Al tenazónRafael del Campo

Finito de Córdoba

«Tener un torero es tener un tesoro de imágenes y emociones en esas parcelas del corazón donde se acopia lo bello»

Entonces éramos jóvenes y felices. Pero no lo sabíamos. La juventud la asumíamos como un hecho natural, cotidiano, repetitivo: como el sol que sale cada mañana o el otoño que llega cada septiembre. La felicidad era aún más inconsciente porque manaba de la alegría natural del animal joven; era la alegría del becerro retozando en la pradera o del cachorro que persigue una mariposa.

Lo teníamos todo y, además, teníamos un torero al que seguir y que era nuestro alter ego. Por encima de otros ídolos, estaba nuestro torero. Que era también joven. Que era también feliz. Cada tarde nos metíamos en su piel, nos enfundábamos el vestido de torear y éramos una ensoñación en la arena. Por eso sus triunfos eran nuestros, sus fracasos nos dolían tanto como un examen suspenso y, por eso, a todos nos partió un muslo el novillo “Jardinero“ un 14 de agosto de 1989, en Málaga. Todos reaparecimos en Mérida unas semanas después, un 3 de septiembre, con esa trémula inquietud que anida en el corazón tras una cornada. Martilleaban las sentencias de viejos aficionados, senequistas ellos, depositarios de saberes que iban de generación en generación.

A un torero hay que verlo una vez que el toro le rompa las carnes…

Pero en Mérida las cosas salieron no bien, sino mejor, arrasamos, y hasta los más suspicaces volvieron a la fe:

-¿Cómo ha estado el Fino?

-Mejor que nunca…

Tener un torero es tener un tesoro de imágenes y emociones en esas parcelas del corazón donde se acopia lo bello. Y uno, cuando lo necesita porque el ánimo flaquea, la melancolía se empodera o la tristeza, sí, la amarga e inevitable tristeza, nos golpea, las desentierra, les limpia el polvo del tiempo y del olvido, y las contempla de nuevo y vuelve a ser, como antaño, joven y feliz. Pero ahora conscientemente. Aunque fugazmente.

No hay orden en esos recuerdos: las chicuelinas, un mayo de 1990, al novillo «Exquisito», de Don Álvaro, el capote mecido en rítmica lentitud acompasando sus vuelos a la embestida del burraquito, se superponen a los naturales rotos en Madrid “el día de la lluvia“ a un toro de Mari Carmen Camacho. La faena a “Opíparo» de Juan Pedro Domecq en Sevilla se confronta con efemérides en otras en plazas menores, como la lorquiana de Manzanares, donde toreó al natural al toro «Langostillo“ de Pérez Tabernero un 21 de Julio de 2001 con una perfección que yo no había visto nunca… ni veré jamás. El poder con que sometió a un astado manso llamado «Molinero» en Jaén, el día de San Lucas de 1989 y la faena a “Zafiro“ en Barcelona… Uno, al evocarlos, revive aquellos años en que era feliz y no lo sabía, y tornan las presencias de aquellos con quienes compartí tantas tardes de toros y ahora nos contemplan desde los altos del cielo.

Finito no ha sido, probablemente, el mejor torero que yo he visto en mi larga vida de aficionado. Pero sí ha sido, sin duda, el que mejor ha toreado, entendiendo el torear en un sentido amplio: inteligencia, conocimiento, estética, profundidad y largura. Si torear es, según decía el escritor Gregorio Corrochano, llevar al toro por donde no quiere ir, Finito ha sido el que más largo lo ha llevado «por donde no quería ir», el que más ha mandado en él, con una estética limpia, transparente y natural, lejos de afectaciones, artificiosidades y efectismos.

Yo puedo decir, como asegura un amigo muy cercano, tan cercano, tan cercano, que soy yo mismo:

-El Fino es el hombre que más me ha hecho disfrutar en la vida…

( Pero que no haya equívocos )

Hoy ya no somos jóvenes. Felices tal vez sí, pero con una felicidad más madura, más consciente y, por tanto, más triste. Y hoy, 6 de octubre de 2026, y para confirmarlo todo, el Fino cumple 55 años. ¡Cómo se pasa o, por mejor decir, cómo se ha pasado, la vida !

Aunque la belleza, los recuerdos y la memoria de los nuestros, permanecen y permanecerán siempre.

Felicidades, torero…

comentarios

Más de Córdoba - Opinión

tracking

Compartir

Herramientas