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Ignacio Crespí de Valldaura
Mi torre de marfilIgnacio Crespí de Valldaura

¿Es pecado la mala educación?

Llega un momento en el que el progresismo ideológico y su apéndice feminista terminan por degenerar en capitalismo salvaje y en machismo deslenguado. A la postre, las élites que reniegan de esos valores cristianos que edificaron Occidente se acaban por metamorfosear en altivos prebostes y en negreros displicentes

Jesús Cintora y David Broncano, los "bienpagaos" de la televisión subvencionada

Jesús Cintora y David Broncano, «bienpagaos» de la televisión subvencionada

No me consta que la mala educación esté catalogada como «pecado» en sentido riguroso, pero, al final, cabe afirmar que está impulsada por un ánimo pecaminoso, además de materializarse en actos de esta índole. Así pues, podríamos decir que viene precedida de un pecado interno y que se encarna en otro externo; es decir, enturbia el alma de quien la practica y lacera al que es víctima de los efectos que despliega.

Me llenan de rabia y estupor las noticias de las que todos hemos sido testigos el pasado martes. Por un lado, tenemos la reacción de un Jesús Cintora que, tras haber hastiado a una tertuliana de su programa, al final, le han hecho pedir perdón a ella para continuar participando en éste, sin que el «moderador» haya sido capaz de mostrar ni medio ápice de disculpa. He echado de menos, por su parte, un «no ha sido nunca mi intención faltarte al respeto»; o algo por el estilo.

Lo único que ha hecho Cintora es autojustificarse, exhibir su músculo de autodefensa, en aras de no mostrar ni la más mínima brizna de debilidad y compasión. Un rasgo muy característico de los maleducados empresariales es ocultar cualquier atisbo de fragilidad, ello con el objetivo de fingir determinación y «seguridad en uno mismo». Algo propio de la mentalidad ‘yuppie’ es aparentar que uno es firme, indómito, impertérrito, que ni duda, ni titubea. Tengo la sensación de que pedir perdón ha pasado a ser un extravío profesional, un defecto corporativo, una manera de sustraerse mérito y capacidad a uno mismo, en vez de una muestra de fiabilidad, humildad y humanidad.

Por otro lado, tenemos sobre el tapete la reciente falta de respeto de David Broncano a la actriz Adriana Torrebejano; quien ha optado por arrearle un sopapo en las fosas nasales (en sentido metafórico, naturalmente) a este mezquino entrevistador, ello en aras de defender su honor frente a su turbamulta de preguntas de mal gusto. Es un atentado manu militari contra la buena educación preguntarle a una mujer –y en público, para colmo del esperpento– sobre sus intimidades sexuales y en torno al salario que percibe; sobre todo, habida cuenta de que él cobra unas exorbitantes sumas dinerarias provenientes del erario de todos.

Llega un momento en el que el progresismo ideológico y su apéndice feminista terminan por degenerar en capitalismo salvaje y en machismo deslenguado. A la postre, las élites que reniegan de esos valores cristianos que edificaron Occidente se acaban por metamorfosear en altivos prebostes y en negreros displicentes.

Deberíamos dejar de dividir a la sociedad en machistas y feministas, en tolerantes e intolerantes, y cambiar la dicotomía por «bien educados versus maleducados». Sería una forma de interpretar los problemas del mundo mucho más atinada, además de efectiva, porque no llevaría implícitas connotaciones ideológicas, por lo que sería extensible a todos… y de aplastante sentido común. También, resultaría una dicotomía que dejaría de ser dicotómica, puesto que no estaría basada en el enfrentamiento, sino que tendría por objetivo transformar los buenos modales en patrimonio de la humanidad, con independencia del partido político al que uno votase.

El comportamiento de Broncano y Cintora constituye la demostración sociológica de que las conductas machistas no se curan con recetas feministas (y viceversa), sino con buena educación. Tampoco se disuade a las gentes de arrojar residuos al mar con antídotos ‘eco-friendly’, sino con buena educación. Ni se persuade a un directivo de dejar de sojuzgar a sus empleados con el látigo de la corrección política, sino con buena educación. Ni se pasa a dar un buen trato a un homosexual por hacer gala del modernismo, sino con buena educación; etcétera, etcétera, etcétera… Este modus operandi es aplicable a casi todos los ámbitos.

Se tiende a caricaturizar a las personas de «rancio abolengo» o ancestral prosapia, a aquellos que pertenecen a un linaje inmemorial, enraizado en las «élites de antaño». Pues bien, he de admitir que multitud de oligarcas modernos deberían empaparse un poco de la sencillez y de la exquisita cortesía de la nobleza española.

A la nobleza se le suele criticar por su mayor virtud: la cercanía que tuvo con el clero a lo largo de la historia. Lo más rescatable de la antigua aristocracia es que se forjó, durante el transcurso de las centurias, en un ideal de caballería de corte católico. De ahí, por ejemplo, su afán de no confundir «el din con el don», véase el dinero que uno tiene con la gentileza que atesora; y, de esto, precisamente, se desprende su acreditada sencillez y campechanía, su buena educación, además de su alergia a la desdeñosa altanería de quienes se dirigen al prójimo con el torso erguido y con una mirada torva.

Con esta declaración, no pretendo hacer un retorno a épocas pretéritas de nuestra historia, pero sí reivindicar una «nobleza de espíritu» que impregne de buenos modales a las generaciones venideras; porque las élites de nuestro tiempo están sedientas de elegancia, de pulcritud estética y de buena educación. Como decía Fiódor Dostoievski, «la belleza salvará al mundo». Cada día que pasa, estoy más convencido de la veracidad de esta frase.

No me consta que Don Miguel de Cervantes, cuando publicó El Quijote, quisiese hacer una regresión a la Edad Media, pero sí que echaba de menos un compendio de virtudes de aquel «caballero loco». Esto demuestra que se puede añorar y reivindicar ciertas bondades del pasado sin pretender retroceder al pasado. Pues bien, esto es justo lo que yo estoy tratando de defender en este escrito; y, en esto, consistió –en cierta medida– el Barroco, pues quiso rescatar del olvido algunos valores que el Renacimiento había relativizado o desplazado, pero sin ánimo de volver al Medievo.

De hecho, el espíritu del Concilio de Trento (1545-1563) fue una de las principales fuerzas que dieron forma al Barroco católico; es decir, el afán por diferenciar entre lo que había que rescatar y modificar del pasado, para caminar hacia el futuro sin utopías ni idealismos, y sin dejarse atrapar por las modas del presente. En otras palabras, se pretendió combatir el relativismo moral y la herejía protestante de Lutero sin caer en el inmovilismo, en el estancamiento, porque se entendía que la palabra Tradición procede de traditio y traditionis, que significa «entrega», «transmisión» o «acción de entregar». En síntesis, la Tradición no es inmóvil, puesto que está hecha para ser transmitida, por lo que tiene vocación de futuro y perpetuidad.

No sería mala idea rescatar del ostracismo aquello que Benjamin Disraeli (1804-1881) denominó como «el principio feudal»; lo cual no consistió, ni por asomo, en retroceder al feudalismo, sino en fomentar la responsabilidad social de los poderosos para con los débiles. De hecho, su crítica iba dirigida al individualismo liberal y capitalismo industrial de su época (el bullicioso siglo XIX).

Benjamin Disraeli no pretendía, ni mucho menos, recuperar la servidumbre, los privilegios jurídicos feudales ni la fragmentación política estamental, sino instaurar una mentalidad de que las élites dispensasen un trato digno, amable, caluroso y familiar a sus subordinados, tal y como lo hacían los antiguos nobles con sus vasallos; pero, como acabo de dejar claro, sin volver al vasallaje, sino como un trato revestido de cercanía y responsabilidad aplicable a las relaciones humanas del mundo actual.

No olvidemos que la nobleza católica terminó con la esclavitud del Imperio Romano, para establecer el vasallaje, un régimen que supuso un gigantesco progreso para la época. En virtud de éste, un noble pasaba a tener una enorme responsabilidad jurídica con respecto a su vasallo, a quien le pasaba a otorgar una protección fuera de órbita.

Tampoco olvidemos que «somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos». De hecho, a la hermandad trabada entre la nobleza y el clero le debemos una de las primeras manifestaciones del equilibrio entre los poderes.

En la Alta Edad Media (lapso temporal aproximadamente fijado, por los historiadores, entre el siglo V y el IX-X), la potestas del clero y la nobleza servía de palanca moderadora y obstáculo moral frente al absolutismo monárquico; y la presencia del Rey, como óbice a las tentaciones oligárquicas de los dos estamentos anteriores. De esta guisa, las puntiagudas desavenencias entre los partidarios de Suintila y Sisenando, entre los de Tulga y Chindasvinto, entre los de Recesvinto y Wamba, o entre los de Wamba y Ervigio, contribuyeron significativamente a imposibilitar el auge de la tiranía de uno solo.

A esto, cabe añadir que el primer Parlamento europeo reconocido por la UNESCO es el de las Cortes de León, ubicado en el año 1188, donde la figura del Rey jugaba un papel elemental en el equilibrio de poderes; fue una Curia Regia o Consejo Real convocado por Don Alfonso IX en la iglesia de San Isidro (hoy, basílica y colegiata) y que contaba con representantes del clero, la nobleza y el pueblo. Es más, el Renacimiento cayó en manos del absolutismo hobbesiano por haberse apeado demasiado del modelo de equilibrio de poderes propio de la nobleza medieval.

Bienaventurados los «nobles de espíritu», porque de ellos es el reino de la buena educación.

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