Fundado en 1910
en primera líneaÍñigo Castellano y Barón

La Rosa de Oro: de la Almudena al Gran Capitán

Resulta sugestivo unir la Rosa de Oro dada a la Virgen de la Almudena y aquella que recibió el Gran Capitán. En un caso, la rosa se ofrece a una imagen venerada por el pueblo de Madrid, como signo de amor filial y reconocimiento mariano

Hay gestos con un lenguaje simbólico que por su propia naturaleza atraviesan los siglos. Con ellos, la Iglesia supo desde tiempos expresar gratitud, reconocimiento y veneración. La entrega de la Rosa de Oro por el Papa León XIV a la Virgen de la Almudena, patrona de Madrid, es uno de ellos. Una de las distinciones más antiguas y nobles del ceremonial pontificio. Un honor que no se concede con ligereza y que enlaza la devoción popular con una tradición de la Edad Media de la Santa Sede. De los siglos VI y VII venía la costumbre de que los pontífices regalaran una rosa, derivada de la antigua tradición de enviar las Llaves de Oro de San Pedro; hasta que León IX instauró la tradición litúrgica, dejando por escrito que la entrega de la rosa era una antigua tradición, y estableció la obligación para el monasterio de monjas de Bamberg (Alemania) de proveer la rosa con oro muy puro para su bendición. Suele atribuirse su instauración al Papa León IX, hacia el año 1049. Una rosa trabajada en metal precioso, bendecida por el Pontífice que con el tiempo fue adquiriendo una riqueza artística cada vez mayor. En su origen, la rosa se bendecía el cuarto domingo de Cuaresma, llamado domingo de Laetare, jornada en la que la liturgia introducía una nota de alegría en medio del camino penitencial hacia la Pascua.

ep

El Debate (Asistido por IA)

La rosa simbolizaba la belleza espiritual, la alegría de la fe, la fragancia de la virtud y de modo especial, la figura de Cristo. Con el paso de los siglos, los papas la concedieron a emperadores, reyes, reinas, príncipes, ciudades, santuarios, monasterios y advocaciones marianas. Era por tanto, una señal de especial benevolencia pontificia; una manera solemne de decir que allí donde se entregaba la Rosa de Oro había un vínculo singular con la Iglesia y una memoria digna de ser reconocida. También tiene una historia política, caballeresca y militar. En otros tiempos se concedía a grandes defensores de la Cristiandad, a soberanos o capitanes cuya acción era juzgada por Roma como servicio eminente a la Iglesia.

Aquí es donde el gesto actual permite mirar hacia una página gloriosa de nuestra historia: la Rosa de Oro concedida a Gonzalo Fernández de Córdoba, el Gran Capitán. En 1497, Roma vivía momentos de inquietud. Ostia, puerto fundamental para el abastecimiento de la ciudad pontificia, había caído en manos hostiles, vinculadas a los intereses franceses. Ostia era la puerta marítima de Roma, por donde entraban mercancías, trigo, noticias y auxilios. Alejandro VI, el discutido pontífice Borgia, recurrió entonces al mejor soldado que tenía en su mano la monarquía hispánica en Italia. El Gran Capitán acudió con rapidez, cercó la plaza y logró su rendición. La operación fue breve, eficaz y reveladora de ese arte militar que luego alcanzaría su plenitud en Ceriñola y Garellano. La toma de Ostia supuso una demostración de disciplina, resolución y sentido político. Alejandro VI le premió con la Rosa de Oro. El Papa, representante de una Roma necesitada de protección, honraba al capitán español que había devuelto a la Santa Sede la posición estratégica. La rosa, nacida como signo espiritual, se posaba ahora sobre la gloria de un soldado para reconocer que en determinadas coyunturas de la historia, la defensa del orden cristiano exigía también firmeza de armas. Gonzalo Fernández de Córdoba era capitán al servicio de sus reyes y de una idea superior de la monarquía cristiana. Había aprendido en la guerra de Granada el valor de la paciencia, de la movilidad, de la inteligencia logística y del mando sobre hombres de distinta condición. En Italia transformaría esas experiencias en una nueva forma de guerrear.

Resulta sugestivo unir la Rosa de Oro dada a la Virgen de la Almudena y aquella que recibió el Gran Capitán. En un caso, la rosa se ofrece a una imagen venerada por el pueblo de Madrid, como signo de amor filial y reconocimiento mariano. En el otro, se entregó a un militar español cuya acción salvó para Roma una plaza decisiva y en consecuencia la estabilidad de la Cristiandad. La Almudena representa la continuidad espiritual de Madrid, su raíz cristiana, su historia escondida entre murallas, leyendas y devociones. El Gran Capitán representa la grandeza de una España que en el tránsito de la Edad Media a la Modernidad, llevó su nombre por Europa con autoridad, disciplina y genio militar. Entre la Virgen patrona de Madrid y el soldado de Montilla se extiende un hilo de oro: el de una historia en la que España fue protagonista decisiva de la Cristiandad.

Este relato sirve para recordar que Madrid no se entiende sin la Almudena, ni España sin aquellos hombres que como Gonzalo de Córdoba, supieron convertir el valor en servicio y la victoria en lealtad. Cuando León XIV deposita la Rosa de Oro ante la Virgen de la Almudena, no está realizando solo un homenaje piadoso. Está reactivando una tradición que viene de muy lejos y que habla, todavía hoy, con una elocuencia silenciosa. Esa rosa habrá pasado por manos de papas, reinas, santuarios y capitanes. Habrá acompañado la historia de Europa en sus horas de fe, de guerra, de gratitud y de esperanza. Porque hubo un tiempo en que una Rosa de Oro reconoció la espada española que defendió a Roma.

Dos rosas, dos escenas, dos modos distintos de servir: la oración y la espada. Pero una misma historia de fondo: la de España, Roma y la Cristiandad

¡Dios bendiga a España!

Íñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara
comentarios

Más de En Primera Línea

tracking

Compartir

Herramientas