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tribunaÍñigo Castellano y Barón

¡Cuidado con el gafe!

Porque el gafe no se juzga, no se discute y no se reforma. Al gafe se le desea suerte… lejos. Y si aun así insiste en quedarse, siempre quedará el último recurso nacional, probado durante siglos y con notable eficacia: rezar, suspirar y esperar a que pase

La Real Academia Española define gafe como «persona que trae mala suerte». La definición es breve, sobria y no entra en matices morales, ideológicos ni psicológicos. No los necesita. Se limita a constatar un efecto. Y eso es precisamente lo primero que conviene aclarar: el gafe puede ser malo o bueno, es indiferente. El gafe no decide serlo, es simplemente un aditivo a su personalidad. No es una elección, es una condición. No se aprende, no se corrige y, sobre todo, no se discute.

El gafe es una categoría previa a cualquier otra. Anterior a la moral, a la ideología, a la competencia profesional. Puede ser aplicado, diligente, incluso brillante sobre el papel. Todo eso es accesorio. Sus cualidades no lo neutralizan. El gafe no se define por lo que hace, sino por lo que ocurre cuando está. No actúa: afecta. Y conviene insistir en el matiz definitivo: el gafe no actúa por maldad —o puede que sí, quién sabe—, pero eso carece de interés. Por encima de cualquier juicio moral, el gafe despliega una vis incontrolada que crea situaciones incómodas, improbables y persistentes, de esas ante las que la reacción más sensata es apartarse discretamente.

España ha tenido en los últimos cinco años la oportunidad de observar el fenómeno con una claridad poco habitual. Un lustro perfectamente acotado en el que se han concentrado sucesos adversos con una densidad llamativa: pandemia histórica con récords poco decorosos, confinamientos inéditos, una nevada bíblica que paraliza medio país, un volcán activo durante meses, riadas recurrentes, incendios devastadores, olas de calor extremas, apagones de electricidad, colapsos y un ferrocarril convertido en género literario propio: trenes detenidos, trenes descarrilados y trenes que directamente parecen detenerse a pensar, inundaciones por doquier.

No hace falta recrearse. No es el inventario, es la cadencia. Todo ocurre seguido, encadenado, sin tregua. Cuando aún se está explicando lo anterior, ya hay que convocar para lo siguiente. España no vive episodios excepcionales: vive en excepcionalidad permanente. Ese es el verdadero efecto social del gafe. No la desgracia puntual, sino la erosión lenta de la normalidad. El ciudadano ya no se alarma; suspira. Cada comparecencia provoca el mismo reflejo automático: tocar madera, mirar el móvil y pensar «a ver qué toca ahora». La sorpresa ha sido sustituida por la expectativa. El país ha desarrollado un humor defensivo: reír o llorar antes de que algo se rompa.

El gafe, además, suele mostrarse solemne. Nunca parece sorprendido por lo que ocurre a su alrededor. Comparece con gesto grave, como si los hechos fueran fenómenos naturales inevitables. Y ahí está su talento involuntario: la desconexión perfecta entre presencia y consecuencia. Nada tiene que ver con él, aunque todo ocurra bajo su turno. Llegados a este punto, cabe plantear –con la ironía justa– si el gafe no debería considerarse una incompatibilidad objetiva para el desempeño del cargo. Por pura prevención. No por culpa, dolor o mala fe, aunque en el caso de la España actual se den además todos los sustantivos descritos. Igual que no se deja pilotar a quien se marea en vuelo, quizá no debería gobernar quien atrae el infortunio con regularidad estadísticamente sospechosa.

Las sociedades tradicionales siempre supieron qué hacer con un gafe. Cambiar de acera es la solución más conocida. Funciona bien a nivel individual, aunque resulta poco práctica cuando el gafe ocupa el centro del escenario. Está también el rezo preventivo, breve y sin grandes exigencias teológicas. No se reza por fe, sino por prudencia. Algo rápido, discreto, como cerrar dos veces la puerta. El vudú ofrece una salida creativa. No requiere creer en nada, solo canalizar frustración. Su eficacia objetiva es discutible, pero su valor terapéutico está fuera de toda duda. Más sofisticada es la opción del aislamiento funcional. No como castigo, sino como medida de protección. Ubicar al gafe en entornos sin botones sensibles, sin inauguraciones, sin posibilidad de pronunciar frases como «esto nunca había pasado». Y siempre queda el exorcista simbólico. No para expulsar demonios –no exageremos–, sino para romper la racha. A veces, la suerte también necesita una orden administrativa.

Las abuelas lo sabían sin necesidad de diccionarios. Nunca preguntaban si el gafe era buena persona. Preguntaban si ya había llegado. Y en función de eso, decidían si se sacaba la vajilla buena o se aplazaba la comida. Porque el problema del gafe no es moral. Es operativo. No estropea por maldad, sino por persistencia. No arruina por acción, sino por presencia.

Así que, llegado este punto, quizá no haga falta reformar la Constitución ni convocar a sabios. Bastaría con algo mucho más sencillo y muy español: reconocer oficialmente la figura del gafe. No como delito, sino como incompatibilidad. Igual que no se deja conducir a quien confunde el freno con el acelerador, quizá no convenga gobernar a quien convierte cada trimestre en una sorpresa desagradable. No sería una medida punitiva, sino preventiva. Nada traumático. Un pequeño protocolo: si al asumir el cargo empiezan a caer plagas bíblicas, a detenerse trenes y a multiplicarse los «nunca había pasado», se activa la alarma, se toca madera y se procede con educación a cambiar de acera institucional.

Porque el gafe no se juzga, no se discute y no se reforma. Al gafe se le desea suerte… lejos. Y si aun así insiste en quedarse, siempre quedará el último recurso nacional, probado durante siglos y con notable eficacia: rezar, suspirar y esperar a que pase.

  • Iñigo Castellano y Barón es conde de Fuenclara
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