los que no alivia el hálito corsario y desnortado de la niebla.

Al igual que toda catedral, siempre sede de fe según el hebreo Zweig, también se ha construido en piedra maciza sobre tierras de labranza de sencillos campesinos. Como el constructor del drama de Claudel afirma, «no concierne a la piedra buscar su lugar, sino al maestro de obras que la ha escogido».

Siempre quise coronar su cima piramidal y silente. No lo hice de niño cuando acompañaba a mi abuelo por los valles desde los que se la contempla. Con medio siglo a rastras, al fin la he ascendido. En cumplimiento de una promesa que no le hice a nadie, deudor de un tiempo ya concluso, sabedor de que los mejores versos son los que nunca se escriben. Emprendí su ascensión junto a mi hijo. Supe de ella, exhausto de desniveles imposibles, jaras y lavandas que verdean su sendero impreciso. Entre cabras que se confunden con la espesura y víboras que, entre las rocas, vigilan nuestro paso cansino y temeroso.

En siete horas de contenido real descubrí que estos lugares no están desiertos, que ninguna cosa a la que amamos está vacía. Se me desveló la causa, la razón precisa por la cual todas nuestras imperfecciones le reclaman. Porque las ha hecho rimar consigo.

Mucho, mucho antes de haber aprendido que la vida era esto, no sabíamos que en este mundo no había victorias definitivas. Que por no ser definitivas, ni pueden considerarse victorias. He comprendido al fin por qué a esta ruta, y a esa cota, se le llama la Cuesta del Cielo; quedándome a diez minutos de la cúspide, cediendo el testigo en su girola a mi hijo, quien algún día hará lo propio con los suyos.

Bien lo sabía Claudel. La fe impone cosas distintas a hacerse lapidar entre infieles o besar a un leproso en la boca. También se cumple un mandato divino «permaneciendo en nuestro puesto o subiendo hasta lo más alto». Aunque a veces uno se quede en la antesala misma de la cima.

  • Álvaro de Diego es director del Departamento de Periodismo y Narrativas Digitales de la Universidad CEU San Pablo
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