Desde la retaguardiaMiquel Segura

Hace nueve años que me condecoraron y todavía no sé el porqué

Lo cierto es que tras aquella pequeña efeméride clausuré todos los rencores, también la adhesiones -las inquebrantables y las otras- para instalarme en un deseado escepticismo,que no siempre consigo asumir

Hace nueve años, por estas mismas fechas, el ayuntamiento de sa Pobla me concedió el Escudo de Oro de la Villa. Lo agradecí entonces y lo agradezco ahora pero hoy como ayer sigo sin saber porqué lo hicieron. Tampoco hubo unanimidad, no vayan ustedes a creer. PP, PI y IXSP votaron a favor. Ya no recuerdo muy bien si el voto de la izquierda fue en contra o hubo abstención. Sí tengo memoria fidedigna del papel que jugó Catalina Cladera, entonces concejala del PSIB y consellera de Hacienda. La muy cuca se escaqueó del Pleno que decidió honrarme con el galardón. Para no tener que «mojarse», claro. Días después me invitó a comer en un restaurante de lujo de la plaza de san Francisco de Palma para tratar de darme una explicación.

Ha transcurrido casi una década y conservo intacto el agradecimiento -al consistorio, al pueblo, que se volcó en el acto de entrega y a los muchos amigos que quisieron acompañarme en el evento-. Aquella tarde pronuncié un discurso que, en cierto modo, fue un ajuste de cuentas amistoso con el lugar que me vio nacer y conmigo mismo. Lo cierto es que tras aquella pequeña efeméride clausuré todos los rencores, también la adhesiones -las inquebrantables y las otras- para instalarme en un deseado escepticismo, que no siempre consigo asumir. No me gusta el actual gobierno local de sa Pobla, pero tampoco me agradan algunos otros que en mis buenos tiempos de cronista -26 años publicando una columna diaria en Ultima Hora- ensalcé o critiqué a partes desiguales.

Por fin he comprendido que estos no son mis días, aunque las decisiones del alcalde que un día me condecoró me siguen afectando

En realidad, lo que no me gusta es el panorama político y social que contemplo desde mi octogenaria atalaya. Quisiera renunciar a la crítica y también a los apoyos, ya fuesen locales, autonómicos o nacionales, pero no me lo permiten ni mi insaciable curiosidad ni mi tenaz y lúcida memoria. Amigos y familiares me dicen que el día que alcance la indiferencia total acerca de cuanto me rodea seré mucho más feliz, pero que ya tendré timbrado el billete para mi último viaje. Hay síntomas innegables de mi actual desapego: faltan 9 días para la fiesta de Sant Jaume -que en mi pueblo ya no existe, ahora prefieren el culto a Baal- y ni siquiera le he echado un ojo al programa. Las elevadas temperaturas me han secuestrado en mi retiro marinero -ayer el médico me prohibió ir a Sineu, como hago todos los miércoles, por riesgo elevado de sufrir un golpe de calor- y las fiestas que durante toda una vida marcaron mis más o menos felices veranos ya no me interesa casi nada. Me importa un bledo el toro de Talapi, me siendo muy lejos de las obras y pompas de los de sa Negreta, un colectivo que manda mucho -todo, en realidad- en el devenir de la política cultural de sa Pobla- y hoy voy a perderme la presentación del último libro de Joan Payeras, el cronista por excelencia de la antigua Huyar Alfás. Me ha prometido un ejemplar que espero poder disfrutar. Será -espero- un regreso a los tiempos que Joan y yo vivimos con pasión y entusiasmo. Creo que estos dos estados no se dan ahora ni en las comisiones de fiestas, ni en las relaciones sociales o -incluso- en la mayoría de la ídem familiares.

Da igual. Son otros tiempos y no podré cambiarlos. Me quedaré con los recuerdos de «aquellas fiestas»: las verbenas en la plaza, hombres y mujeres elegantemente vestidos para la ocasión, los helados que servían en can Reus en copa gruesa de cristal, coronados por una cereza almibarada. Por fin he comprendido que estos no son mis días, aunque las decisiones del alcalde que un día me condecoró me siguen afectando. Intentaré soportar la tremenda vulgaridad de esos años y, como Rajoy, no voy a pedir perdón a nadie por nada. Y el Hijo del Trueno -hoy relegado a la nada- pues que se resigne a su suerte.

Molts d'anys a todos los poblers i pobleres

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