Inocencio Arias

Lucho, nuestro nieto argentino, y la Selección

Y entonces yo me pregunto, ¿qué me causa más desasosiego, que nuestro nieto Lucho le nombre la madre a Rodri, Curbasí o Oyarzabal, o que dentro de muy poco pueda decidir quién sea el diputado de mi provincia igual que yo o que usted?

Act. 17 jul. 2026 - 04:59

En principio, la concesión de la nacionalidad a nietos de españoles tenía una finalidad política discutible, pero comprensible. Se podían acoger solo los descendientes de españoles que huyeron de la tormentosa Segunda República y de la luctuosa Guerra Civil. Un gesto generoso para los que se marcharon por razones políticas.

Que la ley zapateril era un pelín surrealista lo viví siendo cónsul en Los Ángeles. Una ciudadana marcadamente estadounidense nos presentó la pertinente solicitud y, aunque nos dimos cuenta de que no contaba con el menor arraigo en España, no sabía que teníamos un Rey, ignoraba todo sobre la realidad española, parecía creer que nuestra sociedad seguía siendo oscurantista y beata… Hubo que tramitar su petición a pesar de que, dirigiéndose al consulado español, nos echó la bronca en un correo porque nuestras explicaciones estaban escritas en ESPAÑOL.

Ese caso y algún otro me llevaron a la conclusión de que varios de esos nietos querían nuestro pasaporte para no tener que solicitar visados para viajar por Europa o por otras razones que no tenían nada que ver con interés por nuestro país. NADA de nada.

Luego, en esta década, vino la Ley de Memoria Democrática, la que se obstina en magnificar las tropelías de Franco e ignora las de Largo Caballero. La nomenclatura franquista debe borrarse de la faz de la tierra, mientras que la del no menos golpista Largo es un punto de referencia digno de tener una estatua gigantesca en la Castellana, aunque cualquier buen demócrata sienta arcadas al verla.

La ley tiene un corolario interpretativo hecho por una simple directora general, hermana de ese modelo de oratoria y de modales llamado Óscar Puente, por el cual el derecho a la nacionalidad lo posee cualquiera que saliera de España por cualquier motivo entre 1936 y 1955. O quizás más allá, el sanchismo es rumboso y no pierde el tiempo con las Cortes cuando no le viene bien.

Entonces tenemos el caso que me cuentan de Lucho, el nieto de Juan Aliaga, un paisano andaluz, empleado de Iberia, que marchó a Argentina en 1954 en pos de una linda azafata gaucha (Analía) de ascendencia italiana. Juan se casó con la piba, tuvieron hijos, él montó una confitería que no le fue mal y se retiraron a Córdoba la Docta, la ciudad argentina donde había desembarcado en su exilio y murió Manuel de Falla y en donde existe un museo Che Guevara.

Una de las hijas de Juan y Analía se casó con Luigi, otro argentino-italiano, y tuvieron un crío al que acabaron llamando Lucho, que me cuentan tiene ahora 38 años y cuyo contacto con España es que sabe donde se encuentra Barcelona porque en ella jugaba Messi. No sabe quienes son los Reyes Católicos, duda si el Quijote es una obra de Cervantes o de Dante, si Penélope Cruz es mexicana o española, cree que Galicia es una parte de España que cubre casi toda la península ibérica, por eso a los españoles se les llama gallegos, y cuando unos turistas le preguntaron dónde estaba la casa museo de Falla, contestó que no sabía que hubiera un museo para un sabio gallego en Córdoba y mandó al turista español a ver el de Guevara.

Hace meses, otro nieto, cuyo abuelo había llegado a Argentina en 1953 con una compañía de zarzuela y se quedó porque había más trabajo que en España, le contó que podían convertirse en españoles, que había un político de un partido español que les ayudaba a hacer los papeles y que, entre los solicitantes de la nacionalidad, su partido iba a sortear un billete en Aerolíneas para ir a España, en un asado que iba a ofrecer el gallego que hablaba maravillas del gobierno español y de las posibilidades que había en España para hacer de todo. El tipo manejaba mucha guita.

Lucho prometió ir a la fiesta y hacerse los papeles que no le van a costar nada. Entretanto, llega el partido España-Argentina. Se reúne un grupo de amigos; un par de compañeros de Messi empiezan dando estopa como contra Inglaterra. Lucho no se inmuta, aplaude a rabiar a la albiceleste y se alegra de una pifia española. Cuando Rodri empuja suavemente a Messi, se indigna: «La concha de tu madre, los boludos y orgullosos gallegos siempre avasallando», etc. En el descanso, un empleado de Petróleos Argentinos dice que debían expropiar cualquier yacimiento que tengan los españoles. «Claro», asiente Lucho, «siempre han sido unos explotadores»

Y entonces yo me pregunto, ¿qué me causa más desasosiego, que nuestro nieto Lucho le nombre la madre a Rodri, Curbasí o Oyarzabal, o que dentro de muy poco pueda decidir quién sea el diputado de mi provincia igual que yo o que usted? Le doy vueltas.

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