El rodadero de los lobosJesús Cabrera

El verano de los cines de verano

«Proyectar películas no es un negocio cualquiera. En ese momento comenzaron los cines a quemar en las manos de quien soñaba con una rentabilidad enorme»

Llevamos un verano protagonizado indiscutiblemente por los cines de verano, un asunto en el que es raro el cordobés que no tenga su opinión al respecto y que está alimentando una de las polémicas más absurdas que ha vivido esta ciudad en las últimas décadas.

A cualquiera que se le pregunte le va a dar a usted una definición bastante aproximada de lo que es un cine de verano de Córdoba, que no es un pantalla al aire libre sino mucho más. Casi todos les contarán recuerdos de su infancia y de las películas vistas y otros muchos le hablarán de su época dorada, cuando llenaban toda la geografía urbana, en lugares hoy inimaginables, por no hablar de los buenos ratos pasados en el ambigú.

El devenir de los tiempos, el desarrollismo y los cambios de costumbres en la sociedad nos han dejado los cines de verano reducidos al Fuenseca, al Delicias y al Olimpia. Al Coliseo de San Andrés, que es el único abierto este año, parece que nadie lo tiene en cuenta, porque su funcionamiento en manos privadas da la impresión de que destroza el argumento de algunos.

El foco, por tanto, está puesto en los tres primeros, en los que fueron propiedad de Martín Cañuelo y que iniciaron un camino incierto el día que éste falleció de forma inesperada en abril de 2023. Resueltas las cuestiones testamentarias y de transmisión parecía que todo iba a recuperar la normalidad sin tener en cuenta que lo que hacía el anterior gestor no era nada fácil ni rentable y que sólo respondía a una pasión por el cine y a una capacidad de riesgo que no está al alcance de cualquiera.

A partir de ahí la historia es de sobra conocida: proyectar películas no es un negocio cualquiera. En ese momento comenzaron los cines a quemar en las manos de quien soñaba con una rentabilidad enorme, aparcamientos subterráneos incluidos. Arranca entonces el mantra de que la gestión tiene que ser pública y que el Ayuntamiento se tiene que hacer cargo del negocio.

Al equipo de gobierno le cae esta patata caliente y comienza a hacer cosas raras, como hablar de «solares», de «los antiguos cines de verano» y, lo que es más divertido, de paraísos climáticos en los que la arboleda no te deja ver un cine que no está asegurado que lo haya. Un día dice que lo va a expropiar y al poco lanza la pelota al tejado de la Junta. «Expropia tú», diría al estilo Gómez.

Ante la incapacidad de encontrar 500 personas que por amor a los cines de verano dieran el paso de poner 1.000 euros sobre la mesa para asegurar su gestión y olvidarse de la gestión de los políticos, han surgido las inevitables plataformas y movimientos que buscan que sean las instituciones las que les resuelvan el problema pero, eso sí, siempre con control vecinal.

Como tabla de salvación está la declaración BIC de los cines, que si debe ser a los recintos, que si debe ser a la actividad, cuando lo que hay que proteger es mucho más que le da ese carácter irrepetible y que va desde el olor de los jazmines a la pringue que chorrea hasta el codo con un buen bocata de caballa con tomate, algo de lo que nadie se acuerda.

A buen seguro que Martín Cañuelo se estará riendo de todos estos aspavientos y temblores de las instituciones y de los expertos en cinematografía que han brotado en la ciudad de la noche a la mañana y que desconocen que para que los cines de verano sean rentables no basta con programar cine de culto, poco familiar y generalmente aburrido, sino también las películas de Leo Harlem, de Julián López y de Santiago Segura, que tanto asco les dan pero que eran las que cada año alegraban las cuentas de Esplendor Cinemas y garantizaban que el Fuenseca, el Olimpia y el Delicias siguieran funcionando.

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