¿Qué nos dieron los romanos?Luis J. Pérez-Bustamante

Perro come perro

«Las tertulias se han convertido en un espacio en el que los partidos dan cancha a hooligans atados al argumentario a cambio de unas migajas»

Hubo un tiempo en el que uno ponía la radio por las mañanas o veía la tele y encontraba tertulias en las que el respeto, la reflexión, el análisis y la altura de miras estaban por encima de todo. Era un tiempo en el que quienes escuchabas o veías eran personas formadas e informadas que no se metían en cualquier charco de mala manera. Primaba esa frase de perro no come perro y había cierto corporativismo sano que defendía el periodismo hecho con mayúsculas. Luego vino la crisis y se llevó por delante a los medios.

Desde entonces, el que más o el que menos sobrevive cómo puede en un entorno en el que a los recortes publicitarios se ha unido un desarrollo tecnológico ante el que los medios tradicionales siguen sin saber responder. Fruto de esa crisis, ha venido la precarización, el descenso del empleo y el desarrollo del todologuismo como forma de vida. Gana el tertuliano capaz de hablar de forma ininterrumpida durante horas y horas sobre política, de un tsunami, de un terremoto, de la bolsa, del precio del petróleo, de la industria química, de neurociencia o del influjo de las mareas en el comercio mundial. Siempre las mismas personas recorriendo un plato detrás de otro como monos de feria para el personal. Protagonistas del Sálvame de las mañanas al más puro estilo chonístico-pastoril. Seres humanos que uno se pregunta cuándo tienen tiempo para informarse de verdad y hablar con las que supuestamente son sus fuentes.

Vivimos un momento de tremenda crispación política. Madrid se ha convertido en el epicentro de una centrifugadora de basura en la que no hay nada que quede libre del insulto, la descalificación y del desprecio hacia el que piensa de manera diferente. Las tertulias se han convertido en un espacio en el que los partidos dan cancha a hooligans atados al argumentario a cambio de unas migajas. «O dices esto o no hay migajas», es la frase. Se crispa, se eleva la voz, se grita y se acaba, como hemos visto esta semana, insultando. Un caso en Televisión Española; otro en Antena 3. Dos periodistas que abandonan la tertulia. Una, tras ser insultada; el otro, tras insultar.

Ambos casos llevan a reflexionar sobre cuál es el estado de la opinión pública en la actualidad. Es verdad que hablar de política se ha convertido en una práctica de riesgo en los entornos familiares y en los de amigos. A eso contribuye sin duda, toda esta pléyade a sueldo a los que los partidos reparten por platós y emisoras fieles a sus cuotas de protagonismo y generosa publicidad institucional.

Y así nos encontramos con la situación del oficio más bonito del mundo. Depauperado, vilipendiado y humillado por sus propios protagonistas. Menos mal que nos quedan lo que en Madrid se llaman los periódicos de provinciasssssss. Así, con muchas eses un tanto despectivas. Y digo que menos mal porque en las provincias es donde se sigue haciendo el periodismo mejor, el verdadero, el cercano, el de salir a la calle y buscarse las papas en condiciones, sin responder a los argumentarios que a primera hora de la mañana salen de las sedes centrales de los partidos. El que busca meterle el gol al contrario sin insultar, sin faltar, sin ensuciar.

Larga vida al periodismo local, cantera de los mejores y reducto de los que aún amamos un oficio, como he dicho, que es el más bonito del mundo.

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