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Ojo avizorJuan Van-Halen

El buenismo sanchista y sus máscaras

Este buenismo sanchista habla de derechos y no de deberes, prefiere pedir perdón a pedir cuentas, si un país nos ofende entona el cobarde «podía haber sido peor». Así Sánchez condecoró al cerebro de la invasión de Perejil, entre tantos ejemplos de sumisión. Crece el buenismo entreguista que supone debilidad y rendición

'Buenismo' fue un neologismo aceptado por la RAE en 2017: «Actitud de quien ante los conflictos rebaja su gravedad, cede con benevolencia o actúa con excesiva tolerancia». Una manera de gobernar de buen talante, condescendiente, de apaciguamiento. En definitiva, débil. Poner la otra mejilla ante una bofetada es cristiano, pero nada aconsejable a la hora de gobernar a los pueblos. Sánchez en Ceuta ha ofrecido la otra mejilla, acaso por miedo a Pegasus, pero él se ve un Superman con mala baba.

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El Debate (Asistido por IA)

En vísperas de la Segunda Guerra Mundial algunos países, luego aliados, mantuvieron con la Alemania nazi un buenismo avant la lettre. El mundo sufrió el resultado. Churchill, sólo él, adelantó la inutilidad del buen rollito. En España el buenismo multiuso, falso, lo representa Sánchez. Su política exterior, por ejemplo, es buenismo inútil. Se enfrenta a quienes pueden aportarnos y se alía con quienes pueden perjudicarnos. Desde aquella Alianza de Civilizaciones de Zapatero, de la que nunca más se supo, al enfrentamiento con Trump. Su maestro, el coleccionista de joyas sin declarar, inició el disparate permaneciendo sentado al paso de la bandera norteamericana. También su política interna está impregnada de ese buenismo de pega.

El buenismo considera que la mano tendida arregla los conflictos. Es falso si supone desistimiento. La debilidad de una parte fortalece y amplía las demandas de la otra. Es el caso de Ceuta, de la amenazada Melilla y del delirio marroquí sobre Canarias. Todos no somos justos y benéficos como proclamó la Constitución de Cádiz. Y más cuando se trata, como en el caso de Sánchez, de un buenismo de opereta que en la práctica no existe o zigzaguea y se contradice. La proclividad mentirosa de Sánchez, siempre presente.

Albares, ese peón de Sánchez, el peor ministro de Exteriores de la democracia, enfrentado a la Asociación de Diplomáticos Españoles, parece asumir aquella afirmación de Moratinos, otro en Exteriores, felicitándose de que los socialistas tuviesen fama por esos mundos de ser «tan buenos». Era y es un espejismo. La imagen del Gobierno era entonces y es ahora de errado y débil. Igual que el espejismo de creer que hay terroristas malos y terroristas buenos. Reforzar el diálogo con el terrorismo fue otro error buenista. Y convertir Sánchez a sus herederos de Bildu en socios preferentes, una traición imperdonable. Compartí tertulia en la SER con Ernest Lluch, una gran persona, y defendía repetidamente el diálogo con ETA. Era puro buenismo. Acabó recibiendo un tiro en la nuca como ejemplo de diálogo.

Obviamente el buen talante no lo arregla todo. Una ingenuidad que no puede permitirse un Gobierno. El diálogo es un medio, no un fin. Sánchez ni lo intenta; sólo dialoga con los suyos. Hay asuntos que no admiten diálogo e interlocutores imposible; en ese sinsentido cae Sanchez. La política que anunció en su manipulada moción de censura era otra burla buenista. Ábalos representó a la honradez en aquel debate. Luego Sánchez alzó muros resucitando las dos Españas del XIX. Su política exterior e interior suponen entreguismo. En el exterior, por ejemplo, con Gibraltar, abandonando la posición española desde 1704, y en el interior, ejemplo igual de grave, llevándonos a la cosoberanía de Ceuta y Melilla que me temo ha pactado con el sultán marroquí. Si Rabat hubiese actuado en la primera invasión de Ceuta como lo hizo el pasado día 15, se hubiese frustrado. La utilizó como amenaza. Un general amigo, que conoce el paño, opina que muchos de los invasores que regresaron a Marruecos, probablemente eran militares.

La condición de cadáver político insepulto de Sánchez no la arreglará una cabriola más. Su estrategia es ganar tiempo escondiéndose tras un buenismo falso y cobarde. Y los ciudadanos lo asumimos. El león es el rey de la selva no porque sea el animal más fuerte, ni el más bello, ni el más veloz, ni el más peligroso. Lo es porque los demás lo han asumido. Eso ocurre con Sánchez.

El buenismo considera como panacea el buen rollito. Aunque sea impostado. Aceptamos lo que nos llega de fuera sin defender lo tradicional, lo nuestro. Asumimos como normales los forcejeos sobre usos y costumbres de culturas que no respetan nuestros valores. Hasta se cambian los menús en los colegios. Se menosprecian y persiguen valores de la religión católica, mayoritaria en España, en aras de un laicismo cateto y utilitarista.

Se ha avanzado en un laicismo rampante, una especie de «civilismo sacramental»: confirmaciones, comuniones, bautizos laicos…Estudié bastante la masonería; en el XIX tuve antepasados masones. Al Infante don Enrique de Borbón, muerto en duelo por el duque de Montpensier, en 1870, le organizaron un funeral masónico. Sánchez revivió los funerales laicos, como el celebrado en julio de 2020 en el Patio de la Armería, presidido por los Reyes, con escenificación seudomasónica. Aunque parezca anacrónico, identifico cierto tufillo masónico en no pocas decisiones políticas. Entre los cuatro últimos grandes maestres de la masonería española, uno es senador y el otro fue diputado; los dos socialistas.

Este buenismo sanchista habla de derechos y no de deberes, prefiere pedir perdón a pedir cuentas, si un país nos ofende entona el cobarde «podía haber sido peor». Así Sánchez condecoró al cerebro de la invasión de Perejil, entre tantos ejemplos de sumisión. Crece el buenismo entreguista que supone debilidad y rendición. Costará enmendar el daño del falso buen rollito de Sánchez. Cuando caigan las máscaras veremos el rostro real de lo que ahora padecemos. Muchos acaso crean que lo sabemos todo.

  • Juan Van-Halen es escritor y académico correspondiente de la Historia y de Bellas Artes de San Fernando
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