Desde la retaguardiaMiquel Segura

El Govern debería mostrarse más duro contra los aprendices de terroristas

Cada vez me pregunto con más insistencia porqué esta sociedad permite ser condicionada por personas e ideas que a lo largo del siglo XX demostraron con creces que eran nocivas y peligrosas. ¿Por qué dar voz a los que no saben de qué hablan?

Para mi que el Govern se está mostrando en exceso respetuoso con los cuatro impresentables de «Menys turisme, més vida». Miro la fotografía que los líderes de la banda se hicieron frente al Consolat de la Mar y alucino. En primer plano dos muchachos que hace poco llevaban el «Pelargón» en los morros. Supongo que uno de esos malcriados será ese Dani Comas, les veo la cara y dudo entre reír o llorar. Detrás de tan «temibles personajes», un muy reducido grupo de personas, hombres y mujeres, con rostros ceñudos, que parecen salidos de una película de Berlanga del post franquismo. Todos en pantalones cortos, que hace mucho calor, Entiendo que cada uno es cada cual y que todo el mundo tiene derecho a expresar sus ideas, pero que un pelotón de los tontos como el de la imagen merezca unas palabras -encima casi afectuosas- del vicepresidente Costa, cómo si fuesen los representantes de una entidad seria, quizá elegida en las urnas o salida de una prestigiosa institución académica, algo así, me llena de decepción y hasta de sonrojo.

Mano dura contra los aprendices de terroristas, no hay otra

Mucho más firme y adecuada me parece la reacción de los hoteleros y de la patronal del alquiler turístico: rechazo frontal de cualquier intimidación -típica de los regímenes comunistas totalitarios- y amenaza de acciones judiciales. Ya las ha habido por parte de un ciudadano búlgaro que no sé de dónde sale pero me parece muy bien. A esos imberbes hay que darles caña desde el primer momento. Una cosa es admitir que estamos saturados y que habrá que reformar el modelo turístico, y otra tratar de calmar a los cachorros de hiena con buenas palabras. Será muy difícil que con el pre-calentamiento de esos días -y no me refiero a la ola de calor- la manifestación del domingo 26 de julio transcurra con la paz y el orden que son absolutamente exigibles. Cada vez me pregunto con más insistencia porqué esta sociedad permite ser condicionada por personas e ideas que a lo largo del siglo XX demostraron con creces que eran nocivas y peligrosas. ¿Por qué dar voz a los que no saben de qué hablan? ¿A qué vienen tantos remilgos frente a una pandilla que odia todo lo que nos ha permitido avanzar y progresar? La respuesta contra los que se han atrevido a publicar un manual de kale borroka antiturística solo puede ser la ley. Pienso, y me da pena, que tanta vulgaridad no hubiese sido posible sin que se produjese antes el proceso de podredumbre -social y política- que está convirtiendo el segundo decenio del siglo XXI en una mala película de terror. De manera que aquí cuatro desarrapados pueden montar su 15-J regional y un Govern surgido de las urnas -que, además, cuenta con un más que notable apoyo social- les baila el agua diciendo que hay que confiar en que no pasará nada.

Lo repito: nada que ver con el derecho de la ciudadanía en general a mostrar su agobio por la masificación turística. Creo que patronales, trabajadores y expertos están de acuerdo en que nos encontramos en una coyuntura crítica. Pero, atención: aparecen amenazas serias de atentados contra intereses turísticos, contra empresas que pagan sus impuestos, y una buena parte de la oposición -el propio Apesteguía, cuya mamá vendió un bien inmueble a un extranjero por un pastón- se ponen de perfil.

Mano dura contra los aprendices de terroristas, no hay otra.

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