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en primera líneaÍñigo Castellano y Barón

España, españoles... y los políticos

España ha sido capaz de las mayores empresas colectivas cuando sus energías individuales han convergido en un ideal común; pero también ha conocido la división y el desencuentro cuando cada español ha querido ser reino de sí mismo

España no es solo una administración, un mapa, o una sucesión de gobiernos. España es una nación histórica, una forma de estar en el mundo, una continuidad de costumbres, creencias, hábitos, modos de vida, lealtades profundas y comportamientos colectivos que se han ido formando durante siglos. España es memoria compartida, lengua extendida por medio mundo, manera de entender la familia, la muerte, la fiesta, el honor, la fe, la vecindad, la guerra, la pobreza, la alegría y el sacrificio. Es una herencia recibida, una permanencia moral, una casa antigua que ha resistido incendios, invasiones, guerras civiles, decadencias, renacimientos y traiciones.

España, los españoles y sus políticos

El Debate (asistido por IA)

Otra cosa son los españoles. El español, como individuo, ha tenido siempre una relación compleja con la norma, con la autoridad y con el poder. Hay en él una veta de independencia, de resistencia, de desconfianza ante lo impuesto. A veces esa condición produce grandeza: valor, iniciativa, genio, capacidad de sacrificio, sentido de dignidad personal. Otras, producen desorden, indisciplina, envidia, dificultad para la empresa común o tendencia a desconfiar de cualquier jerarquía. La historia de España está llena de esa tensión entre la grandeza colectiva de la nación y el temperamento individual de los españoles. Como observaron Ortega y Gasset, Cánovas del Castillo, Menéndez Pelayo y Madariaga: el «particularismo» ha sido una constante de nuestra historia. España ha sido capaz de las mayores empresas colectivas cuando sus energías individuales han convergido en un ideal común; pero también ha conocido la división y el desencuentro cuando cada español ha querido ser reino de sí mismo.

España como nación ha logrado empresas inmensas; los españoles como individuos han sido muchas veces difíciles de gobernar. Ahí reside una de nuestras paradojas históricas. Hemos levantado imperios, universidades, catedrales, ejércitos, caminos, leyes, lenguas y misiones universales, pero al tiempo hemos convivido con una inclinación casi natural al recelo, al particularismo, al «cada uno por su lado», a la resistencia frente a la disciplina común. España ha sido grande muchas veces no porque sus hijos fueran dóciles, sino precisamente porque pese a sus defectos, conservaron una energía interior difícil de someter.

Pero frente a España como nación histórica, y frente a los españoles como individuos concretos, aparece una tercera realidad: los políticos. Y aquí surge el problema contemporáneo. El político por el mero hecho de acceder al poder, parece muchas veces experimentar una mutación. Deja de pertenecer plenamente a la España profunda y deja también de comportarse como español corriente. Se convierte en: miembro de una clase aparte, en habitante de una esfera cerrada, en profesional de la supervivencia institucional, en pieza de una maquinaria que tiene sus reglas, su lenguaje, sus recompensas y sus silencios. Deja de padecer la realidad común en los mismos términos que el ciudadano. Ya no espera la nómina con angustia, ni teme de igual modo la subida de precios, la hipoteca, el recibo de la luz, el cierre de un negocio o la incertidumbre laboral. Habita otra temperatura moral. Vive rodeado de asesores, siglas, coches oficiales, cargos, pactos, estrategias y consignas. Su lenguaje se vuelve abstracto. Su mirada se acostumbra al cálculo. Su fidelidad deja de orientarse hacia la nación y se desplaza hacia el partido, la facción, el cargo o la conveniencia.

Por eso en la España actual, la nota discordante no siempre está entre España y los españoles, sino entre ambos y la clase política. España permanece; los españoles trabajan, sufren, se equivocan, resisten, pagan, cuidan y siguen adelante; pero los políticos parecen flotar sobre esa realidad como una especie de cuerpo intermedio, híbrido, no del todo nacional ni del todo popular. Hablan en nombre de España, aunque a menudo no la encarnen. Piden sacrificios a los españoles pero rara vez comparten su suerte. Invocan la democracia, pero con frecuencia la reducen a aritmética de poder. Ésa es quizá una de las grandes fracturas de nuestro tiempo: la separación entre la nación real y la representación política. España como realidad secular, conserva una hondura que ningún gobierno puede agotar. Los españoles con sus virtudes y defectos, siguen siendo los depositarios vivos de esa continuidad. Pero la política se ha ido convirtiendo en un territorio autónomo, con códigos propios, alejado tanto de la memoria histórica de España como de la vida cotidiana de los españoles.

Así se produce la contradicción más dolorosa: quienes deberían servir de puente entre España y los españoles se han convertido demasiadas veces en muro. Quienes deberían administrar la herencia común actúan como si la nación fuera una propiedad circunstancial. Quienes deberían representar al pueblo parecen muchas veces vivir de espaldas a él. España y los españoles, cada uno a su manera, pertenecen a una misma corriente histórica. Los políticos, en cambio, cuando olvidan el servicio y se entregan al poder, pasan a formar parte de otra categoría: la de quienes viven de la nación sin confundirse con ella, la de quienes hablan por los españoles sin vivir como ellos, la de quienes se presentan como servidores públicos mientras engrosan una clase separada, autorreferencial y cada vez más distante. España es permanencia. Los españoles son vida concreta. Los políticos deberían ser servicio. Pero si así no es, se convierte en una nota discordante dentro de la nación: un ruido añadido sobre el fondo antiguo de un país que pese a todo, sigue trabajando, creyendo, resistiendo y esperando. No puedo finalizar sin decir que como en todo, siempre hay excepciones.

  • Íñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara
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