El general Balmes, una muerte manipulada
«Que en la tercera pistola el último cartucho se encasquilló en la pistola y empezó a manipular con dicha pistola para desencasquillarla cuando, de repente, en un falso movimiento teniendo la pistola apoyada hacia el cuerpo, se le disparó»
El 16 de julio de 2026 se cumplen 90 años de la muerte del general Balmes, un hecho, como tantos otros vinculados a la Guerra Civil, que se encuentran rodeados de una maraña de desinformación. La realidad de lo que sucedió entonces debería estar en manos de los historiadores, pero en nuestro país es imposible por la utilización política infinita de ese conflicto que hacen algunos.
Por lo que se refiere al fallecimiento de Amado Balmes, gobernador militar de Gran Canaria, es un suceso que ha estado rodeado de notable polémica. El motivo es porque la asistencia del general Franco a su funeral se convirtió en la excusa perfecta para trasladarse desde Tenerife a Las Palmas de Gran Canaria. Una vez celebrado el sepelio, embarcó en el avión 'Dragon Rapide' en el aeródromo de Gando y despegó rumbo a Marruecos. La sublevación que llevó a la Guerra Civil estaba en marcha.
Recientemente, la revista Desperta Ferro ha abordado las circunstancias de la muerte de Balmes y ha planteado, entre otras, la tesis del asesinato. Así, cita a los autores Preston, Alia Miranda y Muñoz Bolaños, que sostienen la existencia de juego sucio o conspiración, mientras que Ángel Viñas defiende que Franco dio la orden de asesinar a Balmes por ser leal al Gobierno de la República. Otros historiadores, por el contrario, afirman que el homicidio fue obra de personas vinculadas al Frente Popular.
La realidad siempre es más sencilla. Mi padre, el doctor José Sánchez Galindo, fue el cirujano militar que atendió al general Balmes en los últimos momentos de su vida. Hace décadas, en mi juventud, me contó lo que realmente sucedió: un accidente mortal al disparársele fortuitamente una pistola. Este episodio ha sido estudiado y documentado de manera sólida por Moisés Domínguez Núñez, pero lamentablemente las tesis «conspiranoicas» siguen teniendo adeptos.
En la mañana del 16 de julio de 1936, el protagonista de nuestra historia se trasladó al campo de tiro junto con su chófer, Manuel Escudero Díez, para probar cuatro pistolas. Manuel Escudero declaró en la investigación que se llevó a cabo: «El general empezó a tirar, y a medida que acababa de tirar con cada pistola, mandaba al deponente a ver los impactos que había hecho. Que en la tercera pistola el último cartucho se encasquilló en la pistola y empezó a manipular con dicha pistola para desencasquillarla cuando, de repente, en un falso movimiento teniendo la pistola apoyada hacia el cuerpo, se le disparó». El balazo desgarró el paquete intestinal y salió por la espalda, causando una enorme hemorragia interna.
El conductor trasladó a Balmes a la casa de socorro del Puerto de La Luz y allí lo colocaron en una camilla mientras el médico de guardia intentaba cortar la hemorragia. Según varios testigos, Balmes repetía: «¡Qué fatalidad! ¡Me ahogo! ¡No le digan nada a mi mujer!». Inmediatamente se avisó a los doctores López Tomasetty y Sánchez Galindo, que acudieron a la casa de socorro en una ambulancia para trasladar al herido a un centro hospitalario. Este episodio me lo relató mi padre muchos años después. Recordaba cómo Balmes, durante sus últimos momentos de consciencia en la ambulancia, le dijo que todo había sido un fatal accidente. A la media hora de su ingreso en el hospital militar Amado Balmes, falleció de un colapso: eran las 12.20 del 16 de julio de 1936. Mi progenitor también me explicó que, gracias a su declaración, el conductor quedó libre de toda sospecha.
Esta es la historia de lo que realmente sucedió esa mañana del mes de julio de 1936; muchos autores han preferido teorías más novelescas y se han apuntado a aquello de que «la realidad no estropee un buen titular». Dentro de ellos, algunos adjudicaron equivocadamente el asesinato a miembros del Frente Popular, pero lo que carece de sentido es la tesis de aquellos que atribuyeron el supuesto crimen a sicarios del general Franco. Balmes era un conocido militar monárquico, con varios ascensos en la Guerra de África y protagonista, el 15 de diciembre de 1930, de la pacificación del aeródromo de Cuatro Vientos y el apresamiento de los que se habían levantado contra el Rey Alfonso XIII. Por si fuera poco, el general combatió desde León contra los sublevados en la Revolución izquierdista de Asturias en octubre de 1934. De hecho, teniendo en cuenta esta trayectoria, es probable que Balmes estuviese involucrado en el levantamiento militar, junto con Franco, Goded y Orgaz, pues hay testimonios, como el que prestó el alcalde de Las Palmas, de los contactos que hubo entre ellos.
Moisés Domínguez Núñez puso de manifiesto la prueba irrefutable que demuestra que aquella muerte fue un accidente: la autopsia que practicaron varios médicos forenses y dos médicos militares, entre ellos, mi padre. En este documento se señala que la dirección que siguió el proyectil fue «de delante atrás, de arriba abajo y algo fuera adentro, o sea de izquierda a derecha… y la distancia a la que tuvo que producirse el disparo fue necesariamente corta o a quemarropa… con señales de quemadura de la guerrera que vestía el autopsiado». Si hubiera sido un asesino el que disparase desde tan cerca contra el general, es seguro que habría provocado su muerte instantánea con varios disparos que garantizaran su silencio.
Este acontecimiento, que para mí siempre estuvo muy claro por el testimonio familiar, ha permanecido rodeado de controversia todavía a estas alturas del siglo XXI, por eso, me he animado a escribir este artículo para dejar claros los hechos de una vez por todas y evitar las continuas y, en ocasiones, no inocentes interpretaciones disparatadas.
- Enrique Ossorio Crespo es presidente de la Asamblea de Madrid
- Carlos Sánchez-Galindo López-Linares es licenciado en Derecho