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en primera líneaÍñigo Castellano y Barón

Histeria colectiva

La histeria colectiva se apodera de una izquierda estratosférica y oportunista, mientras que sus votantes aplauden con el manual de resistencia a su amado líder, atrincherándose en posiciones trasnochadas frente a un enemigo inexistente, pero al que llaman y simbolizan como la extrema derecha o fachosfera

Tras Adolf Hitler ser nombrado en 1933 canciller de Alemania, consolidó su control, estableciendo una dictadura tras el incendio del Reichstag y la aprobación de la Ley Habilitante que permitía al gobierno dictar leyes sin necesidad de aprobación parlamentaria. En la práctica, aquella norma destruyó el sistema constitucional convirtiendo el régimen nazi en una dictadura legalizada. Se extendió la práctica de, entre otras: aprobar leyes sin pasar por el Parlamento; modificar incluso la Constitución; gobernar por decreto; eliminar controles institucionales. Para todo ello propagó un relato basado en el miedo, propaganda, crisis económica, violencia política, y herramientas jurídicas excepcionales.

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El Debate (Asistido por IA)

Trasladándonos a nuestro propio escenario, y salvando las obvias distancias que hay entre ambos, nadie duda en España de la existencia de un proceso colonizador de las Instituciones: Abogacía del Estado, Fiscalía, SEPI; proliferación de decretos-leyes, miedo a la extrema derecha, «máquina del fango», junto a las medidas que el gobierno tomó como el confinamiento, declaradas no constitucionales, etc. y que dibujan una cierta y sórdida similitud en algunos tics del régimen nacional-socialista alemán. Lo cierto es que la antropología nazi, término abreviado de Nationalsozialist, argumentó en sus fundamentaciones teóricas, una supremacía moral que sirvió para que una gran parte de la población alemana aceptara sin reparos y con entusiasmo los desmanes que sobrevinieron y que han escrito una de las páginas más negras de la historia universal. Sobrevino la histeria colectiva hacia el amado líder o caudillo, y con ella los comportamientos que son propios a tal estado.

En España, amplios colectivos de la izquierda radical, junto a un PSOE secuestrado hábil y maliciosamente por uno o varios socialista sin escrúpulos ni moral, trazaron una vertiginosa ruta hacia el poder, seduciendo al buenismo del establishment siempre anclado en verlas venir. Decisiones inconstitucionales, asalto a la estructura profunda del Estado, amnistías, indultos a los cooperadores necesarios al régimen con el relato moral de un progresismo abducido por el relato oficial, disfrazan las mayores tropelías llevadas a cabo en los últimos ochenta años de nuestra vida nacional.

Naturalmente, la invocada conquista de nuevos derechos, junto a la progresía desnaturalizada de todo afán que no sea el poder, lleva al PSOE a dirigir su política exterior hacia los países más marcados por el narcotráfico y por las dictaduras oligárquicas que han empobrecido a su ciudadanía hasta llegar a la miseria, incluso en naciones como Venezuela, rica en los recursos naturales más preciados por Occidente.

En este escenario más mafioso que político, viene comprobándose, gracias a un poder judicial honesto y estricto, escudo de las democracia, que España, aún conserva resortes y resistencias frente una parte alienada de la nación que vitorea a su amado líder, aunque este no pueda pisar la calle sin ser increpado y vituperado por un pueblo que asiste desesperanzado ver pasar los años con una inestabilidad económica y social incrementándose. Mientras, la histeria se apodera de la izquierda que en el propio Parlamento descalifica a los jueces y aplaude conductas delictivas con la normalidad de quien ha asumido lo inmoral y amoral, como la nueva moral del progreso.

Desengañar a una colectividad histérica por una narrativa emocionalmente asumida, resulta difícil de desenmascarar: que la inmigración debe ser controlada y debidamente regulada, pues de lo contrario esa misma colectividad será la primera víctima de su falsa arrogancia; Es también difícil hacer ver que el enriquecimiento injusto y delictivo de sus líderes no deben ser premiados con el indulto; Es difícil hacer comprender que los traidores a la nación que persisten en sus objetivos no deben ser amnistiados. Resulta difícil desengañarles de una memoria histórica fabricada ad hoc pese a la persistencia documental y de hemeroteca, tan difícil como hacer ver que la empresa no es el enemigo y que por su propia naturaleza es la principal creadora de empleo.

La histeria colectiva se apodera de una izquierda estratosférica y oportunista, mientras que sus votantes aplauden con el manual de resistencia a su amado líder, atrincherándose en posiciones trasnochadas frente a un enemigo inexistente pero al que llaman y simbolizan como la extrema derecha o fachosfera. Como advirtieron Le Bon y Ortega: las masas emocionalmente movilizadas tienden a rechazar cualquier hecho que amenace el relato del grupo, sustituyendo el razonamiento por la adhesión sentimental y el juicio moral por la obediencia ideológica.

En la histeria se dan procesos simbióticos: uno vive gracias al otro y por tanto hay que seguir de ese modo. Igualmente, procesos de ósmosis: unos son absorbidos o centrifugados por otros hasta llegar a una identidad inseparable. También existe un miedo a que todo se desmorone y aparezca la verdad. Esta se hace inadmisible e insoportable; antes hay que quemar el bosque, como bien estamos viendo tras la imputación de Zapatero. Y para ello hay que crear nuevas mentiras y activar la «máquina del fango» que para eso la inventó la izquierda.

Finalmente hay que magnificar al enemigo, demonizándolo y haciendo de él la mayor amenaza para el progreso, la solidaridad, y para los derechos conquistados. Pero como todo en la vida terrenal tiene un fin, este régimen ya tiene sus campanas doblando. El desempleo, la falta de vivienda, de capacidad adquisitiva, el desorden y caos de las infraestructuras que habían llegado a constituir un referente internacional, la paz social, los delitos continuados de las clases dirigentes, marcan ya el inicio del punto de inflexión o rebote donde la ciudadanía y los partidos no afectados por la histeria, deberán poner a prueba su capacidad y generosidad para dar a España lo que necesita: paz, progreso, libertad y estabilidad.

  • Íñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara
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