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TRIBUNAp. claudio campesato

Donde María dice 'sí', la tierra vuelve a florecer

El lenguaje mariano parece a veces un herbario: flor, vid, lirio, rosa, raíz, jardín cerrado. No es sentimentalismo. Es teología en forma de 'bouquet'

Cada 16 de julio, en muchas costas españolas, la Virgen del Carmen sale al mar; y, tierra adentro, tampoco faltan pueblos que la celebran. Su nombre conserva una memoria más antigua: Carmen viene del Carmelo, y el Carmelo no es primero puerto, sino monte; no es sólo roca, sino jardín. Antes de ser Virgen marinera, María es cantada como flor.

Por eso, el antiguo canto carmelitano no la saluda con lenguaje náutico, sino vegetal: Flos Carmeli, vitis florigera (Flor del Carmelo, vid florida, de la secuencia carmelitana medieval, tradicionalmente atribuida a san Simón Stock). Esa flor no es adorno piadoso: es una pequeña síntesis de mariología.

La liturgia ha entendido que las flores dicen de María algo que los conceptos solos no alcanzan, porque la verdad cristiana también tiene forma de belleza. En María, la gracia no aparece como idea abstracta, sino como vida que florece. El lenguaje mariano parece a veces un herbario: flor, vid, lirio, rosa, raíz, jardín cerrado. No es sentimentalismo. Es teología en forma de bouquet.

La primera flor es la del Carmelo. Flos Carmeli significa que la montaña de la oración se vuelve jardín. María es la belleza que brota de una vida escondida, humilde, disponible. La contemplación verdadera no produce aridez: produce flor.

Junto a la flor aparece la vid: vitis florigera. La vid no es sólo delicadeza; es savia, fruto, promesa de vino. En la Escritura, la viña es imagen de Israel plantado por Dios (Is 5,1-7; Sal 80 [79],9-16), llamado a dar fruto. Aplicada a María, dice una paradoja central: su virginidad no es esterilidad, sino fecundidad entregada a Dios. En ella, la viña creyente de Israel no da uvas agrias, sino el fruto bendito de su vientre (Lc 1,42).

Después llega la raíz de Jesé: Radix Jesse germinans flosculum, imagen nacida de Isaías: «Brotará un renuevo del tronco de Jesé» (Is 11,1). Una secuencia victorina del siglo XII, tradicionalmente atribuida a Adam de Saint-Victor, lo condensó así: Radix virgam, virga florem, Virgo profert Salvatorem: la raíz produce la vara, la vara produce la flor, la Virgen da al Salvador. Aquí, la mariología se vuelve cristología: María es la tierra creyente de Israel en la que florece Cristo.

El lirio añade otra nota: inter spinas quae crescis lilium, lirio que creces entre espinas, eco del Cantar de los Cantares: «Como lirio entre espinas, así mi amada» (Ct 2,2). El lirio no niega las espinas. Crece entre ellas. Así también la santidad de María no es evasión de la historia, sino presencia intacta en medio de un mundo herido.

El jardín cerrado completa el ramo: hortus conclusus, fons signatus, también del Cantar: jardín cerrado eres, hermana mía, esposa; jardín cerrado, fuente sellada (Ct 4,12). «Cerrado» no significa inaccesible por frialdad; significa guardado para el misterio. María es jardín cerrado porque en ella la vida de Dios no ha sido invadida ni dispersada. Es fuente sellada porque su fecundidad viene de lo alto.

Y la perla preciosa, margarita pretiosa, une los dos paisajes de la fiesta. No es una ocurrencia nuestra: el texto latino de Ave Virgo sanctissima, puesto en música por Francisco Guerrero en el siglo XVI, saluda a María como margarita pretiosa, perla preciosa. En latín, margarita significa perla; en español suena también a flor. La palabra guarda el paso del jardín al mar: flor del Carmelo y perla escondida de las aguas. Y no lo guarda sola: el mismo Flos Carmeli que llama a María flor y vid la invoca poco después como stella maris, estrella del mar. También aquí resuena la Escritura: el Reino se compara a la perla preciosa (Mt 13,45-46). En María, sin embargo, la imagen se abre cristológicamente: la Perla verdadera es Cristo, y ella es la concha purísima que lo custodia y lo entrega al mundo.

Más tarde, la piedad la invocará como Rosa mystica, título de las Letanías lauretanas. También ahí la flor no es decoración. La rosa une belleza y espina, perfume y herida, gracia y Pascua. En María, la belleza cristiana nunca es ingenua: conoce el Magnificat y conoce la espada. Por eso, su ramo no es de salón, sino de altar.

Y ese lenguaje no quedó sólo en el canto. También el arte lo convirtió en imagen: la Virgen de la Rosa en la pintura hispánica, como en Fernando Gallego; las guirnaldas barrocas que rodean la Asunción o la Anunciación, como en Antonio Ponce y Bartolomé Pérez; el jardín cerrado que la pintura flamenca leyó desde el Cantar de los Cantares. Cuando la liturgia canta un ramo, la pintura lo abre ante los ojos.

La fiesta del Carmen permite mirar a María no sólo desde el mar, sino desde el jardín. La Virgen marinera sigue siendo flor del monte. Acompaña a quienes navegan, porque antes ha florecido en la obediencia. Protege en la tormenta porque ha sido jardín de Dios.

Quizá por eso una fórmula latina de larga vida, flos florum, flor de las flores, siguió resonando en la devoción. El canto Nitida stella, recogido en el cancionero barroco checo Slavíček rájský de Jan Josef Božan, publicado en 1719, pudo decirlo con sencillez luminosa: tu es florum flos. Pero el mismo canto aplica enseguida la expresión a Cristo: Jesu Salvator, mundi amator, tu es florum flos. El bouquet de María no se cierra en María. Florece hacia el Hijo.

Donde María dice sí, la tierra vuelve a florecer.

Claudio Campesato es sacerdote de la diócesis de Padua, Italia. Licenciado en Canto Gregoriano por el Pontificio Instituto de Música Sacra y en Sagrada Liturgia por el Pontificio Instituto Litúrgico de Sant’Anselmo.

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