Pequeñeces en la tribuna, intereses en la sombra
Entre las pequeñeces y los intereses creados se juega algo más que la teatralidad de una sesión. Se juega la seriedad de la representación y la altura moral de quienes, en nombre del pueblo, deberían estar discutiendo el porvenir común y no los agravios del día
España inventó hace más de un siglo dos espejos literarios en los que hoy convendría mirarse sin complacencia. En Pequeñeces, el padre Luis Coloma retrató una élite consumida por trivialidades elevadas a categoría moral. En Los intereses creados, Jacinto Benavente mostró una sociedad que funciona no por convicción ni verdades, sino por conveniencia. Ambas obras leídas hoy, parecen escritas al dictado de nuestras sesiones parlamentarias.
El Parlamento debería ser el lugar donde una nación piensa en voz alta. Donde las diferencias ideológicas se confrontan con argumentos y donde las leyes se alumbran tras deliberación seria. Sin embargo, la evidencia creciente es otra: la Cámara se ha convertido en un escenario de intercambio de consignas breves, reproches prefabricados y gestos calculados para el consumo inmediato. Se habla para el titular y para la red social, no para el adversario ni para el ciudadano atento. Eso es, en esencia, la victoria de «las pequeñeces».
El padre Coloma utilizó ese término para describir la degradación moral que no necesitaba grandes escándalos para ser letal. Bastaba la suma de frivolidades, de ambiciones diminutas, de vanidades satisfechas a costa del bien común. Hoy no asistimos a duelos intelectuales sobre el modelo productivo, la arquitectura territorial o la posición estratégica de España en el mundo. Asistimos a duelos tabernarios de ingenio menor, a competiciones por el eslogan más eficaz, a debates que nacen y mueren en el mismo ciclo informativo. Y por semanas, la degradación de la oratoria parlamentaria llega al esperpento, a lo soez y procaz, tanto en gestos como en palabras.
El parlamentarismo nunca fue un coro de sabios. Pero sí hubo épocas en que el debate político, aun áspero, era denso. Se discutían presupuestos con cifras y consecuencias; reformas institucionales con visión histórica; proyectos nacionales con vocación de permanencia. Hoy la intervención media parece diseñada para durar menos que el vídeo que la reproduce. La pequeñez no es solo una cuestión de tono, sino de ambición. Cuando la política renuncia a pensar en términos de Estado y de proyecto generacional, limitándose al horizonte de la próxima votación, el debate se empobrece. Las grandes cuestiones quedan reducidas a piezas tácticas dentro de una partida más amplia cuyo objetivo principal no es convencer, sino sobrevivir.
Hoy, el debate parlamentario es escaparate de bajas pasiones. La discusión deriva en insinuaciones personales, alusiones privadas, episodios de confrontación casi doméstica que poco o nada tienen que ver con el interés general. Lo que debería ser contraste de proyectos termina convertido en intercambio de reproches, descalificaciones y referencias que rozan el cotilleo permanente. La política no está obligada a ser fría ni aséptica; es inevitable que haya tensión y dureza. Pero una cosa es firmeza y otra, degradación del tono. La tribuna se utiliza para airear agravios personales o para provocar aplausos de bancada mediante alusiones de bajo vuelo, el Parlamento se aproxima más al espectáculo que a la deliberación. Las interpelaciones no son respondidas, son utilizadas como armas arrojadizas.
El efecto es corrosivo. El ciudadano percibe que las cuestiones esenciales –modelo energético, reforma institucional, sostenibilidad del gasto, cohesión territorial, educación, defensa– quedan relegadas a un segundo plano, mientras la escena pública se llena de episodios sórdidos magnificados. Las pequeñeces ocupan el tiempo; los asuntos estructurales se diluyen. Y ahí entra en escena don Jacinto Benavente. En Los intereses creados, el sistema social se sostiene porque a todos les conviene sostenerlo. La verdad es secundaria; lo esencial es que el equilibrio de intereses no se rompa. La obra no es una condena airada, sino una descripción lúcida: la sociedad acepta ficciones útiles si estas garantizan estabilidad. En el Parlamento actual, los intereses creados operan con similar lógica. Las alianzas no siempre responden a coincidencias doctrinales profundas, sino a necesidades aritméticas. Los silencios estratégicos, los apoyos condicionados, las transacciones implícitas forman parte del paisaje. Cada partido defiende su espacio, su relato, su cuota de poder. El sistema funciona pero la pregunta es a qué precio.
No se argumenta para persuadir, sino para marcar territorio. No se busca la mejor solución, sino la más útil en el tablero inmediato. El resultado es una doble erosión. Por un lado, las pequeñeces empobrecen el discurso. Por otro, los intereses creados vacían de contenido la confrontación pública. Lo que queda es ruido.
La democracia representativa necesita debate genuino. Cuando el Parlamento escenifica antagonismos previsibles, se vuelve espectáculo y el ciudadano se convierte en espectador fatigado. Las pequeñeces no es patrimonio exclusivo de una bancada, ni los intereses creados monopolio de un partido. Es un clima. Una cultura. Una forma de entender la política como competición permanente más que debate. Hay en todo ello, una cierta prostitución de la política puesta en venta al mejor postor.
Volver a Coloma y a Benavente no es un ejercicio erudito, sino un recordatorio incómodo. Las pequeñeces degradan porque acostumbran al espíritu público a la superficialidad. Los intereses creados estabilizan, pero también pueden perpetuar la mediocridad si nadie los somete a examen. Un Parlamento que no debate de verdad corre el riesgo de convertirse en un mero mecanismo de validación de acuerdos previamente tejidos. Y una nación que deja de deliberar en su foro principal empieza a perder algo más que calidad retórica: pierde confianza.
Entre las pequeñeces y los intereses creados se juega algo más que la teatralidad de una sesión. Se juega la seriedad de la representación y la altura moral de quienes, en nombre del pueblo, deberían estar discutiendo el porvenir común y no los agravios del día. La ciudadanía deberíamos ser mucho más exigentes con los administradores públicos de nuestros recursos y de nuestros sentimientos. Seguimos en una España discontinua.
- Íñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara