Que la mejor sea España
Si los vascos queremos ganar en el Campeonato del Mundo de Fútbol, tenemos que jugar con La Roja, de la misma manera que si queremos ganar la Copa del Rey tenemos que jugar la Copa del Rey de España
El lehendakari Pradales ha dicho recientemente que el País Vasco «no termina donde acaba su geografía» sino que se extiende hasta donde llegan las personas que lo sienten y lo mantienen vivo. Se refería con esto a lo que los nacionalistas llaman la diáspora vasca, toda la gente que ha salido de Euskadi desde hace décadas o incluso siglos y sigue manteniendo un sentimiento vasco de pertenencia.
Tampoco hace mucho tiempo que el presidente del PNV, Aitor Esteban, defendió en Idaho, Estados Unidos, que era necesario «mantener la conexión con la diáspora ante un mundo cada vez más globalizado» porque «es nuestro pueblo y tenemos que estar con nuestro pueblo».
Son constantes los elogios que tanto Pradales como Esteban hacen a los vascos que no viven en Euskadi. Preferentemente, gentes que están en América y estiman su ancestral vinculación con el País Vasco, con sus tradiciones, con sus viejas familias, con la suerte que corre la sociedad vasca. Comparto mi simpatía por todos ellos.
Que esta sensibilidad proceda de dos personas que no son vascos antiguos (en paralelismo con aquello de cristiano viejo) no menoscaba el valor de su sinceridad por el mantenimiento y el arraigo emocional de los vascos que marcharon hace muchos años, cuando aún no se habían producido las migraciones de castellanos, extremeños y gallegos al País Vasco.
Lo que sí se me hace paradójico es que Pradales y Esteban, teniendo tantos elogios para aquellos vascos nostálgicos que marcharon a América en el siglo XIX, no guarden para sí alguna simpatía e identidad, algún reconocimiento a la tierra de sus padres, de sus abuelos, la tierra de los Pradales y los Esteban, con la que, sin embargo, expresan una constante distancia, indiferencia, falta de emocionalidad.
Lejos de querer parecerse a aquellos vascos que tuvieron que marchar de su tierra en busca de otras oportunidades, no emulan su actitud, su compromiso, su relación emocional y, por el contrario, hacen esfuerzos constantes por marcar distancias, por buscar desapegos, por expresar antipatía por los lugares de los que proceden.
El nacionalismo vasco, desde su origen, ha tenido como propósito hacer incompatible ser vasco y ser español. Así lo procuraron Sabino Arana y su hermano Luis, pero también tantos otros que les han seguido y que en vez de buscar puntos de encuentro han buscado siempre la frustración, el agravio o la distancia fría.
La tarea que empezaron los Arana, y que más recientemente hemos conocido en actos y palabras de Arzallus o de Ortuzar, está ahora encomendada a Pradales y a Esteban: lograr que los vascos no nos sintamos identificados con otras partes de España, con España en su conjunto.
Son gente tenaz, llevan décadas intentándolo con resultados dispares. Cuando parecen convencer de que hay motivos que hacen imposible la convivencia, llegan otras causas que nos hacen hermanos y desguazan todo el trabajo de confrontación que habían urdido.
Y ahí aparece la selección española de fútbol. Como venida para romper el proyecto de que los vascos no nos sintamos identificados con su propósito, con sus resultados, con sus jugadores, con su suerte.
Ahí está la selección española con los mejores jugadores de toda España, los mismos que se retan en cada jornada deportiva y se unen en las citas internacionales para lucir las equipaciones, ya sea blanca ya sea roja, que conmueven a todo el país.
La selección española, como sucede con la Vuelta a España, con la Familia Real, con Goya, con Velázquez o con la visita del Papa, es la espada que corta el nudo gordiano, el filo que desata y suelta y deshace el trabajo que en las aulas y en los campamentos y en los coros y danzas practican día a día, financiados con dinero público, quienes quieren que los vascos no nos sintamos españoles.
Y llega la selección y se les chafa todo. Y para que no se vean camisetas, tienen que agredir a quienes las llevan. Y para que no se vea en la calle, tienen que intimidar a los que disponen los televisores para su disfrute. Y para que parezca una anomalía, se reúnen en manifestación para estigmatizar el natural sentimiento de ver ganar al equipo que nos representa, a todos, sí, a ellos también.
Qué poco les gusta Euskadi, qué poco les gustan los vascos cuando tienen que recurrir a la intimidación para que los vascos no se expresen con libertad.
Cuando Pradales y Esteban insisten en que les da igual lo que haga la selección española, no es que estén negando a España, es que se están negando a sí mismos, es que están negando nuestra historia. Niegan a Lezo y a Elcano, a Legazpi y a Zumalacárregui y a Unamuno y a Baroja. Y niegan nuestro presente. Porque estos que dicen que anhelan una selección vasca, a ver cuántos de esos jugadores vascos que están hoy en la selección renunciarían a competir la final de un Campeonato del Mundo por las obsesiones identitarias de Pradales y de Esteban.
Si los vascos queremos ganar en el Campeonato del Mundo de Fútbol, tenemos que jugar con La Roja, de la misma manera que si queremos ganar la Copa del Rey tenemos que jugar la Copa del Rey de España.
Por eso, porque tenemos ambición y queremos lo mejor para los nuestros, lo que queremos para este domingo es que gane el mejor; pero, sobre todo, que el mejor sea España.
- Javier de Andrés es presidente del Partido Popular en el País Vasco