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en primera líneaJuan José Echevarría Pérez-Agua

In memoriam: Juan María Araluce, el defensor de los fueros

Durante seis años, ETA Militar persiguió a Juan María de Araluce Villar, hasta que el 4 de octubre de 1976, la banda terrorista lo mató en San Sebastián, cuando llegaba a su casa. Sus hijos y esposa, reunidos en torno a unos espaguetis en el comedor familiar, pudieron escuchar la tremenda descarga de fusilería

Hoy hace 50 años, ETA cercenó de un tajo un planteamiento de autonomía para las provincias vascas insertado esencialmente en el desarrollo foral y por tanto basado en la lealtad a la Monarquía española y a su gobierno, como había sido desde que en 1839 las Cortes confirmaron los fueros vascos sin perjuicio de la unidad constitucional de España. La vía abierta en el final de la primera guerra carlista, reflejada en el Abrazo de Vergara, conjugaba tradición y modernidad para desarrollar los ancestrales autogobiernos provinciales y convertir sus instituciones (diputación foral y junta general) en las cabezas del poder de aquellos territorios, a los que nuestra Constitución vigente, la de 1978, reconocería investidos de derechos históricos.

Ep

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ETA no concedió a los vascos la libertad de elegir su futuro y ante una propuesta foralista de descentralización con raíces historicistas desde el Medievo en el seno hispano, que entraba en competencia con su propia vía, consistente en la autodeterminación independentista de inspiración marxista-leninista, se aplicó a asesinar a aquel que había osado levantar una voz propia, incluso cuando aún vivía el general Franco y su régimen subsistía.

Durante seis años, ETA Militar persiguió a Juan María de Araluce Villar, hasta que el 4 de octubre de 1976, la banda terrorista lo mató en San Sebastián, cuando llegaba a su casa. Sus hijos y esposa, reunidos en torno a unos espaguetis en el comedor familiar, pudieron escuchar la tremenda descarga de fusilería y entrever su asesinato a través de las copas de los árboles desde el quinto piso donde vivían. Los terroristas se ensañaron con él, alcanzándole con catorce proyectiles que le perforaron el cuerpo de derecha a izquierda y de arriba abajo, desgarrando sus órganos vitales. ETA, autoerigida en tirana de la vida, tampoco tuvo en consideración los proyectos vitales (trabajo, matrimonio, compra de una casa, etc…) de sus tres escoltas (Alfredo García González, Antonio Palomo Pérez y Luis Francisco Sanz Flores) y de su chófer, José María Elícegui Díaz, asesinados igualmente en aquel atentado, en el que los criminales dispararon más de 80 balas Geco del calibre 9 milímetros parabellum.

Araluce fue presidente de la Diputación de Guipúzcoa, desde la que laboró incansablemente para la devolución a la provincia del Concierto Económico, y miembro del Consejo del Reino, uno de los diecisiete integrantes de aquel todopoderoso órgano que a la muerte de Franco se constituyó en la viga maestra estatal, sobre la que el Rey Juan Carlos construyó la reforma política, votando a favor de las peticiones del monarca. Incluso, prorrogó su permanencia en dicho consejo a requerimiento de quien le consideraba uno de sus más fieles partidarios. Tradicionalista de convicción, optó por Juan Carlos en la disputa carlista de Montejurra 76, pese a lo cual ETA le tildó en su Zutik de partidario del ultraderechista Sixto de Borbón en su pelea cainita con Carlos Hugo, y, llevando la infamia a su más alta perversión, vertió la caloña sobre su féretro, propagando falsas acusaciones.

ETA evidenciaba así su vehemente inquina a una persona que fue esencialmente un cristiano, volcado hacia los demás desde su condición laical. Como su viuda, Maité Letamendía, quien perdonó a sus asesinos y abogó por superar algo que todavía lacera al pueblo vasco: «Queremos que se termine el odio».

  • Juan José Echevarría Pérez-Agua es profesor de la Universidad Carlos III de Madrid y autor de 'Juan María Araluce, el defensor de los fueros asesinado por ETA'
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